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DE PUBLICANOS Y PROSTITUTAS

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Mt 21, 33-43

A partir del cap.21, el Evangelio de Mateo entra en su último ciclo, cuando la vida de Jesús se desarrolla en Jerusalén, entre fuertes enfrentamientos con las autoridades, que acabarán en la ruptura definitiva y finalmente en la crucifixión. El texto de hoy se sitúa entre la entrada mesiánica - purificación de Templo, y las parábolas de la reprobación (los viñadores homicidas, los invitados que rehusan ir al banquete...)

Esta localización de los textos de hoy importa para darles su valor correcto. Se trata del momento cumbre del enfrentamiento de Jesús con las autoridades de Israel: los sacerdotes, los fariseos, los saduceos, los doctores.

La purificación del Templo, aparte de su valor real, es un acto simbólico, una destrucción en símbolo. Esta tradición de Jesús será recogida por Esteban (ver Hechos 6,8 ) y le costará muerte por lapidación, como blasfemo.

Las parábolas de la reprobación siguen la misma línea argumental de Hechos: el Reino se ofreció a Israel à Israel lo rechaza, à el Reino se abre a los gentiles.

Las polémicas con los tres estamentos más significativos de Israel (los puros, los sagrados, los sabios), marcan la ruptura final, insistiendo en la absoluta superioridad de Jesús. (En este mismo contexto se enmarcaría el episodio de la mujer adúltera de Juan 8). Esta ruptura culmina en la asombrosa invectiva de Jesús, (Mt. 23) la condena más dura y "despiadada", tanto que nos cuesta imaginarla en labios de Jesús.

El rechazo oficial se manifiesta en la lamentación sobre Jerusalén y el gran discurso escatológico, que desembocan en el complot para matarlo, y la Pasión. La narración sigue por tanto un orden lógico preciso.

No sabemos si éste fue el orden histórico exacto (Juan pone la purificación del templo al principio y no al final de la vida pública), pero su orden lógico y simbólico es perfecto. Parece reflejar la misma esencia del evangelio de Juan: "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron". "La luz resplandece en las tinieblas, pero las tinieblas no la han recibido".

Y es exactamente esto lo que exaspera a Jesús: la obcecación de las tinieblas contra la luz. El desprecio de Jesús por los "sepulcros blanqueados" lo es mayor aún por ser "ciegos y guías de ciegos", porque cumplen a pies juntillas la letra pequeña de la Ley y olvidan su esencia: la justicia, la misericordia y la fidelidad...

Es éste uno de los aspectos más estremecedores del pecado de la "gente religiosa": se creen justos y son incapaces de escuchar la Palabra de Dios.

Lo esencial de la parábola de los hijos y de su conclusión (una especie de exabrupto sorprendente), es claro: lo que importa es hacer o no hacer la voluntad de Dios. Vosotros decís que hacéis, pero no lo hacéis. Los que vosotros llamáis pecadores escucharon al Bautista y se arrepintieron; vosotros que os llamáis justos, no le hicisteis caso: ellos van delante de vosotros.

Pero difícilmente podemos captar lo terrible del insulto que Jesús profiere. No necesitamos explicar lo que son las prostitutas, pero sí debemos saber que los publicanos son aún más odiados y despreciados: recaudadores de impuestos al servicio de Roma, estrujan al pueblo para sacar más ganancias. Están aislados en Israel, nadie les dirige la palabra, son una casta despreciada, aunque rica.

Y no podemos olvidar que Jesús elige entre los Doce un publicano, Leví, y come en su casa, con el consiguiente escándalo. Y repite la hazaña en Jericó nada menos que con el jefe de los publicanos, Zaqueo. Quizá no haya más que una clase de personas más despreciada: los samaritanos. Y Jesús habla con ellos (¡con una mujer samaritana!), y redondea su desafío en las dos bellas parábolas de Lucas: el Fariseo y el Publicano, y el Buen Samaritano...

Y lo mataron, naturalmente: contra el Templo, contra la Ley, contra los respetables, a favor de los pecadores... No podía resultar de otra manera. Pero bajo esta consecuencia superficial, "lo matan por provocador contra el orden religioso y social", debemos descubrir la razón más profunda: lo matan porque es consecuente hasta la muerte con la Verdad: la verdad es que todos son pecadores, los sabios y "justos" también; la verdad es que Dios no rechaza a nadie que se vuelva a Él, sino sólo, precisamente, a esos "justos" que no creen tener necesidad de perdón. Esa es la Verdad, y por ella morirá Jesús.

Estremece contemplar en los evangelios cómo los más cercanos a la Ley, al Templo, son los peores enemigos de Jesús: impenetrables a la Palabra, se convierten en enemigos hasta llevar a Jesús a la muerte.

Estremece esta "capacidad" aterradora de las personas "religiosas" para cerrarse a la Palabra, quedarse conformes con sus creencias y modos de proceder "de toda la vida", y creerse mejores que otros. Y estremece, por encima de todo, comprobar que esos son los enemigos más declarados de Jesús, los "responsables" de su muerte.

Es preocupante asimismo sorprender en nosotros, personas religiosas "de toda la vida", esta misma tendencia. Tendencia a "instalarnos" en nuestras maneras "religiosas" de creer y de vivir. Creo que esta tendencia es parte del "pecado original" específico de las personas religiosas, y - quizá - de las instituciones religiosas, órdenes religiosas, religiones, la Iglesia...

No deja de ser sorprendente la fortísima oposición "oficial" que han encontrado tantas veces los santos, los reformadores, incluso simplemente los teólogos que han meditado más y han avanzado en el entendimiento de La Palabra. Y esta oposición ha venido sobre todo de los mismos estamentos que se oponían a Jesús: los "puros", los sacerdotes, los doctores, es decir, la gente piadosa de toda la vida, los estamentos oficiales, la ortodoxia.

Me parece que esto es síntoma de ese último reducto de "el mal" que queda en el corazón humano aunque parezca vivir de manera religiosa.

Se trata de una inversión, una inversión profunda de lo religioso: es tratar con Dios en el plano de la justicia (soy justo, Dios me premia - son pecadores, que Dios les castigue); se trata de encontrar seguridad en las creencias, más que riesgo de la fe; se trata de "sabérselo ya todo", más que estar atento a la Palabra, La Palabra que siempre dice - y pide - cosas nuevas.

Pero la única espiritualidad sana, la única religiosidad verdadera es la que empieza por la convicción de ser pecador, es decir, radicalmente necesitado de Dios; y, a la vez, la experiencia de ser querido por Dios, cuyo cariño es muy superior a nuestros pecados.

De aquí nace el amar a Dios, de aquí nace la necesidad de vivir en clima de perdón con todos, de portarse como hermano porque conocemos al Padre. Si no hay una profunda experiencia de ser pecador, de mi necesidad de Dios, no hay religión, y la religión se convierte en una inversión monstruosa.

Israel fue un especialista en inversiones. Se apoderó de Dios para su preeminencia sobre los demás pueblos, encerró a Dios en un templo - sólo un templo para el mundo entero, nuestro templo - vinculó la salvación al cumplimiento minucioso de preceptos externos, se sintió orgulloso de conocer a Dios, de poseerlo, de ser el Elegido....

Y cuando vino La Palabra hecha carne, no pudieron reconocerla. Hemos leído la Biblia muchas veces como una crónica del descubrimiento de Dios, como una Revelación progresiva. Hay otra lectura: la crónica del pecado, del apoderamiento de Dios por parte de Israel, la crónica de la inversión de los valores más hondos de lo religioso.

Y parece como si Jesús tuviese siempre compasión del enfermo y del pecador, y sintiera irritación frente a estos "justos". La verdad es que no parece el mismo, y esto no deja nunca de sorprendernos profundamente.

Y parece también que no hay tanta diferencia entre aquellos Sacerdotes, Fariseos y Doctores, y nosotros, los creyentes normales de Misa Dominical y aun diaria, los sacerdotes, los teólogos, los ortodoxos.... la Iglesia Occidental de toda la vida.

A veces subrayamos la hipocresía de los fariseos, la corrupción de los sacerdotes, el legalismo de los doctores... Me parece que lo hacemos interesadamente, para poder explicar la irritación de Jesús y para no vernos identificados en ellos.

 

S A L M O 24

(Salmo de la eucaristía de hoy)

 

Enséñame, Señor, tus caminos,

instrúyeme en tus sendas;

haz que camine con lealtad, enséñame,

porque tú eres mi Dios, mi Salvador,

y todo el día te estoy esperando.

 

Recuerda, Señor,

que tu ternura y tu misericordia son eternas,

no te acuerdes de los pecados

ni de los errores de mi vida entera,

acuérdate de mí con misericordia,

por tu bondad, Señor.

 

El Señor es bueno, el Señor es justo.

Él enseña el camino a los pecadores,

Él hace caminar a los humildes con rectitud,

Él enseña su camino a los humildes.

 

José Enrique Galarreta

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