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AL DIOS DESCONOCIDO

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"Hijo, cuando eres joven, el paso del tiempo te hará cambiar de opinión sobre muchos puntos y te hará pensar lo contrario de lo que piensas ahora. Aguarda, pues, hasta entonces para zanjar tan importantes cuestiones. Y la más importante, aunque para ti cuenta nada, consiste en pensar correctamente a propósito de los dioses" (Leyes, Platón).

Cuando Pablo de Tarso visitó Grecia,

"puesto en pie en medio del Areópago, dijo: Atenienses, veo que sois sobremanera religiosos porque al pasar y contemplar los objetos de vuestro culto he hallado un altar en el cual está escrito: Al dios desconocido. Pues ese que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio".

Quizás aquí el ardiente predicador de Atenas no se percató de que también ese Dios por él anunciado seguiría siendo igualmente desconocido: es el Incognoscible y únicamente podemos hacernos una imagen de Él partiendo de los conceptos –anoréxicos ellos- que manejamos los humanos. Nadie más que ellos ha sido habilitado para comunicar cosa alguna a este respecto.

Un discurso revolucionario el del Apóstol de los gentiles que hoy podría repetir sin rubor a propios y extraños en la Explanada del Templo en Jerusalén, la Kaaba en La Meca y, probablemente –yo apuesto que sí- en la Plaza de San Pedro en Roma.

Un Dios que yo no puedo conocer desde fuera de mí. El camino a desplegar para lleger a Él –y no sólo el camino sino el término- está dentro de mí. El GPS que nos permite lograrlo son nuestros sentidos: los extra y los intraceptivos y lo que de trascendente hay en nuestro ser. Todo cuanto el hombre puede hacer se desarrolla en el escenario de sí mismo. Lo constató Merleau-Ponty cuando escribió que "es en el interior del mí donde yo percibo el mundo".

Jenófanes, representante del escepticismo epistemológico griego, afirmó ya en el siglo VI antes de Cristo que "si los bueyes, las vacas o los cerdos, tuvieran dioses, los representarían como bueyes, vacas o cerdos". Expresión nada baladí por cierto, capaz de suscitar una reflexión profunda sobre la realidad del hecho religioso, veintiséis siglos más tarde.

"Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza", afirma la Biblia. Pero Jenófanes y el análisis serio de dicho hecho históricamente estudiado demuestra más bien la realidad de todo lo contrario. Es decir, que fue el hombre quien hizo a Dios a imagen y semejanza suya. Y esto lo normal y no hay por qué escandalizarse de ello.

Numerosas investigaciones transculturales realizadas sobre las grandes tradiciones del mundo han puesto de manifiesto que este antropomorfismo es una realidad incontestable, y que todas las religiones hoy vigentes -la cristiana incluida- se mantienen ancladas –y esto sí que es lamentable- en el estado mítico-teísta de su evolución natural. Lo que constata que también en esta dimensión continuamos siendo hijos legítimos de los griegos y de los romanos.

Nos declaramos oficialmente monoteístas. Pero nuestro Panteón interior sigue poblado de ídolos. Y nuestros ritos y sacramentos, plenos de significados mágicos.

En su magnífica obra Espiritualidad integral (Kairós, Barcelona 2007) el psicólogo estadounidense Ken Wilber, máximo representante de la Psicología Transpersonal y coautor también de El paradigma holográfico, asegura que la mayoría de las sociedades, incluida la occidental, se encuentran en este campo bajo el peso de la losa de dicha realidad.

En Espiritualidad integral, subtitulada por cierto "El nuevo papel de la religión en el mundo actual", se atreve a hacer esta afirmación:

"...las olas arcaicas, mágicas y míticas del desarrollo por las que deben atravesar los seres humanos constituyen el dominio de los grandes sistemas religiosos y míticos del mundo".

Este es el gran trauma cultural que nuestra sociedad del siglo XXI (¡¡siglo de naves galácticas, de robots y de la nanociencia!!) continúa padeciendo. Pero lo más grave de esta dolencia es que, también según Wilber, su profilaxis –y aquí viene lo paradójico- la tendrían que gestionar básicamente las grandes religiones. Una gestión que implica la ampliación ineludible del horizonte de la Humanidad desde los estadios míticos y etnocéntricos (centrados en "yo y mi grupo") a los mundicéntricos ("todos nosotros") y los cosmocéntricos incluso ("nosotros y todas las cosas").

Todo un sueño que, como el de Martín Lutero King, es realizable, si antes no nos hemos autodestruido. Aunque por necesidad del guión y como obertura sine qua non de esta tragicomedia wagneriana, debiera figurar la de Matar a nuestros dioses, como reza el título de la obra de José María Mardones.

La sociedad occidental civil tiene hoy una trascendental tarea pendiente, ex aequo con la atribuida a las religiones: readmitir el vituperado hecho religioso, al que todas las culturas del mundo tienen como elemento clave de su configuración y sin el que ningún ser humano podrá llegar a alcanzar su plenitud. Jamás debemos olvidar que el hombre, cuando no halla solución a sus problemas, acaba siempre llamando a las puertas de los dioses. No hacerlo es traicionar su destino y el destino de la Humanidad. Y además... es suicida.

Cuando se desacraliza la Historia, el mundo se atiborra de rumores de ángeles. Manifestaciones de ámbito secular: espectáculos deportivos, "ídolos" de la política y el arte, diversión y consumismo... etc. Y en el ámbito religioso: devociones populares, cartas astrales, romerías, apariciones... etc. etc. Todos ellos improvisados becerros de oro que dejan vacías las conciencias y que, en lo más profundo de su ser, no anhelan si no, que algún Moisés sensato se atreva a bajar y los destruya.

La Sociedad actual –la global, claro- necesita en estos momentos el urgente alumbramiento de un nuevo orden político-social y religioso más totalmente humano, más profundamente humano, que nos redima y salve en nuestra –hoy más que nunca- maltrecha humanidad.

El romper aguas sería, como asegura Platón, "pensar correctamente a propósito de los dioses". Porque, aunque para muchos cuente poco o nada, eso es lo más importante de todo.

 

Vicente Martínez

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