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JOB 38, 1-11 / CORINTIOS 5, 14-17

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JOB 38, 1-11

Yahveh respondió a Job desde el seno de la tempestad y dijo:

¿Quién es éste que empaña el Consejo

con razones sin sentido?

Ciñe tus lomos como un bravo:

voy a interrogarte, y tú me instruirás.

Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra?

Indícalo, si sabes la verdad.

¿Quién fijó sus medidas? ¿lo sabrías?

¿quién tiró el cordel sobre ella?

¿Sobre qué se afirmaron sus bases?

¿quién asentó su piedra angular,

entre el clamor a coro de las estrellas del alba

y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?

¿Quién encerró el mar con doble puerta,

cuando del seno materno salía borbotando;

cuando le puse una nube por vestido

y del nubarrón hice sus pañales;

cuando le tracé sus linderos

y coloqué puertas y cerrojos?

«¡Llegarás hasta aquí, no más allá le dije

aquí se romperá el orgullo de tus olas!»

 

LOS VERSOS SIGUIENTES NO SE LEEN EN LA EUCARISTÍA.

Y Job respondió a Yahvé:

"Sé que eres todopoderoso;

ningún proyecto te es irrealizable.

Era yo el que empañaba el Consejo

con razones sin sentido.

Sí, he hablado de grandezas que no entiendo,

de maravillas que me superan y que ignoro. ...

Yo te conocía sólo de oídas.

mas ahora te han visto mis ojos.

Por eso me retracto y me arrepiento

en el polvo y la ceniza"

 

El libro de Job plantea uno de los más graves problemas del creyente: el mal. En la mentalidad habitual judaica, el mal es castigo del pecado, y por tanto resulta enteramente incomprensible el sufrimiento de "el justo". Este es el tema planteado por Job: ha observado fielmente la Ley y sin embargo se ve abrumado por toda clase de desgracias.

Sus amigos le dicen que reconozca que estas desgracias son castigo de sus pecados, pero Job mantiene su inocencia y no puede explicarse el mal que le aqueja. El autor del libro ofrece la única solución que tiene: apelar a la Suprema Autoridad de Dios: "¿Quién eres tú para pedir cuentas a Dios?". Lo que significa que no entiende nada, sigue con su problema, pero se somete a Dios y renuncia a entender.

Este es un tema que debemos aceptar como es, sin suavizarlo, sin ir más allá de lo que la Palabra nos muestra. Nosotros queremos buscar una explicación al mal. No la tenemos.

El sufrimiento del inocente, muy especialmente el sufrimiento de los niños, es algo que no encaja con nuestra fe en Dios Abbá, bueno y poderoso. Y no tenemos ninguna explicación. Creemos en Abbá, bueno y poderoso, a pesar de que no podemos explicar el problema del sufrimiento del inocente.

Es dramática la presencia de este problema en la misma vida de Jesús. Él es el más inocente, el Santo por excelencia. Y, ante la pasión y la muerte, parece compartir con nosotros toda la oscuridad del sufrimiento.

Lo manifiesta dramáticamente en el Huerto de los Olivos, y más trágicamente cuando recita en la cruz el Salmo 22: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".

No hay ninguna revelación que nos explique el mal, el sufrimiento del inocente. Todo lo que nosotros inventamos para explicarlo es deficiente: el mal es necesario para contraponerlo al bien, el mal tiene carácter de "redención" por el pecado, el mal tiene sentido como "mérito para la vida eterna"... todo ello no soporta la idea de que "Abbá podría haber ahorrado a sus hijos tanto sufrimiento".

Con el libro de Job, pero superándolo por el conocimiento de Dios que supone Jesús, debemos aceptar que "los caminos de Dios no son nuestros caminos" y que no tenemos solución a este tema.

Pero sí tenemos motivos para fiarnos de Abbá - no solamente para someternos al Todopoderoso - y saber que Jesús no ha explicado esto, ni otras muchas cosas. En este tema, la posición de Jesús es clara: su vida es luchar contra el mal, y es parte importante de nuestra misión.

Una vez más, la revelación de Dios en el N.T. antepone "Dios libertador" a "Dios Señor". La fe en "Dios Señor" nos pediría más bien explicaciones. La fe en Dios Libertador nos pide trabajar con Él contra el mal que aqueja a sus hijos.

Este es uno de los significados más profundos de los milagros de Jesús. Los milagros de Jesús son de carácter "liberador", en favor del hombre oprimido por la enfermedad, por el pecado.

La presencia de Jesús, la presencia de Dios, en el mundo, se ve continuamente acompañada por "signos de liberación", que muestran, más aún que las palabras, en qué Dios creemos, y qué se espera de nosotros.

 

CORINTIOS 5, 14-17

Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así. Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.

Se presenta la muerte de Cristo como supremo acto de amor, amor en el que podemos conocer el amor el amor del Padre. Estas expresiones no tienen nada que ver con el concepto vulgar de "redención" (la muerte de Jesús como sacrificio sangriento expiatorio y vicario) sino que están en la línea de Juan 3,16: "tanto amó Dios al mundo que no escatimó a su único hijo", o de Romanos 8,32: "el que no escatimó a su propio hijo sino que lo entregó por todos nosotros".

A continuación, nuestra respuesta: vivir para el Reino: ni nuestro conocimiento de las personas ni el de Jesús es ya como antes, eso es "lo viejo". Se nos ofrece un modo nuevo de vivir y de pensar, con los criterios y valores de Jesús, como haber sido credo de nuevo.

Esta nueva creación, criatura nueva, es la que se celebra en el bautismo, con el símbolo de "ser librado de las aguas, pasar del peligro de muerte por asfixia a la luz, al aire, a la vida en libertad, como un hijo de Dios.

 

José Enrique Galarreta

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