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LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN Y EL PAPA FRANCISCO

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Estos días se ha celebrado en Madrid el 33 Congreso de Teología que, convocado por la Asociación de Teólogos y teólogas Juan XXIII y gestionado por numerosos movimientos cristianos de base, tiene como tema "La teología de la liberación, hoy". El pensamiento político conservador, la teología católica tradicional y la institución eclesiástica coinciden en el veredicto sobre la teología de la liberación (TL): debe ser condenada. Más aún, ya han diagnosticado al unísono su muerte, e incluso su entierro y sus funerales. Pero su veredicto y su diagnóstico responden a los intereses que defienden el neoliberalismo político y económico y el neoconservadurismo religioso, que están en las antípodas de la TL.

Esta se mueve en el horizonte del pensamiento crítico y utópico, mientras que el conservadurismo político se asienta sobre el pensamiento único e instalado en el sistema. Lleva a cabo una revolución en la metodología teológica, que parte del análisis de la realidad iluminado por la fe y hace una interpretación liberadora del cristianismo, mientras que la teología tradicional parte del dogma y tiende a una lectura fundamentalista de los textos sagrados.

Se guía por el principio ético-evangélico de la opción por los pobres y está comprometida en la construcción de la Iglesia de los pobres, mientras que la institución eclesiástica defiende el universalismo abstracto del amor que se traduce en prácticas "caritativas" de carácter benéfico-asistencial y reproduce la organización jerárquico-piramidal.

Pero enseguida se descubre la trampa: el conservadurismo político y el tradicionalismo católico tienden a confundir el deseo con la realidad y buscan por todos los medios cómo destruir la TL porque les resulta incómoda. Sin embargo, no lo consiguen.

Cuarenta años después de su nacimiento, la TL sigue viva y activa. Y hoy más que nunca, cuando se ensanchan las franjas de la pobreza estructural, de la miseria intercontinental, de la marginación social, de la exclusión cultural, de la discriminación sexista y del neo-colonialismo. De nuevo David ha vencido a Goliat.

La TL se cultiva en todos los continentes atendiendo a sus señas de identidad religiosa y cultural: en América Latina, su cuna, en sintonía con el nuevo escenario político y religioso y con el socialismo del siglo XXI; en Asía, en diálogo con las religiones y culturas orientales descubriendo en ellas su dimensión liberadora; en África, en relación con las religiones y culturas ancestrales, en busca de las fuentes de la vida en la naturaleza; en Europa, en convergencia con los movimientos alterglobalizadores que luchan por otro mundo posible.

La actual teología de la liberación no se queda en la foto fija de la década de los setenta. Es teología histórica, contextual, procesual, de la calle, no de la sacristía, del pueblo, no de las elites, de la tierra, no del cielo. Y como tal se reformula en los nuevos procesos de liberación, en sintonía con los sujetos emergentes de transformación social:

o mujeres discriminadas que se empoderan y toman conciencia de su potencial revolucionario;
o culturas otrora destruidas que reivindican su identidad abierta a otras identidades;
o comunidades indígenas que reclaman sus cosmovisiones autóctonas no sometidas a la colonización occidental;
o colectivos que reclaman su derecho al libre ejercicio de su sexualidad sin la presión y condena de la moral homófoba;
o comunidades campesinas que se movilizan contra los Tratados de Libre Comercio;
o jóvenes indignados a quienes se les niega el presente y se les roba el futuro;
o naturaleza depredada que sufre, grita y se rebela;
o comunidades afrodescendientes que se rebelan contra el régimen de aparheid que les sigue imponiendo Occidente, etc.

¿Puede asumir la Iglesia institucional con el pontífice a la cabeza la TL como orientación ideológica?

Así lo parece si atendemos a los gestos, discursos, actitudes y opciones que ha adoptado el papa Francisco en poco menos de medio año al frente de la Iglesia católica:

o renuncia a vivir en el Vaticano,
o invitación a los jóvenes a rebelarse e indignarse,
o defensa de los derechos de los inmigrantes sin papeles,
o visita a las fabelas en su viaje a Brasil,
o crítica de los sacerdotes y obispos instalados en el conformismo,
o denuncia del capitalismo,
o defensa de una Iglesia pobre y de los pobres,
o austeridad de vida, etc.

Así lo creen importantes sectores religiosos y laicos, incluidos los progresistas y hasta algunos teólogos –no así las teólogas- de la liberación. En esa dirección parece ir el texto de Gustavo Gutiérrez publicado en L' Osservatore Romano, impensable durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Yo creo, sin embargo, que una teología que hace de la opción por los pobres su imperativo categórico es difícilmente asumible por la institución eclesiástica por varias razones:

o por el lugar social en el que se ubica –los pobres, los movimientos sociales-,
o por la radicalidad de sus opciones –interculturalidad, pluralismo y diálogo interreligioso,
o diversidad sexual,
o lucha contra la pobreza estructural-,
o por la revolución metodológica que implica al partir del análisis de la realidad y de la praxis revolucionaria;
o por la crítica del poder eclesiástico y de sus instituciones.

Dos ejemplos.

o En los discursos pronunciados durante su visita a Brasil Francisco ni siquiera citó la TL, siendo este país el lugar donde más se cultiva y donde más teólogos y teólogas de la liberación hay, ni se encontró con estos, cuando tuvo encuentros con otros colectivos cristianos y sociales.
o En una entrevista de agosto de este año al recién nombrado secretario de Estado del Vaticano Pietro Parolin cuando era nuncio en Venezuela, preguntado por la teología de la liberación y la opción por los pobres, respondió de esta guisa:

"Es cierto que la Iglesia tiene una opción preferencial por los pobres... Pero también la Iglesia siempre ha aclarado que la de los pobres no es una opción excluyente ni exclusiva... La Iglesia es de todos, la Iglesia ofrece el Evangelio a todos con una atención especial a los pobres, porque ellos son los preferidos del Señor, a sabiendas de que el Evangelio solamente se puede recibir con una actitud de pobre".

A lo más que puede llegar la institución eclesiástica es a respetar dicha teología, a establecer una moratoria, no condenarla, a no sancionar a sus cultivadores y cultivadoras. Incluso en el supuesto de que el papado la reconociera y la asumiera como propia, pondría tales condiciones y controles que colocaría en serias dificultades a sus cultivadores, pues se verían obligados a revisar su orientación ideológica, a rebajar la radicalidad de sus propuestas, a revisar su metodología inductiva hasta adaptarla a la oficial. En cuyo caso no estaríamos ante la auténtica teología de la liberación, sino ante una imagen deformada de la misma.

El 33 Congreso de Teología, que celebramos del 5 al 8 de septiembre en Madrid sobre "La teología de la liberación, hoy" pretende mostrar que:

a) la TL sigue viva y activa, y se cultiva en todos los continentes;
b) si alguien quiere enterrarla, la habrá enterrado viva;
c) merece respeto dentro del pluralismo religioso;
d) requiere reconocimiento por su rigor metodológico;
e) es una teología profética donde vuelve a escucharse el grito de los hebreos sometidos a esclavitud y el compromiso de Dios por su liberación, la voz de los profetas en defensa de los empobrecidos; el discurso de Bartolomé contra la destrucción de las Indias, etc.;
f) no debe ser condenada porque es la re-escritura del Evangelio como buena noticia de liberación de los empobrecidos y mala noticia para los responsables del empobrecimiento de las mayorías populares.

"La teología –afirma Pedro Casaldáliga en el mensaje dirigido al Congreso de Teología- es Teología de la Liberación o no es teología, ciertamente, no lo sería la del Dios de Jesús". El 33 Congreso de Teología va en esa dirección. Esa ha sido su orientación desde el principio de su andadura en 1981.

 

Juan José Tamayo

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