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LA IGLESIA/FUNDACIÓN Y LA IGLESIA/MISIÓN

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Lc 10, 1-20

El texto que leemos es probablemente un resumen de doctrinas varias, instrucciones de Jesús pronunciadas en diversas ocasiones, reunidas aquí con el pretexto de la misión de los setenta discípulos. Destacan de todas maneras varios temas:

• el encargo mismo de Jesús, la elección de personas que sean, como él mismo, anunciadores de la Buena Noticia.
• la misión en pobreza y el riesgo de la misión.
• la transmisión a los discípulos del poder de Jesús.

En nombre de Jesús, animados por su mismo Espíritu, sin medios materiales, armados sólo con la Palabra, en un medio hostil, más fuertes que los demonios... Es una maravillosa imagen de la Iglesia y un motivo de reflexión tan estimulante como inquietante.

Se ha fundamentado a veces la iglesia con el concepto de "fundación", como una empresa cuyos estatutos y cargos directivos hubieran sido establecidos por Jesús mismo.

Es más radical, y más real, el concepto de Misión: Jesús, ser temporal y espacial como cualquier humano, que terminará su vida mortal como cualquier humano, lanza un movimiento que le continúe, envía en su nombre a muchos para su misma misión.

La Iglesia/fundación es más legal y tiende a dárselas de "oficial", con todos los derechos. La Iglesia/misión atiende ante todo al trabajo, a la responsabilidad y al Espíritu de Jesús.

La autenticidad de la primera se funda más en sucesiones que parecen dinásticas. La autenticidad de la segunda se basa en el Espíritu, en la fidelidad el mismo Espíritu de Jesús.

La misión se representa siempre en la curación de enfermedades y la liberación de demonios. Es sorprendente leer los tres primeros capítulos de Marcos: sale Jesús a su misión y parecen despertarse todas las furias del infierno, en forma de enfermos, de endemoniados y de adversarios. Y es así: Jesús, presencia del bien, desata la hostilidad del mal, en todas sus formas. Esto permite definir la actividad de Jesús como cumplimiento de su mismo nombre: el salvador, el libertador. Dios que salva. Y al ser humano como el esclavizado por el mal, por muchos males, el necesitado de la fuerza de Dios libertador.

Se utiliza una vez más la imagen física para representar la ación espiritual: "pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo" no es más que una imagen. Pero es una imagen que nos ayuda a leer el mundo.

Nosotros tenemos la grave tentación de leer el mundo como indiferente, inocuo, ajeno a Dios y al mal. Nos han vendido una imagen aséptica de la vida, de la naturaleza, del trabajo, de la actividad cotidiana: nos han convencido de la profanidad del mundo, recluyendo a Dios y al mal en ámbitos estrictamente religiosos. Nada tan diferente de la mentalidad de Jesús.

El mundo entero es el escenario de la gran batalla que los hijos de Dios libran contra todos los males: la ignorancia, la explotación, la perversión, la humillación, la destrucción del medio y de lo humano... cada día, en cada circunstancia, se desarrolla un fragmento del gran drama: la construcción o la destrucción del Proyecto de Dios, el triunfo o el fracaso de los hijos de Dios.

Jesús lee el mundo sin ninguna ingenuidad. Jesús invita al Reino, es decir, a pelear. Jesús sabe que la pelea es cotidiana. Por eso los evangelistas pueblan sus narraciones de endemoniados que reconocen a Jesús y se resisten violentamente, aunque en vano, porque la fuerza de Dios vence siempre.

Es una profunda y significativa imagen del mundo y de la humanidad, una imagen de riesgos y de batallas, bastante ajena a la tibieza y componenda de nuestra manera de vivir el seguimiento de Jesús.

Y es muy significativa la imagen de los enfermos y los endemoniados, porque no son ellos los malos, los enemigos, sino víctimas de sus demonios. Los enemigos de Jesús nunca son las personas, aunque le estén clavando en la cruz. Las personas son siempre víctimas de sus pecados; por eso se acerca a ellas Jesús, para curar y liberar.

Esta es la enorme misión de la Iglesia: ayudar a las personas contra todos sus males: liberar al ser humano de todo lo que le deshumaniza. Esta es la misión de Jesús, y la nuestra, como enviados suyos. Esta misión se realiza con el espíritu, con el estilo, con las armas de Jesús. Jesús no necesitó más medios que la palabra y el ejemplo.

Jesús renunció al dinero como medio de influir, renunció al poder como medio de imponer. Su prestigio es su modo de actuar, su compasión y su valor. Su fuerza es la Palabra. Su mayor poder, la Buena Noticia.

Jesús no dice que ama; Jesús ayuda. Jesús no crea sistemas filosófico-teológicos; muestra a Dios en parábolas. Jesús no predica desde la autoridad humana sino desde el servicio. Jesús se siembra, es grano de trigo enterrado y muerto; y resucita en la Iglesia, que no es una sociedad triunfal sino una levadura enterrada en la masa. La Iglesia hará florecer la humanidad del mundo si se siembra en un servicio fraternal, como Jesús mismo.

La eficacia de la iglesia está garantizada solamente por la fuerza del espíritu. La Iglesia, nosotros la iglesia, solemos ser más sabios que Jesús y le enmendamos la plana. Reducimos la noción de pecado a la culpabilidad personal, trabajamos por el prestigio externo de la Iglesia y su influencia social, nos despreocupamos de los males reales para atender "a lo espiritual", valoramos la influencia política y económica, combatimos como enemigos a personas...

En resumen, no ofrecemos la imagen de "crucificados para el mundo", ni el mundo nos considera como tales. Nos hemos convertido en una autentica religión convencional, con dogmas, ritos, jerarquías, prestigios, poderes, y hemos perdido la capacidad y la identidad de crucificados por la liberación de la gente.

Ante todo esto, debemos prestar atención no solamente a Jesús compasivo, sino a Jesús poderoso. Las curaciones, las liberaciones de los endemoniados, tienen un mensaje primero, sencillo y definitivo: en Jesús actúa Dios poderoso para liberar. La Buena Noticia es poderosa para liberar. Pero sólo es poderosa la Buena Noticia, sólo es poderoso el Espíritu de Jesús. Los poderes del mundo sólo pueden esclavizar, son los enemigos de la Buena Noticia.

Todo esto conduce a las preguntas más radicales:

¿Cuál fue el poder de Jesús? Tuvo poder de sanar, de liberar de decir la verdad a la cara de todos; tuvo el extremo poder de ser consecuente hasta la cruz. Tuvo el extraño poder de denunciar todas las falsas imágenes de Dios, de no dejarse comprar por nadie, de desmontar las pomposas teologías de los escribas con la simple arma de las parábolas, de ridiculizar la falsa santidad de los fariseos con el "a mí me lo hicisteis".

Jesús pisó inmune los escorpiones y las serpientes del falso mesianismo triunfal, del honor del sacerdote, del aprecio de los poderosos; Jesús fue más poderoso que los ejércitos de la Ley, del Templo, del Poder. Jesús caminó sobre todos esos, victorioso. Esos fueron, y sólo esos, los poderes de Jesús.

¿Qué significó Jesús para su mundo? Un loco peligroso, que debía ser, y fue de hecho eliminado. Su mundo lo crucificó y lo consideró como crucificado. Y los que él envía para anunciar "ya está aquí el Reino" no llevan al mundo una buena noticia para todos. Porque el reino no es buena noticia más que para los pobres, los enfermos, los pecadores, y no para los ricos, los sanos, los que se creen santos. Los ricos, los sanos, los fuertes, los que se creen santos, reciben lo de Jesús como una malísima noticia, como una locura peligrosa.

Es llamativa la imagen de Jesús: "como corderos en medio de lobos". Desarmados, pobres, sin más poder que curar y liberar. Sin más sabiduría que las parábolas. Con la estupidez mental de preferir la pobreza, el camino empinado, la fraternidad, la solidaridad... ¿cómo se puede triunfar en la vida con esas armas? ¿Cómo se puede un joven abrir paso en la selva del mundo con esos criterios? ¿Cómo se puede andar por la vida prefiriendo a los últimos, prefiriendo ser último? ¿Cómo se puede mirar con aprehensión el dinero, el éxito, el reconocimiento social? ¡La Buena Noticia es cosa de locos!

Hoy es un domingo para revisar valores y criterios, para revisar nuestra situación en el mundo. ¿Qué piensan de nosotros la iglesia el poder, el dinero, el éxito? ¿Qué piensan de nosotros la iglesia los creadores de opinión, los triunfadores de la sociedad, los gobernantes que crean constantemente opresión, injusticia y miseria, los manejadores del mercado, los que viven en la abundancia? ¿Nos tienen por locos peligrosos?

No puedo menos que recordar aquí una escena, retransmitida hace unos pocos años por televisión a medio mundo: una boda real, a la que asisten todos los poderes del mundo, los reyes, los príncipes, los magnates de las finanzas, los jefes de estado, los famosos de todos los ámbitos; dinero gastado a chorros, en vestidos, en coches, en fiestas, en alardes de todos los géneros. El edificio es suntuoso, las vestiduras sagradas son carísimas, el rito es solemne... Solamente estorbaba una cosa en tan magnífica ceremonia: el enorme crucifijo que presidía la asamblea entera, sangriento y agonizante, desnudo y ridículo, disonancia intolerable; deberían haberlo cubierto con un paño, o retirarlo a la sacristía para evitar que estropease tan magnífica ceremonia. Porque allí estaban todos los poderes, los criterios y los valores del mundo, todos los que crucificaron y crucifican hoy a los hijos de Dios, dueños del templo, impávidos ante el crucificado al que ellos mismo están matando.

Pero eso es sólo una imagen circunstancial, pasajera, anecdótica. Una anécdota significativa: la iglesia entera está representada en ella, nosotros la iglesia, que vivimos en el mundo dando culto a un dios que no es el de Jesús, impertérritos ante los crucificados, dedicados a nuestras teologías y a nuestros poderes, nuestros prestigios, nuestras seguridades religiosas... A nosotros no nos crucifica nadie, por una sencilla razón: porque el mundo sólo crucifica a sus enemigos, a Jesús, por ejemplo.

 

José Enrique Galarreta

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