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SABIDURÍA 9, 13-19 / FILEMÓN 1, 9b-10 y 12-17

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Domingo 23 del Tiempo Ordinario


SABIDURÍA 9, 13-19

¿Qué hombre conoce el designio de Dios,

quién comprende lo que Dios quiere?

Los pensamientos de los mortales son mezquinos

y nuestros razonamientos son falibles;

porque el cuerpo mortal es lastre del alma

y la tienda terrestre abruma la mente que medita.

Apenas conocemos las cosas terrenas

y con trabajo encontramos lo que está a mano:

Pues, ¿quién rastreará las cosas del cielo,

quién conocerá tu designio, si tú no le das Sabiduría

enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?

Sólo así serán rectos los caminos de los terrestres,

los hombres aprenderán lo que te agrada;

y se salvarán con la sabiduría

los que te agradan, Señor, desde el principio.

 

Conocemos sobradamente este hermoso libro, llamado "Libro de la Sabiduría de Salomón", y que se escribió en griego probablemente en Alejandría a finales del siglo I aC o principios del siglo I dC. Su "Sabiduría", como toda la Sabiduría de Israel consiste en interpretar y aplicar las Escrituras a la vida diaria.

El fragmento que hoy leemos es extraordinario, sin duda, como reflexión sobre la limitación de la sabiduría humana respecto del conocimiento de Dios. Existe en él una concepción de lo humano como de algo espiritual atenazado por su condición material, que se entiende como lastre, como tienda pesada que abruma nuestra mente. Es el Espíritu el que hace capaz al ser humano de elevarse por encima de su fuerza de gravedad terrenal.

En nuestra cultura, estas concepciones no están de moda. Nos sentimos radicalmente materiales, nos sentimos identificados con "nuestro cuerpo", apenas nos dice nada un sentido trascendente o escatológico, ni la palabra "espiritual" se libra a veces de connotaciones peyorativas.

Y sin embargo, es esencial que, superando cualquier dualismo, liberando a estas imágenes de toda pretensión metafísica, interpretemos al ser humano como "barro con espíritu de Dios" (Génesis 2,7), sometido a esclavitud, una esclavitud que le atrae y le impide caminar, ser él mismo, ( Éxodo 16: 2,3), "necesitado de liberación".

La Sabiduría, presente ante Dios desde la eternidad, derramada sobre los "terrestres" para que sepan vivir, podría ser muy bien el punto de arranque de una cristología "descendente". Personalmente, me gusta bastante más que "El Logos", que no tiene tradición bíblica y es palabra mucho más estática, con más peligros metafísicos. Jesús es, para nosotros, Sabiduría de Dios. (1 Corintios: 22-25).

 

FILEMÓN 1, 9b-10 y 12-17

Querido hermano:

Yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión. Te lo envío como algo de mis entrañas. Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en tu lugar en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo; así me harás este favor no a la fuerza sino con toda libertad.

Quizá se apartó de ti para que le recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano muy querido. Si yo le quiero tanto, cuánto más le has de querer tú, como hombre y como cristiano. Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como a mí mismo.

Ésta es la única ocasión, en los tres ciclos de las lecturas dominicales, en que se utiliza esta carta de Pablo. Nadie discute su autenticidad. Escrita probablemente en el año 61 o 62, desde la cárcel, en Roma.

Onésimo, esclavo fugitivo, conoce en Roma a Pablo, que lo convierte a Jesús. Pablo lo devuelve a su amo legítimo, Filemón, que es amigo suyo y también cristiano. Pero se lo devuelve como hermano, hermanado por la misma fe en Jesús.

Es muy interesante - y para nosotros muy sorprendente y aleccionador - comprobar que Pablo no destruye la institución esclavista por vía legal, sino por vía real, modificando la relación real que en adelante se dará entre las dos personas. ¿Qué relación amo/esclavo se dará en el futuro, cuando los dos se hayan sentado a la misma mesa, codo con codo, celebrando la Cena del Señor?

Por lo demás, el texto no tiene relación alguna con los otros dos. Estamos leyendo una serie de textos de Pablo, más bien al azar, para completar el final del ciclo litúrgico.

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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