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MARADONAS HUMANOS

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Al día siguiente de la muerte de Diego Armando Maradona, recibí un guasap de esos insidiosos tan frecuentes, que decía: “Maradona, gran futbolista mala persona”. No comparto esos modos de tratar a la gente. En los fallos humanos de Maradona tuvieron más culpa que él todos aquellos que se le acercaron para aprovecharse de él.

Pero sí creo que vivimos días en que las gentes necesitan mucho más modelos personales que ideas, para configurar sus vidas. Y el genio argentino del balón tan exageradamente jaleado por los medios de comunicación, ni podrá ser imitado como futbolista, ni debería ser imitado como persona. Necesitamos Maradonas, pero no futbolísticos, sino, por así decir “Maradonas humanos”.

Y he aquí que por los mismos días en que nos dejó el ídolo del balón, falleció otra gran persona pública, que no ocupó en los medios de comunicación ni la centésima parte de Maradona (pero ya sabemos eso de que la bondad no vende, y los medios han de servir al Capital antes que a la verdad). Nació veinte años antes que el argentino y muy cerca de él. De familia obrera, con una infancia también en vivienda de “chapas y techos de zinc” y, curiosamente, también con alguna relación con el fútbol… Pero llegó a gobernar a su país. Me refiero a Tabaré Vázquez, dos veces presidente de Uruguay.

Gracias a los sacrificios de la familia, a su determinación y a un sistema que tiene más claro que nosotros el que derechos como la educación y la salud “o son de todos o no son derechos”, Tabaré pudo estudiar. Llegó a médico y se especializó en oncología, para acabar muriendo de cáncer. Pero su promoción no le llevó a separarse de los suyos sino a interesarse más por ellos. “El viaje de la vida necesita compañeros” solía decir. Y él sabía quiénes eran sus compañeros.

Este puede ser uno de los rasgos que lo diferencian de Maradona, así como la experiencia de que las situaciones difíciles se superan bien a base de constancia y esfuerzo, no gracias a sistemas tan injustos y podridos como el del fútbol. Estos datos y también, sin duda, la presencia de María Auxiliadora su esposa, cristiana convencida a la que dedicó unas palabras hondas y enternecedoras en una entrevista que le hizo la televisión uruguaya pocos días antes de su muerte.

Como socialista convencido fue, a la vez, posibilista: hay que dar el paso que hoy se pueda, con tal de que ese paso adelante no sea un freno sino aquello que Freire llamó un “inédito viable”. Se quedó con muchas cosas que le hubiera gustado hacer y no pudo, evitando algunas impaciencias de esas que nos llevan a caer en un exceso de velocidad y matar la “gallina de los huevos de oro”. Aceptaba el proverbio chino de que, para acabar con el hambre, es mejor enseñar a pescar que dar un pez, pero aceptaba también que es preciso dar un pez mientras dura el aprendizaje: porque que se muera el hambriento tampoco es manera de acabar con el hambre. Pero se negó a ir a tratar su enfermedad en la famosa clínica de Sao Paulo en Brasil, porque lo que no es un derecho de todos se convierte en privilegio. Y pidió que a su muerte no se le hiciera un funeral de Presidente.

Como médico sabía que la salud no se recupera de golpe sino con paciencia y sin descanso a la vez. Y que tan necesario es el médico que cura como la enfermera que alivia. Por eso, aunque no era cristiano, nunca rechazó el asistencialismo como mera “caridad cristiana indigna de una sociedad laica”: pues sabía, por experiencia, que hay dolores que no pueden esperar más. (En una de mis visitas a una de esas villas-miseria de Montevideo, que allí llaman eufemísticamente “asentamientos”, recuerdo que apenas podíamos caminar porque, según me explicó una religiosa que me acompañaba, había obras para poner alcantarillas en el barrio. Al menos eso, aunque la meta fuese acabar con las villas-miseria).

Hace bastantes años publiqué un breve Cuaderno titulado “Elogio del agnosticismo” y hoy me parece que Tabaré encarna la figura que allí intenté delinear: la del que no por no creer deja de dar a la cuestión de Dios toda la importancia que tiene para la cuestión del ser humano. Él mismo confesó, en la entrevista antes aludida que a veces le parecía creer en Dios y otras veces no. Y agradeció sus entrevistas con dos papas (Wojtila y Bergoglio) que, cada cual a su manera, le habían animado a trabajar por lo mejor del hombre.

Pero si le dedico estas reflexiones no es por él. Es para destacar que, en estos días nuestros oscuros, existen historias desconocidas y personas de esas a las que cabría calificar como “Maradonas de humanidad”. Que nunca aparecerán en los medios o lo harán solo de soslayo pero que, si los conociéramos mejor, serían fuerza y compañeros de camino para nosotros.

Como me pidió una vez un compañero jesuita, hoy es imprescindible “hacer visible lo invisible”. Porque también es imprescindible no desmentir aquella frase final de la Peste de Camus: “en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”; y que hoy está siendo sustituida por esta otra: “el hombre es la causa de todos los males de la tierra” (de donde se seguiría que hay que acabar con la humanidad para salvar al planeta).

Lo que ocurre es que, como decía Jesús de Nazaret hablando del Bautista, esas maravillas dignas de admiración se encuentran en los “desiertos”, no en los “palacios” (cf Mt 11,8).

 

José Ignacio González Faus

Religión Digital

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