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LA PANDEMIA TENDRÁ REMEDIO CUANDO TOMEMOS EN SERIO A LAS AUTORIDADES COMPETENTES

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Las noticias que nos llegan, sobre la pandemia de coronavirus, son cada día más preocupantes. ¿Qué nos está pasando? Yo no soy médico. Ni sé nada de las ciencias y técnicas que le pueden poner remedio a esta epidemia mundial. He dedicado mi vida a la religión y los saberes relacionados con ella. ¿Se puede decir algo importante desde este punto de vista? Sin duda alguna, se puede (y se debe) afirmar algo que puede ser – y será – decisivo.

Mucha gente no se da cuenta de que el poder y el consiguiente sometimiento al poder, todo eso, no es que esté cambiando, es que ha cambiado. Nuestra relación con el poder ya no es como era antes. No se puede fijar una fecha que nos diga cuándo ha ocurrido esto. Lo que importa es que ha ocurrido.

¿Qué es lo que ha ocurrido? Dicho brevemente, el hecho capital es que el poder, que se impone y manda en el mundo, ha cambiado. Ya no se impone el “poder opresor”, sino que manda el “poder seductor”. En esto ha consistido la obra maestra del sistema capitalista neoliberal. Y los ciudadanos lo palpan ante el televisor: manda más en la sociedad, sobre todo en las generaciones jóvenes, la seducción de una modelo o el atractivo de un nuevo invento que nos agrada, que la orden que puede dictar un gobernante o la amenaza de un policía. Por eso es tan demoledora la “crítica de la verticalidad”, que ha analizado Peter Slotertijk, conocido profesor de la universidad de Karlsruhe.

Todo esto repercute en la cotidianeidad de la vida diaria. La pandemia tendrá remedio, no cuando nos pongamos la anunciada vacuna, sino cuando tomemos en serio lo que mandan las autoridades competentes en este asunto.

Un asunto que a mí me da mucho que pensar. Porque es mucha la relación que tiene todo esto con lo que a mí me preocupa. Que es exactamente la diferencia que distingue la Religión del Evangelio. La Religión es justamente un conjunto de “rituales de sumisión” (Walter Burkert). Que tranquilizan la conciencia y alivian los sentimientos de culpa. Pero por eso exactamente, a medida que el “poder opresor” ha ido perdiendo fuerza, en esa misma medida la Religión ha ido perdiendo presencia, credibilidad y autoridad.

Y por esto precisamente, según dicen los Evangelios, fueron los sacerdotes del templo los que no soportaron a Jesús. Los “hombres de la Religión” representaron exactamente el “poder opresor”, mientras que, por el contrario, Jesús y su Evangelio fueron, para aquel pueblo sencillo, la presencia tangible del “poder seductor”. Jesús curaba a los enfermos, daba de comer a los hambrientos, acogía a los pecadores, defendía a las mujeres, se fundió y confundió con el pueblo. Con razón los dirigentes del Sanedrín temieron que todos se iban a ir con Jesús (Jn 11, 48). Y por eso tomaron la decisión de matarlo (Jn 11, 52-53).

Pero no fue solamente la seducción de la salud y el dinero. Allí sucedió algo más sorprendente. Me refiero a la extraña y misteriosa fuerza que tiene, en los relatos del Evangelio, la llamada de Jesús al “seguimiento”. Si nos fijamos atentamente al contenido de esos relatos, pronto se cae en la cuenta de que la llamada es Jesús mismo. Y Jesús solo. O como dijo Dietrich Bonhoeffer, todas las seguridades de la vida se encuentran y se tienen en Jesús. De forma que, cuando Jesús llama a alguien a seguirle, no presenta un programa de vida, un ideal, una finalidad. Ni unas condiciones. Nada. “Sígueme”. Esto es todo.

Si esto se tiene claro y se vive, lo demás se tiene que vivir y organizar según el tiempo y según la cultura en que se desarrolla. Para esto – y sólo para esto – la Iglesia ha tenido siempre un sistema organizativo, que se debe ajustar y practicar según las exigencias del “seguimiento de Jesús”. Para ser siempre fieles a tales exigencias.

Esto supuesto, lo que no me cabe en la cabeza es que la Iglesia se haya organizado de manera que los dirigentes (los obispos, el clero) se dediquen a gestionar esta Iglesia de manera que, con frecuencia, lo que se hace en ella sea que el poder, los privilegios y el dinero son lo que importa tener. Y con eso, lo que han conseguido es que, por tener privilegios y dinero, se están callando lo que no deberían callar, se están aprovechando para ser importantes, cuando en realidad no lo son, y sobre todo están siendo bastante responsables del hundimiento de la poca religiosidad que queda en pie.

¿Puede esta Iglesia tener o hacer presente, en la sociedad actual, el “poder seductor” que tuvo Jesús en su pueblo y en su tiempo? ¿Pueden nuestros obispos decirle a la gente, sobre todo a los jóvenes, lo que Jesús les dijo a trabajadores y pecadores: “Sígueme”?

 

José María Castillo

Religión Digital

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