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Estábamos pasando por momentos duros en la comunidad de Roma que lideraba Marcos. Ya desde los comienzos habíamos sido un grupo mirado con sospecha y críticas. Resultábamos odiosos tanto para los judíos que vivían en la ciudad, como para los romanos y ser fieles a la doctrina de Jesús acarreaba el riesgo de ser despreciados, maltratados e incluso perseguidos.

Marcos estaba ausente y entre nosotros habían surgido ciertos problemas de liderazgo, pero era sobre todo la sombra de la calumnia y la persecución la que se cernía como una sombra sobre nosotros. En la fracción del Pan de aquel primer día de la semana faltaron muchos, seguramente por miedo a ser identificados como partidarios de Jesús, y los pocos que habíamos acudido nos sentíamos una insignificante presencia de excluidos en medio de una ciudad que no nos aceptaba como suyos.

Natanías propuso que leyéramos el relato de la transfiguración de Jesús, tal como Marcos nos lo había dejado en su evangelio y asentimos sin demasiado entusiasmo. Ya conocíamos la tradición según la cual Jesús había subido a una montaña alta, el Tabor seguramente, llevándose con él a Pedro, Santiago y Juan (Mc 9,2-13). Eran los mismos que le habían acompañado cuando entró en casa de Jairo y devolvió la vida a su hija, y los que más tarde eligió para estar con él en aquella noche terrible de su oración en Getsemaní.

En la comunidad muchos provenían de la gentilidad y éramos los judíos quienes conocíamos bien las Escrituras y podíamos reconocer todas las alusiones a la historia de nuestro pueblo que aparecían en el relato:

Si Moisés y Elías estuvieron con el Maestro, quiere decir que Jesús es Aquel de quien hablaron la Ley y los Profetas. ¡Ahora el centro lo ocupa él!

Dicen nuestros sabios que Elías no murió, sino que fue arrebatado en un carro de fuego (2Re 2,11; Ml 3,23) y que volverá al final de los tiempos. Pienso que Mateo ha querido decirnos que será Jesús quien vuelva envuelto en majestad para juzgar el mundo.

¿No recordáis cómo también irradiaba luz el rostro de Moisés cuando hablaba con Yahvé en el Sinaí? (Ex 34,29). El Señor hacía sentir la intensidad de su presencia en medio de una nube (Ex 24, 12-18)…

Seguramente están también detrás el éxodo y al desierto, por eso Pedro dice lo de “hacer tres tiendas”, lo mismo que la Tienda de la Reunión albergaba el arca de la alianza…

La “montaña alta” y la voz de Dios hablando de su Hijo primogénito ¿no será para tener presente a nuestro padre Abraham que en el monte Moria estuvo dispuesto a ofrecer a Dios a Isaac, su primogénito? (Gen 22)

Yo pienso que detrás de Jesús está más bien la figura misteriosa del Siervo de Yahvé del que hablaba Isaías: «Mirad a mi Siervo a quien sostengo, mi elegido a quien prefiero» (Is 42,1).

Pero también el hijo del hombre que aparece en las profecías de Daniel resplandecía como el sol… (Dan 10,5-6)

De pronto intervino Lisias que no era judío, sino un griego afincado en Roma que había abrazado el Camino y se había bautizado. En su voz notamos una mezcla de apasionamiento e indignación:

¡Vuestros comentarios me hacen pensar que estoy entre un grupo de fariseos que comentan un pasaje de la Torah! ¿Por qué no dejáis de dar vueltas al pasado y os enfrentáis con lo que el relato de la transfiguración nos dice sobre el misterio de Jesús? ¿Cómo es que ninguno de vosotros ha recordado que al bajar de la montaña él ordenó a sus discípulos: "No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que este Hombre resucite de la muerte…?" Y luego les habló de lo que él mismo tendría que sufrir. ¿No os hace pensar eso que es el Calvario el monte en el que está pensando también Marcos? Por un lado responde a la pregunta que se hacían todos los que le conocieron a Jesús acerca de quién era él y contesta: «Es el Hijo único del Padre». Pero está sobre todo enfrentándose al escándalo que a todos nos ronda al recordar que seguimos a Alguien que fue crucificado en medio del peor de los fracasos y en un suplicio que sólo merecen los esclavos.

En la cruz Jesús estaba desfigurado, lo mismo que el Siervo de Yahvé de quien leemos que todos apartaban la mirada (Is 53,3). Pero encontramos fuerza para contemplarle ahí gracias a que la gloria futura del Hijo se manifestó por un momento en el Tabor, inundado de luz y participando de la gloria de su Padre. Allí se manifestó algo del esplendor de su divinidad y esa visión es como una luz que nos ayuda a “transfigurar la cruz” que tanto nos escandaliza y nos cuesta aceptar. ¿No creéis que también le dio fuerza a él? Porque no plantó su tienda en la montaña como quería Pedro, sino que bajó de nuevo al camino que iba a conducirle a Jerusalén…

Las palabras de Lisias fueron para mí un fogonazo de luz que me hizo sentirme como Moisés ante la zarza ardiente, pero ahora no era un hombre solo quien escuchaba la Voz, sino que sus destinatarios éramos todos. Ya no era sólo la zarza la que ardía, sino que todo el monte estaba en llamas. Y las palabras que oíamos venían de Aquél a quien Jesús nos había enseñado a llamar “Padre” y que decía: «Este es mi Hijo amado. ¡Escuchadle!».

Me di cuenta de que esa escucha nos daba la llave para descifrar el sentido de lo que estábamos viviendo y conseguía que nuestras tinieblas quedaran invadidas de luz. Los momentos de persecución que atravesábamos se transfiguraban y aparecían como una realidad que tenía en su raíz el leño de la cruz, cargado de un fruto de Vida.

Tomé la palabra para decir: Hermanos, vamos a orar según la costumbre del propio Jesús cuando pronunciaba la bendición: ¡Bendito seas Señor, Dios del universo, porque en el rostro transfigurado de tu Hijo nos has permitido descubrir el resplandor de tu rostro tres veces santo!

¡Bendito seas porque nos llamas a acompañar a tu Hijo por el camino de las contradicciones y de la persecución! Y bendito seas por revelarnos la luz que se esconde detrás de la muerte cuando ésta es abrazada con amor.

 

Dolores Aleixandre