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“Mi padre no me enseñó a quererle. No supo enseñarme a quererle, pero cómo se hace eso”. Lo leo en Ordesa de Manuel Vilas, un libro que he leído hace poco en el que el autor gira en torno al recuerdo de sus padres. «De eso va el libro- afirma- , de esa cadena temporal en la que eres hijo para convertirte después en padre».

Creo que el texto de Lucas de este domingo nos da pie para pensar también: de esto va la vida cristiana, de “convertirnos en padres”. Al menos esa parece ser la convicción de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Y cada creyente puede atreverse a decir: “Mi Padre, el Padre de todos, sí nos ha enseñado a quererle”

¿Cuál será el primer paso de nuestro aprendizaje? No hay otro que mirar a Jesús que decía: “Quien me ve a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Acercarnos a su Evangelio y descubrir cómo miraba él, qué decía, cómo escuchaba, cuáles eran los gestos de sus manos…

Tenemos por delante aprender del Accesible, del Cercano, del Próximo, del Experto en establecer contactos. Practicar ese modo de ser compasivo que incluye mostrarnos disponibles, eliminar distancias, buscar la proximidad, “poner cómoda” a la gente. En un mundo en el que la importancia de alguien está en proporción directa al número de barreras que hay que atravesar para llegar a él, mostrar que las puertas de la casa de nuestra vida quieren están abiertas para acoger.

Aprender también del Contemplativo, del Maestro de la Buena mirada, del Restaurador de famas, del Liberador de prisiones, del Rompedor de cepos, del Creador de nuevas identidades, del Juez sin más sentencia que la que le dicta el amor. Mirar a los demás con ojos de amigos de la vida, con miradas que no juzgan ni condenan, capaces de descubrir al niño que se esconde debajo del adulto endurecido; de ver en las personas que se nos acercan sus posibilidades escondidas; de decir un no tajante a las clasificaciones, a las cadenas que atan al pasado, a las sentencias que aprisionan. Especialistas en tachar etiquetas, derribar zulos, abrir ventanas, romper candados y cadenas.

Aprender compasión del Flexible, del Convencible, del Humilde, del Escuchador de otras opiniones, del Empático, del Dispuesto a salir de sus propias ideas y a descubrir a través de los otros la voz de Otro. La compasión tiene que ver con la elasticidad, la capacidad de acoger opiniones diferentes a las propias, de no considerar inamovible ninguna postura, de estar abiertos al Dios que puede dejar oír su voz más allá de las frecuencias en las que acostumbramos a sintonizarle. Ejercitarnos en una escucha de igual a igual, sin quedar atados a normas y juicios inamovibles, dispuestos a avanzar más allá de las fronteras al encuentro de la absoluta novedad del Dios libre e imprevisible.

Aprender del Conversador hábil, del Estratega inteligente, del Respetuoso que no acelera procesos, del Diseñador de encuentros interpersonales, del Pescador que espera, del Pastor que silba sin cansarse, del Interesado por la interioridad de sus interlocutores. Hacernos expertos en relaciones personales, en no emitir juicios morales de desaprobación o de reproche, en dirigirnos a los demás en un lenguaje que vaya dirigido a su corazón, convencidos de la existencia de un manantial secreto que brota de lo más hondo de cada persona como una buena noticia: el del Dios Padre que nos hermana a todos.

Hacernos aprendices del Engendrador de vida, del Comunicador de palabras de ánimo, del Médico que devuelve dignidad, fuerza y energía, del Perdonador de pecados, del Nuevo Adán que nos llama por nuestro verdadero nombre: “hijo” para adentrarnos en esa compasión suya que todo lo transforma.

Total acuerdo con lo que dice también Manuel Vilas en Ordesa: “Que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida, y el único éxito. (…) No existe la complejidad de la vida, eso es un engaño, vanidad nada más. Solo existen los seres queridos. Solo el amor.” 

 

Dolores Aleixandre