comentario editorial

No, no diga eso; yo no desprecio a nadie, las prostitutas y los actores somos todos iguales (Película Adiós a mi concubina, dirigida por Chen Kaige)

22 de septiembre 2019. DOMINGO XXV DEL TO

Lc 16, 1-13

El administrador pensó: ¿Qué voy a hacer ahora que el amo me quita mi puesto? Para cavar no tengo fuerzas, para pedir limosna me da vergüenza (v 3)

Mohandas K. Gandhi, llamado Mahatma, alma grande, por Rabindranath Tagore, hombre frágil y enjuto que encarnó durante medio siglo la santidad de la acción política a través de su doctrina de la no-violencia, logrando que los ingleses se retiraran de la India no como enemigos sino estrechándoles la mano. Su vida consistió en la búsqueda de la verdad y se vertió en compasión por los más pobres. “Mi mensaje es mi mensaje”, dijo en una ocasión”.

homer duff

La familia Simpson fue concebida por Groening, con los protagonistas Homer Simpson, Marget, Lisa y Bart en dibujos animados. Si Homer hubiera conocido a nuestro vago, le hubiera regalado una Coca-Cola 0, para dormir la siesta. A Simpson, que también era atrevido, jamás se le cayó la cara de vergüenza por tener que pedir limosna.

En la película Adiós a mi concubina, dirigida por Chen Kaige, dice uno de los personajes: “No, no diga eso; yo no desprecio a nadie, las prostitutas y los actores somos todos iguales”, porque es evidente que, tanto para Dios como para Jesús, lázaros, zaqueos, prostitutas y publicanos, somos todos iguales.

 Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873), un poeta, dramaturgo y periodista español, y gran figura del “costumbrismo” del siglo XIX, al que aportó varias parodias en las que criticaba a la clase media.

Este Soneto a la Pereza es perfecto en su estructura y con el bello final conque se cierra.

 

SONETO A LA PEREZA

¡Qué dulce es una cama regalada!
¡Qué necio, el que madruga con la aurora,
Aunque las musas digan que enamora
Oír cantar un ave la alborada!

¡Oh, qué lindo en poltrona dilatada
Reposar una hora y otra hora!
Comer, holgar… ¡qué vida encantadora!
Sin ser de nadie y sin pensar en nada!

¡Salve, oh Pereza! En tu macizo templo
Ya, tendido a la larga, me acomodo.
De tus graves alumnos el ejemplo

Arrastro, bostezando; y, de tal modo
Tu estúpida modorra a entrar empieza,
Que no acabo el soneto… de… pere… za.

Vicente Martínez