El 'efecto Francisco' prende en Corea y, desde allí, se expande por toda Asia. El carisma personal del Papa y su doctrina de la misericordia y de la consolación comienzan a abrir un boquete en el, hasta ahora, impermeable telón de bambú asiático. Jorge Mario Bergoglio concluye su visita apostólica a Corea del Sur y vuelve a casa, tras haber afianzado su autoridad moral global, y, sobre todo, después de haber dejado abierta la puerta para la penetración en profundidad del catolicismo en Asia.

En Corea bautizaron al Papa con el poético nombre de "la estrella que guía el mundo". Y, desde Corea, toda Asia se rinde a sus "encantos". Fundamentalmente, tres: su sencillez de pastor vestido de blanco, su actitud de humilde altavoz de un mensaje de justicia social y de esperanza, y su incidencia en la misericordia y la consolación en un continente herido física y espiritualmente.

Francisco tiene un carisma arrollador, capaz de penetrar lo impenetrable. Su viaje a Corea demuestra que su ministerio no conoce fronteras de razas ni de culturas. No es sólo un Papa occidental, pasado por el tamiz del "fin del mundo" argentino. Conecta también en profundidad con el imaginario cultural elegante y sonriente del Oriente.

Y lo consigue sin artificios: presentándose tal como es. Con la misma normalidad y la misma naturalidad con las que lo hace en Roma. Abraza, besa, consuela, se detiene, rompe el protocolo... Es un Papa normal, que ha dejado de ser monarca absoluto. Su sencillez se transparenta en su persona y en los instrumentos que utiliza. En Corea, se quedaron boquiabiertos, cuando le vieron desplazarse en un pequeño Kia Soul negro, infinitamente más pequeño y barato que los coches del servicio de seguridad. O cuando lo vieron subirse al tren bala como cualquier ciudadano.
Más que gestos

Gestos que son más que gestos, porque trastocan los cánones del poder establecido aquí, en Corea y en la China. Mientras los dirigentes se desplazan en cochazos blindados y marcando cada vez mayores distancias con el pueblo, Bergoglio va en un pequeño utilitario con la ventanilla bajada, y se mezcla tanto con la gente (Francisco sin miedo) que el pueblo llano puede abrazarlo y hasta achucharlo. No marca distancias, las suprime.

Regresa de Corea con el reconocimiento unánime de todo el Extremo Oriente. Cosecha lo sembrado. Fue allí, a la frontera, como el buen samaritano. Como el pastor que va a ofrecer su mensaje de amor y esperanza, nunca a imponerlo. Y, por si no quedaba suficientemente claro, lo repite una y otra vez: "No tengan miedo a los católicos. No vienen a imponer nada".

E invita a su huestes a mezclarse con la sociedad, con el barro de los pobres, para llevarles la sabiduría del catolicismo, que puede, junto a las demás religiones (nunca por encima), dar esperanza a los pueblos. Se terminaron las cruzadas. Quiere Bergoglio que regrese a Asia el catolicismo integrador de su célebre compañero de Jesús, Matteo Ricci.

Conquista el Papa a Asia con su mensaje de siempre. A los suyos, les pide pobreza, diálogo, ser ministros de la consolación y de la misericordia, y crear una Iglesia-hospital de campaña. Hacia afuera, propone esperanza en un mundo más justo y fraterno. Pero una esperanza con agarraderas concretas. Una esperanza que sólo será posible, si se encarna en una economía al servicio de la persona. Muchos países asiáticos, convertidos en tigres económicos, pasaron de la miseria a la abundancia del consumo, dejando en la cuneta de la eficiencia y de la productividad a un ingente número de personas. Y a muchos más, en las periferias de la miseria.

Dejar de centrar la economía en la productividad y colocar a la persona en su centro. Ése es, en esencia, el mensaje papal, que entienden a la perfección en países como Corea o China.

De China, precisamente, partió la evangelización de Corea. Un caso histórico, pues fue el único país del mundo evangelizado por laicos y, donde el clero, llegó más tarde. Y, desde Corea, el Papa tendió de nuevo la mano al gigante chino. Bergoglio quiere ir a Pekín y, a buen seguro, que lo conseguirá. Pero como sabe que no tiene por delante demasiado tiempo, quiere dar un impulso profundo a las siempre vacilantes relaciones con el gigante asiático.

Y China se deja querer. Por vez primera, permitió que el avión papal cruzase su espacio aéreo y recibe con agrado la petición de Francisco de estrechar relaciones. Suaves en las formas, pero duros en el fondo, los chinos repiten sus dos condiciones: que el Vaticano rompa relaciones con Taiwan y que las autoridades de la Iglesia patriótica sigan nombrando obispos sin pasar por el tamiz de Roma. ¿Será capaz Bergoglio de romper ese nudo gordiano? El catolicismo del tercer milenio está en juego en China y en Asia.

José Manuel Vidal

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