No ha hecho falta esperar a este documento programático. Con sus múltiples y significativos gestos y con su facundia de buen argentino, el Papa Francisco ya nos había dicho casi todo lo que piensa y adelantado las líneas fundamentales de su pontificado. Evangelii Gaudium, su primera exhortación apostólica, dirigida al interior de la Iglesia, sistematiza, ordena y rodea de fundamento teológico ese programa con un planteamiento muy pastoral decididamente orientado a la gente, el pueblo de Dios, que define a este Papa cada vez más como un misionero enviado a cuidar la viña cruelmente sojuzgada por la economía de mercado.

Desde el primer momento se ha visto que su obsesión ha sido llegar a la gente, romper el aislamiento de la Iglesia, descentralizarla de Roma y bajarla a la calle, devolviéndole el originario perfume y la alegría de su fundador. Ésa es la esencia de este texto, de esta Biblia de Bergoglio, que ya desde el lenguaje revela tal pulsión innovadora y revolución copernicana. Hay neologismos como «primerear» (tomar la iniciativa) o «habiaqueísmo» (de «había que»), con un desplazamiento del absoluto verticalismo romano hacia la periferia y una llamada a la conversión de todos los fieles en diálogo con el mundo, la cultura, el arte, las religiones, e incluso los no creyentes.

Dos palabras atraviesan todo el texto como su espina dorsal: alegría y misericordia, porque en esa conversión hay una jerarquía de verdades, pocas y esenciales, y en el centro está el amor encarnado por la persona de Jesucristo. Ve a la Iglesia a la escucha de todos, como «casa abierta»; la prefiere mejor accidentada que enferma de temor a equivocarse: y considera al obispo como alguien que va a veces delante, o mezclado con su pueblo, e incluso detrás para ayudar a los rezagados. La Eucaristía no es un premio, sino un remedio; y estudiar al mundo que nos rodea una necesidad.

No es un Papa que arremeta. Sólo lo hace y duramente contra el mercado porque nos ha infundado miedo y nos ha arrebatado la alegría. Su «economía de exclusión» y su «cultura del descarte» nos ha sumergido en una «globalización de la indiferencia», una «dictadura de la economía sin rostro» o, con otro neologismo suyo, una «tiranía virtual». Así, el dinero «debe servir, no gobernar» porque «no compartir con los pobres los propios bienes es robarle lo suyo y quitarle la vida», añade citando a un viejo santo padre.

También vuelve a ser incisivo con los miembros de la propia Iglesia. Ataca la burocracia, el subjetivismo personalista, a los que se parapetan en sus casas y barrios, o se crean religiones a su medida en una especie de «mundaneidad espiritual». Su modelo son las que él denomina «personas-cántaro», que saben derramarse en los demás. Quiere jóvenes «callejeros de la fe». Y no le gusta que llenen los seminarios cuantos buscan refugio o estatus. Como aprecia la investigación de los teólogos, pero no la «teología de escritorio».

De nuevo afirma que, aunque le está vetado el sacerdocio, la mujer debe tener mayor presencia incisiva en la Iglesia, para lo que hay que revisar el poder sacramental como poder de servicio y buscar el sitio de su femineidad. Sobre el aborto se pronuncia más largo por primera vez. Mantiene la doctrina tradicional, añadiendo que matar seres humanos «no es progresista» y apunta al otro lado del drama, la falta de ayuda a las chicas en ese trance.

Como se preveía, sigue sin haber cambios doctrinales en este importante documento, donde el Papa Bergoglio se reafirma como lo que ha sido desde que fue elegido, un misionero que ha emprendido una revolución copernicana para repensarse el oficio de papa, contar con el Pueblo de Dios, descentralizar la Iglesia, y abrirse al mundo, «porque ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la verdad». En una palabra, quiere hacerse entender, bajar del palacio y tomar la calle a base de alegría y misericordia.

Pedro Miguel Lamet


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El Papa pide ocuparse más de los pobres que de la doctrina moral


«Lo que trataré de expresar aquí tiene un sentido programático y consecuencias importantes». Eso asegura Francisco en Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio), la exhortación apostólica de 142 páginas que el Papa ha escrito como colofón a la reunión que en octubre de 2012 los obispos de todo el mundo celebraron en el Vaticano para analizar cómo anunciar el Evangelio en el mundo actual.

Esa exhortación, el primer magisterio de un Papa escrito en español y con el estilo directo que caracteriza a Bergoglio, es una especie de programa de Pontificado. «La Iglesia no tiene el monopolio para interpretar la realidad», defiende Francisco en esta exhortación. Es el primer documento importante que lleva la firma inconfundible de este Papa.

Porque aunque en julio pasado vio la luz una encíclica de 84 páginas rubricada a medias por Francisco y Benedicto XVI –Lumen Fidei (La luz de la fe)– en realidad la autoría de ese texto correspondía mucho más a Ratzinger que a Bergoglio.

Evangelii Gaudium es un texto repleto de sustancia, en el que Francisco reclama una vuelta al mensaje esencial del Evangelio, defiende una Iglesia descentralizada y democrática en la que se redimensione la figura del Papa, una Iglesia que no pretenda tener «el monopolio» de las soluciones a los problemas, que recupere su espíritu misionero y que no se «obsesione» con la doctrina y la moral. Pero, sobre todo, una Iglesia que se concentre en los «poquísimos» preceptos dados por Cristo y que no tenga «miedo» a revisar las normas y tradiciones que ha ido adoptando con el pasar de los siglos.

«Los preceptos dados por Cristo son poquísimos», escribe Francisco en su exhortación citando a Santo Tomás de Aquino. A partir de ahí, todas las tradiciones, normas y preceptos que la Iglesia ha ido adquiriendo a lo largo de los siglos son susceptibles de ser discutidos y cambiados. «No tengamos miedo de revisarlos», pide el Papa, que además señala que los preceptos añadidos posteriormente por la Iglesia deben exigirse con moderación «para no hacer pesada la vida de los fieles» y para evitar convertir esa religión «en una esclavitud».

«Más que el temor de equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos», sentencia. Y hablando de revisión: Francisco habla en otro pasaje de que «tampoco las puertas de los sacramentos deberían de cerrarse por una razón cualquiera». Y habla en concreto de la comunión: «La Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. Estas convicciones tienen consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia». Unas palabras que parecen sugerir el deseo del Papa de debatir la posibilidad de administrar la comunión a los divorciados casados en segundas nupcias.

Sobre el papado y la descentralización. Francisco, que siempre ha evitado llamarse Papa y prefiere el título de obispo de Roma, alerta de que «no se debe esperar del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo». Además, aboga porque la Iglesia avance «en una saludable descentralización» que dé mayor voz a los episcopados locales en todas aquellas cuestiones que se planteen en sus territorios.

A los obispos el Papa les exige un ejercicio de sana humildad: les pide que den un paso atrás y que no pretendan siempre ir a la cabeza del rebaño, indicándoles que a veces tendrán que ir en medio de todos y en ocasiones «caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados». Y sobre todo el Pontífice les pide que fomenten «mecanismos de participación» y otras formas de diálogo con los fieles, «con el deseo de escuchar a todos y no sólo a algunos que les acarician los oídos».

Algo que por supuesto Francisco se aplica a sí mismo: «Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde como obispo de Roma estar abierto a las sugerencias que se orienten en un ejercicio de mi Ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización», escribe Francisco, que habla en ese sentido de dar un mayor poder a las conferencias episcopales, siguiendo con el espíritu del Concilio Vaticano II. «Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera».

No obsesionarse con la doctrina. En Evangelii Gaudium Francisco también insiste en que la Iglesia no debe «obsesionarse con la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas». La evangelización, Francisco dixit, se debe concentrar «en lo esencial, que es lo más bello».

Y en ese sentido recuerda que aunque todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y deben ser creídas con la misma fe «algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio». Y, dentro de esa jerarquía, el Papa señala lo que es verdaderamente importante: la fe que se activa por la caridad, las obras de amor al prójimo. Para el Papa, la moral cristiana no consiste en un «catálogo de pecados y errores», sino que el primer mensaje debería ser anunciar el amor de Cristo. Si no, concluye, lo que se estará anunciando no sería el Evangelio sino «algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas».

Iglesia misionera. El Papa sostiene que la actividad misionera es el mayor desafío actual para la Iglesia y subraya que la causa misionera debe ser la primera. «La salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia», destaca. «Todos estamos llamados a esta nueva salida misionera», proclama, invitando a los cristianos a «salir de la propia comodidad y a atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio».

Más aún: Bergoglio sostiene que «es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo». «Bajando hasta la humillación si es necesario», Francisco dixit, «tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo». Léanse presos, toxicómanos, enfermos, prostitutas, mendigos... Francisco dice abiertamente que sueña con una Iglesia misionera «capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda la estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación».

Contra la economía que mata. Igual que ya hiciera en ocasiones anteriores, Francisco aprovecha la exhortación para criticar sin paliativos la perversidad del sistema de mercado. «Tenemos que decir 'no' a una economía de la exclusión y la iniquidad. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muera de frío un anciano vagabundo y que sí lo sea la caída de dos puntos de la Bolsa».

El Papa advierte de que la idea de que el mercado provoca por sí mismo mayor equidad e inclusión social no sólo nunca ha sido confirmada por los hechos, sino que «expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico mientras los excluidos siguen esperando».

Afirma que se ha instaurado «una nueva tiranía invisible, que impone sus leyes» y se refiere a cómo rigen «los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta». Según el texto del Papa, «la posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde».

No al aborto y a las mujeres en el sacerdocio. Respecto al aborto Francisco no tiene, sin embargo, ninguna duda. «No debe esperarse que la Iglesia cambie su postura sobre esta cuestión. Quiero ser completamente honesto al respecto. Éste no es un asunto sujeto a supuestas reformas o modernizaciones», deja claro tras quejarse de que la posición de la Iglesia ante el aborto con frecuencia se presenta como «algo ideológico, oscurantista, conservador».

«Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano: supone la condición de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable», afirma. Y, como siempre, un ejercicio de autocrítica y el llamamiento de comprender a las mujeres que abortan: «También es verdad que hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una solución rápida a sus profundas angustias, particularmente cuando la idea que crece en ellas ha surgido como producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza. ¿Quién puede dejar de comprender esas situaciones de extremo dolor?».

Alegría, alegría. «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran a Jesús». Así comienza la exhortación apostólica de Francisco, en la que probablemente la palabra más repetida sea precisamente esa: alegría. El Papa advierte de que en un mundo consumista dominado por una tristeza individualista, los creyentes corren el riesgo de convertirse en «seres resentidos, quejosos, sin vida» mientras deberían ser personas que irradien «la alegría de Cristo».

Esa alegría debe funcionar como una especie de imán. Según el Papa los cristianos tienen el deber de anunciar el Evangelio «no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría. La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción», sentencia.

Irene Hdez. Velasco

 


Ambos escritos, tomados de El Mundo 27-11-13

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