comentario editorial

Escuchar es amar (Película, “Héctor y el secreto de la felicidad”).

Mt 20, 1-16

El hacendado salió de madrugada a contratar braceros para su viña. (v 1)

Salió y escuchó a todos ellos en sus peticiones, estuvieran contentos o descontentos con el salario que les daba.

Escuchar es obedecer, es decir, “oír desde abajo”, considerar la palabra de los demás como configuradora de mi propia existencia.

Algunos famosos personajes dijeron famosas frases importantes sobre el hecho de escuchar:

“Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar; pero también es lo que se necesita para sentarse y escuchar”. (Winston Churchill)

“Tu verdad aumentará en la medida que sepas escuchar la verdad de los otros”. (Martin Luther King)

“No quiero escuchar únicamente lo que dices, quiero sentir lo que me quieres decir”. (Hugh Prather)

Y también en el Antiguo Testamento y en el Nuevo:

“Escucha, Israel: el primer mandato es la llamada a escuchar”.

“Escucha, Israel y obra pronto”. (Deuteronomio 6,3)

“¡Oh Israel, si tú me escucharas!”. (Salmo 81, 8)

1jesus

Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les declaró: “Varones judíos y todos los que vivís en Jerusalén, sea esto de vuestro conocimiento y prestad atención a mis palabras”. (Hechos 2, 14)

Pablo se levantó, y haciendo señal con la mano, dijo: “Hombres de Israel, y vosotros que teméis a Dios, escuchad”. (Hechos 3, 16)

En la película del director británico Peter Chelsom, “Héctor y el secreto de la felicidad”, dice uno de los protagonistas que “Escuchar es amar”.

Profundiza en ese arte el poema de Blanca Andreu.

Escucha, escúchame, nada de vidrios verdes o doscientos días
de historia, o de libros
abiertos como heridas abiertas, o de lunas de Jonia y cosas así,
sino sólo beber yedra mala, y zarzas, y erizadas anémonas
parecidas a flores.

Escucha, dime, siempre fue de este modo,
algo falta y hay que ponerle nombre,
creer en la poesía, y en la intolerancia de la poesía, y decir niña
o decir nube, adelfa,
sufrimiento,
decir desesperada vena sola, cosas así, casi reliquias, casi lejos.

Y no es únicamente por el órgano tiempo que cesa y no cesa,
por lo crecido, para lo sonriente,
para mi soledad hecha esquina, hecha torre, hecha leve notario,
hecha párvula muerta,
sino porque no hay otra forma más violenta de alejarse.

 

Vicente Martínez