Querida Dolores:

No te conozco personalmente, pero sí a través de tus libros y textos. Me resultan fascinantes, delicados, y profundamente espirituales. Quiero darte las gracias por compartirlos con todos.

Actualmente, un par de tardes a la semana, acudo a casa de mi amiga Manuela, invidente, muy anciana, profundamente religiosa, culta, lectora empedernida, sin luz en sus ojos. Le leo pasajes de tu Viento de Galilea. Cuando termino un relato, hacemos silencio. Su mirada cobra vida, sus miembros fatigados se desentumecen y exclama desde el interior de su alma: ¡Qué maravilla, Dios la bendiga!

Gracias, Dolores. Ponerle voz a tus textos es un privilegio para mí. Y que mi amiga Manuela disfrute con ello es una alegría que quiero compartir contigo.

M. Carmen