Tengo 67 años. Mi caso es muy parecido al de otros muchos cristianos.

Fui educado, o al menos así interpreté la educación religiosa que recibí de la iglesia, con la educación del terror: el pecado, el infierno, el dolor de contrición (inexistente, totalmente eclipsado por el dolor de atrición). Una auténtica losa para toda la vida.

Yo no comprendo cómo para alguien puede pesar más el amor que el castigo. A lo mejor el miedo es mi tara psicológica.

Pero, por si acaso el asunto fuera más general y, sobre todo, por tranquilidad, expongo mi caso, esperando respuesta, respuesta... ¿de quién?

Al cabo del tiempo le puede a uno el llamado relativismo moral. Y además va perdiendo bastante la fe. La fe que por un lado es una gracia tener y por otra parte es obligado tener para no salirse de lo correcto. La conciencia propia, sí, pero ante todo la fe, la fe por delante. Y la fe abarca tantos preceptos...

He leído unas páginas de escritos del obispo protestante Spong. Me parecen muy interesantes, un conocimiento muy liberador, para mi escaso conocimiento. Da una forma más adecuada a la percepción de Dios. Parece que tiene que ser así. Y se olvida, así lo entiendo yo, del pecado, del castigo.

Yo siempre me he preguntado ¿cómo yo siendo finito y limitado puedo ser acreedor a un castigo ilimitado? Es muy serio, no es ninguna broma: ¿en qué cabeza cabe?

Bueno, si alguien lo considera interesante, contésteme, por favor, voy buscando sólo tranquilidad para mí y para trasmitirla a los cercanos. No voy buscando revancha ni molestar a nadie.

Muchas gracias y saludos.

Francisco

Mi querido amigo, soy José Enrique Ruiz de Galarreta, jesuita, colaborador habitual de Feadulta. Rafael me ha remitido su escrito y le respondo con mucho gusto.

Su situación interior, sus angustias y dudas son normales en alguien que sigue viviendo en la mentalidad del Antiguo Testamento, tan venerable como trasnochada.

A usted, a mí, a muchos, nos lo enseñaron así. Se basa en el poder de Dios, la severidad de su justicia (¿?), el estricto cumplimiento de normas bajo pena de castigos enormes... Todo eso produce ante todo angustia y poco a poco va produciendo una disminución y aun pérdida de la fe.

Pero poco a poco y trabajosamente la Iglesia, nosotros la iglesia, hemos ido escuchando a Jesús. Parece mentira pero es sorprendente cómo a lo largo de siglos enteros no le hemos escuchado. Y sin embargo decimos que creemos en Él.

Pero no le creemos, no aceptamos de corazón su mensaje, su revelación acerca de Dios, su manera de vivir. Seguimos aceptando el dios terrible del Antiguo Testamento, seguimos sin aceptar lo más básico de nuestra fe: que Dios envió a su hijo, Jesús, para revelarse, para manifestarse, para salvar nuestras vidas.

Desde que conocemos a Jesús, ya no creemos en Moisés ni en los profetas... todo eso quedó atrás. Recuerde las palabras del mismo Jesús: "el vino nuevo rompe los odres viejos".

Dice usted: " Yo no comprendo cómo para alguien puede pesar más el amor que el castigo". Su problema es que no se ha enterado usted del mensaje central de Jesús: "Dios es como mi madre". Y ahora piense usted en su propia frase: pensando en su propia madre ¿qué pesa más, el amor o el castigo? Y déjese invadir por el alivio y el consuelo.

Muchos han pretendido entender a Dios desde el juicio, el castigo, la severidad, el rechazo. Nosotros hemos descubierto a Jesús, que no usa ninguna de esas imágenes, sino que siente a Dios como a su madre: esto es lo que hace esfumarse el miedo, esto convierte a los esclavos en hijos, esto sustituye una religión de normas y castigos por una religión de confianza y responsabilidad.

Es claro que usted necesita una re-formación, centrándose en Jesús.

Esto hace recomendable que busque usted (no sé su lugar de residencia) algún grupo de formación cristiana o algo semejante, o se ponga en contacto con alguien bien formado y digno de confianza, con quien pueda usted cambiar impresiones.

Y, de todas maneras, si el contacto conmigo por medio de correos como éste le sirve a usted, cuente con ello con toda libertad.

Un cordial saludo. Espero que este diálogo no sea el último entre nosotros.

Jose Enrique