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LA PARÁBOLA DE DIOS SEMBRADOR

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Mt 13, 1-23

Las parábolas "vegetales" y en concreto la del sembrador me parecen tan importantes que me he permitido hacer un comentario más extenso de lo habitual.

Esta es una de las pocas parábolas que se encuentran en los tres evangelios. Llama la atención que los textos de Marcos y Mateo sean tan similares, incluso idénticos en muchos versículos. Lucas resume la narración y la hace más concisa.

Las introducciones de Marcos y Mateo nos sitúan a la orilla del lago, predicando Jesús desde la barca porque la multitud les apretuja. Lucas ha perdido un poco de la situación real y recurre al genérico de la gran multitud de varias "ciudades".

Los tres añaden la misma terminación, prácticamente con las mismas palabras. Lo mismo sucede en la explicación. Para los tres, ésta se hace en privado, dirigida a los discípulos, y después de la interpolación sobre por qué habla en parábolas. La explicación es prácticamente idéntica.

Esto nos muestra que Jesús tiene un doble auditorio: la gente, entre la que se encuentran ya sus opositores, que en Galilea son los fariseos y sus letrados; y el círculo más privado de sus discípulos, que reciben una enseñanza especial.

Quizá incluso podamos imaginar la escena: después de un día entero de predicar y curar, Jesús se va a casa con su grupo. Comen juntos (en Palestina, la única comida seria se hace al atardecer) y alrededor de la mesa siguen hablando, presentando dudas, pidiendo explicaciones. Jesús responde, aclara, desarrolla, en el círculo íntimo de los que le siguen.

Así pues, los textos nos permiten asegurar que se trata de una parábola avalada por la tradición más antigua, redactada por Marcos de quien dependen Mateo y Lucas, y pronunciada con seguridad en la época de Galilea, con algún contexto de oposición de "los de fuera", los que no quieren entender.

Nos encontramos también con una parábola interpretada, y la interpretación es antigua, data al menos de los propios redactores. Sin embargo, la interpretación no proviene del mismo Jesús. Es el redactor posterior el que hace esta aplicación.

Ésta es una parábola anti-mesiánica. Israel no espera la llegada del Mesías como una siembra, como una escucha y una respuesta personal a La Palabra, como una conversión. A pesar de la interiorización y purificación que supone la predicación de los Profetas, especialmente con ocasión del Destierro, la esperanza mesiánica consistirá en un Rey, y el futuro esperado será siempre el triunfo del Pueblo de Israel y el acatamiento por todos los pueblos de la Religión de Israel en su Santo Templo. En parábolas como ésta se manifiesta bien el cambio radical de Jesús, su ruptura con la tradición del A.T. Jesús no quiere ser el Mesías esperado.

Finalmente, la parábola se da ya en un contexto de oposición. Jesús está describiendo a su auditorio. Hay quienes escuchan y hay quienes, no sólo no se enteran de nada, sino que entenderán cada vez menos, hasta intentar matar la Palabra.

El mensaje directo

La parábola ilustra el modo de actuar de la Palabra y su recepción por los que la oyen.

Hay ante todo una impresión de abundancia: el sembrador, Dios, esparce por todas partes la semilla. La revelación no se hace en círculos de iniciados o con mensajes cifrados. Esta imagen conecta muy bien con la característica básica del género parabólico: la Palabra se ofrece a todos, no élites privilegiadas.

La diferencia entre las personas no está en su situación social, sino en su respuesta a la Palabra sembrada. Es cuestión de tener los oídos bien atentos y los ojos bien despiertos, porque la Palabra está ahí, sembrada en abundancia.

Parece que Jesús está describiendo a las personas que le escuchan. Es sin duda una imagen de su propio auditorio. El maligno, la inconstancia, la superficialidad de carácter, las preocupaciones mundanas, la seducción de las riquezas... hacen que la palabra sembrada fructifique mal. Pero entre ellas hay también mucho fruto. Sus discípulos escuchan el discurso atentamente, y más tarde le van a pedir a Jesús que se lo explique más. Son buena tierra y la Palabra dará fruto en ellos.

Y hay un mensaje escatológico: habrá fruto, y fruto abundante. Es una parábola que mira al futuro. La aparente humildad de la semilla, los pájaros, las piedras, los abrojos, no podrán contra la Palabra. En este sentido, la parábola conecta con todas las parábolas vegetales, el grano de mostaza, la levadura, y con la tónica general de la predicación de Jesús: el Reino es obra de Dios, y no puede fallar.

Este tercer mensaje es precisamente el centro de la predicación, el mensaje directo y cumbre de la parábola que podríamos resumir: a pesar de que no es evidente, a pesar de que al parecer la acción de Dios es ahogada por todas partes, el poder de la semilla es superior, y habrá fruto, habrá cosecha abundante. La parábola, por tanto, parte de la siembra, pero es ante todo una promesa de cosecha.

El estilo del Reino

No desde fuera, no como imposición, no como una sociedad oficial. Desde dentro, en silencio, como una maduración interior, personal, progresiva.

Las parábolas vegetales de Jesús nos invitan a meditar en la oposición entre una religiosidad exterior e interior, entre una iglesia-institución y una iglesia-conversión, entre un Reinado de Dios por acatamiento de formas y manifestaciones cultuales y un reino interior, un estado de la humanidad en que reinen la honradez, la sencillez, la solidaridad, la veracidad, el respeto.

Cuando Jesús rechazó el mesianismo hizo más que abandonar una idea caduca y nacionalista. Jesús tuvo que superar una tentación personal: lo muestra bien claramente el contenido de la tentación en el desierto y las dos situaciones vitales en que reacciona con violencia ante la propuesta de ser Rey o de evitar la pasión.

Y a partir de esto debemos entender que el mesianismo es una tentación profunda, negadora de la religiosidad verdadera, que fue tentación para Jesús y lo fue y lo es para la iglesia, y que acecha a la religiosidad de cada uno de nosotros.

Atentos a la Palabra

Característica esencial del seguidor de Jesús: la Palabra está ahí, constantemente sembrada. Todas las cosas, todas las circunstancias, son, por esencia, Palabra, manifestación de Dios, invitación de Dios. Es una persona religiosa la que escucha, riega, quita cardos y piedras, la que deja que la Palabra germine.

Esto supone una hermosa reconversión de la ascética: cuando luchamos contra nuestros defectos, contra nuestros pecados, no lo hacemos para ser más justos ante Dios, para que nos premien; lo hacemos para quitar los cardos y las piedras, para preparar el camino al Señor que viene, que constantemente siembra.

La parábola empalma perfectamente con el texto de Isaías, que nos ofrece una magnífica imagen para animar a la oración constante, no pidiendo cosas a Dios, sino escuchando la incansable Palabra, que llueve permanentemente sobre nosotros...

Las personas a los ojos de Jesús

La buena tierra es la buena gente. Cuando se anuncia el Evangelio limpio, sin más, se descubre que muchas personas "muy religiosas" se sorprenden y hasta se escandalizan, mientras que mucha gente normal, más o menos religiosa o "practicante", pero honrada y abierta, se ilusiona, descubre que eso es exactamente lo que esperaban oír.

Estas primeras parábolas, la del sembrador, la de la lámpara, la de la levadura, aparentemente las más "inofensivas", son precisamente aquellas en las que se da la separación entre "los de fuera" y aquellos "a los que se ha concedido comprender el Reino".

Pero los de fuera y los de dentro no pueden ser apreciados porque estén oficialmente en la Iglesia o fuera de ella. Deberíamos invertir nuestra manera de juzgar. Tanto los de la Iglesia como los que no pertenecen a la Iglesia pueden "estar dentro o fuera", según reciban o no reciban la Palabra.

Parábolas para la esperanza

Todas las parábolas vegetales atienden al presente y al futuro. El presente es siembra, pero habrá cosecha. Ninguna de estas parábolas termina en el fracaso de lo sembrado. En este sentido, son parábolas escatológicas, anuncian el final. Y el final es que la vida triunfa sobre la muerte, la semilla da fruto, se hace mies abundante, se realiza El Reino.

Son parábolas que leen el mundo con los ojos de Dios. Todo lo que está sembrado, lo que está floreciendo, aparentemente débil, medio ahogado en cardos y sequedales, es el futuro, es la fuerza del Espíritu que no ha de fallar.

Es este un sentido indisociable de esta parábola, la de la cizaña, la de la levadura... todas tienen este componente de esperanza a pesar de la oscuridad de la historia. Sería oportuno recordar a este respecto que el final se representa en la Escritura como una visión triunfal precisamente en el Libro que cierra nuestra Biblia entera, el Apocalipsis.

Reflexión final

El reino se parece a una semilla. Dios sembrador es una bella imagen, mucho más bella que Dios Rey o que Dios Amo o Dios Juez.

Dios siembra incesantemente, incansablemente, la semilla del Reino. Recibimos constantemente semillas del Reino, ejemplos de buenas personas, sucesos, símbolos, sucesos... Los ojos de Jesús eran bien capaces de ver en todo la Palabra, la semilla sembrada.

Es una semilla poderosa. No con el poder destructivo de las armas, de las máquinas, sino con el insinuante e irrefrenable poder de la vida, sobre todo de la vida vegetal, que tanto le gusta a Jesús como símbolo del Reino.

La semilla no es aún el Reino, pero germinará. Cuando germine y se desarrolle veremos el esplendor del Reino, con la misma admiración con que contemplamos una encina formidable nacida de una humilde bellota, por ese milagro de poder oculto en la semilla.

Dios siembra continuamente la Palabra. La esencia misma de todo lo creado es ser Palabra, manifestar a Dios, invitar al Reino. Todas las cosas sobre la faz de la tierra están creadas para ser Palabra, semillas del Reino.

La semilla que cae en la tierra se puede perder. La incesante Palabra de Dios puede desperdiciarse. En el camino de nuestra vida hay muchos pájaros capaces de llevarse la semilla: la falta de atención, la trivialidad que vivimos... y la semilla se la llevan los pájaros.

A veces recibimos con alegría la Palabra, pero sin cultivarla, sin atenderla, haciéndola convivir con nuestros deseos irrefrenables de disfrutar, con nuestro afán por instalarnos, de mejorar nuestro nivel de esta vida... árido pedregal en que se mueren las semillas recién brotadas.

No pocas veces nuestra vida misma ahoga la Palabra: no tenemos tiempo, ni ganas, ni nos parece que los valores de la Palabra tengan validez: hay muchos abrojos en nuestra vida que pueden ahogar la pequeña planta del Reino.

Pero nuestra tierra es, en el fondo, buena tierra, es capaz de hacer germinar, es capaz de recibir el Reino. Y la semilla florece, en forma de compasión, de solidaridad, de valores éticos, de atención a lo trascendente; somos capaces de amar, de perdonar, de esforzarnos, de sacrificarnos por otros... está floreciendo la semilla, unas veces algo, otras bastante, otras muchísimo...

No sólo hay personas en que la semilla germina de modo espectacular, sino que en cada uno de nosotros hay épocas y momentos en que nos sentimos crecer, sentimos la presencia del Espíritu vivificador, sentimos germinar en nosotros a la Palabra.

La parábola del sembrador se armoniza muy bien con el texto de Pablo. Esto que vemos es un mundo de pedregales y abrojos, de pájaros peligrosos... pero es un mundo sembrado, lleno de semillas del Reino. Y el Reino brota, florecerá, crecerá hasta ser un jardín, un bosque de árboles magníficos, en los que apenas nadie podrá reconocer las humildes semillas de que brotaron.

El Reino está aquí, sembrado en los corazones, persistentemente sembrado por el Padre. La Palabra es eficaz, capaz de transformar la vida personal y la humanidad entera, capaz de hacer de esta casa de locos llena de mezquindad, de crueldad y de miserables satisfacciones que se lleva el viento de la muerte, un Reino de Hijos, el sueño de Dios Creador.

Estamos viendo el mundo en el vientre de su madre la materia. Pero está en él la semilla del Espíritu, que lo llevará hasta la vida plena, a plena luz.

Finalmente, el Reino se siembra, se construye de dentro a fuera. No es una organización, no es una empresa, no crece por la fuerza del dinero ni por la imposición del poder. El Reino crece por la fuerza interior de la Palabra: nunca desde fuera hacia dentro, desde la imposición o el espectáculo; siempre desde la conversión.

Jesús es listo: sabe que ninguna estructura funcionará bien si sus piezas son malas. Ninguna espléndida ciudad florecerá si sus ciudadanos son perversos. Jesús empieza por el principio: cambiar los corazones. Todo lo demás, las estructuras, las empresas, las sociedades, cambiarán si las personas cambian. Jesús fue un buen sembrador.

Hoy se nos ofrece la oportunidad de hacer un íntimo acto de fe. Pensamos en el fragor del mundo, el vértigo de los negocios, el poder de las multinacionales, la corrupción de los gobiernos, la crueldad de tantos nacionalismos e integrismos, la sistemática explotación de las personas y la destrucción de la naturaleza... y sentimos terror ante el poder de "el mal", destructivo y avasallador. Comparado con todo esto, ¿qué son los hombres y mujeres de buena voluntad, qué fuerza tiene la honradez, la solidaridad y la compasión...?

Es necesario reduplicar nuestra fe en la Palabra, en el poder de Dios. La levadura de la Palabra fermentará esta masa. La pequeña semilla se hará árbol que romperá la muralla de piedra. Jesús, grano de trigo sembrado y triturado, no fracasó. Dios no fracasa. Hemos de hacer un acto de fe, por encima de toda apariencia, en la humanidad que llegará ser dada a luz, por la fuerza de la Palabra.

 

José Enrique Galarreta

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