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DEJADLOS CRECER JUNTOS

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La tolerancia es la mejor religión (Víctor Hugo)

23 julio. Domingo XVI del TO

Mt 13, 24-43

Dejad que crezcan juntos hasta la siega

En la película Lo and Behold (2017) del director alemán Werner Herzog se dice que “Cada molécula tiene su propio sonido. Y estos sonidos están diseñados específicamente para que cuando la molécula está bien formada, se creen armonías. Si algo no encaja, formará una disonancia. De hecho es difícil lograr una disonancia”. Las diferencias se van diluyendo con el tiempo y, al final, nos percatamos de que en toda la existencia hay una armonía.

La primera lectura y el Evangelio de hoy con la parábola de la cizaña, son una llamada de atención sobre la tentación en que caemos con frecuencia de meternos a jueces de los demás, excluyéndolos del reino de los cielos. La pregunta es obvia, excepto para quienes piensan que se les ha dado todo poder sobre la tierra: ¿Quién soy yo para juzgarlos?

En sus novelas, Jesús Sánchez Adalid (1962, jurista y teólogo, manifiesta una penetrante reflexión acerca de las relaciones humanas, la libertad individual, el amor, el poder y la búsqueda de la verdad; lo que le ha convertido en un símbolo de encuentro y armonía entre los pueblos, religiones y razas. En Y de repente Teresa (Ediciones B, S. A. 2014) analiza el inhumano proceder de la Inquisición en pleno siglo XVI. De uno de sus más ilustres personajes, Don Rodrigo de Castro (1523-1600) dice que es “un implacable, ambicioso y cauto, que se ha consagrado concienzudamente a realizar pesquisas sobre aquellas mujeres que tienen éxtasis, visiones, y misteriosas revelaciones, por si fueran “alumbradas”; es decir, adeptas a secta mística que tanto preocupa el Santo Oficio, por ser considerada herética y relacionada con el protestantismo”.

Concha Redondo, mística y teóloga, nacida en Madrid en 1931, en su obra poética Mis experiencias (Séneca Editorial 2014). Una mujer de la que se dice que el Espíritu le posibilita la comunicación inmediata y directa con la Divinidad que todos atesoramos, incluso los que crecen a nuestro lado diferentes. Uno de sus poemas, Vida, se cierra con estos versos:

“Despertar …
Madurar…
Nacer cada día…
Nacer cada día más humano”.

Mensaje de tolerancia plenamente evangélico –“Dejad que crezcan juntos…” (Mt 13, 30)- como así mismo lo propone Pedro Olalde en una de sus obras: “En el campo del mundo, en nosotros, Jesús siembra buena semilla para que germine y de fruto abundante. Quiere que seamos personas felices, desarrolladas y creadoras de vida para otros”.

De Ismael, hijo de Abraham y su esclava Agar, se dice en Gn 16, 12: “Será un potro salvaje: él contra todos y todos contra él; vivirá separado de sus hermanos”. Aplicado a Jesús, tendríamos que decir todo lo contrario de “separado”. Con frecuencia olvidamos lo que la historia de la vida nos cuenta. La endogamia empobrece, y el mestizaje todo lo enriquece.

En El Canto del pájaro Anthony de Mello, nos cuenta la bella y tolerante historia, en la que aprendió a hacerse amigo de los de “dientes de león” que, como una plaga, habían invadido su jardín.

Ya, otro poeta y novelista, Víctor Hugo, había dicho que “La tolerancia es la mejor religión.

 

 DIENTES DE LEÓN

Un hombre que sentía orgulloso del césped de su jardín, se encontró un buen día con que en dicho césped crecía una gran cantidad de “dientes de león”. Y aunque trató por todos los medios de librarse de ellos, no pudo impedir que se convirtieran en una auténtica plaga.

Al fin escribió al Ministerio de Agricultura, refiriendo todos los intentos que había hecho, y concluía la carta preguntando:

-“¿Qué puedo hacer?”.
- Al poco tiempo llegó la respuesta:
-“Le sugerimos que aprenda a amarlos”.

También yo tenía un césped del que estaba muy orgulloso, y también sufrí una plaga de “dientes de león” que traté de combatir con todos los medios a mi alcance.  De modo que el aprender a amarlos no fue nada fácil. Comencé por hablarles todos los días cordial y amistosamente. Pero ellos sólo respondían con su hosco silencio. Aún le dolía la batalla que había librado contra ellos. Probablemente recelaban de mis motivos.

Pero no tuve que aguardar mucho tiempo a que volviesen a sonreír y a recuperar su sosiego. Incluso respondían ya a lo que yo les decía. Pronto fuimos amigos.

Por supuesto que mi césped quedó arruinado, pero ¡qué delicioso se hizo mi jardín…!

Anthony de Mello

 

Vicente Martínez

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