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¿POR QUÉ NO HAY MÁS VOCACIONES AL SACERDOCIO?

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Uno de los lugares comunes en el diálogo entre católicos tiene que ver con la falta de vocaciones al sacerdocio, dando por hecho que todas son pocas, y, sobre todo, que hay diferencias muy importantes entre unas iglesias locales y otras. El caso "vasco", donde soy sacerdote, es definitivo. La pregunta inmediata es por qué.

Como cristianos nos preocupa el servicio pastoral a las comunidades del futuro, y por supuesto, la presencia o no de "Presbíteros" en ellas y de qué tipo. Nos inquieta la coherencia de los modelos de comunidad y de presbíteros, pues es imposible reconfigurar una parte de la relación, las comunidades, sin atender a la otra, el sacerdocio ordenado.

Esta dimensión del problema y el futuro, es la más decisiva, pero lo que inicialmente nos cuestionamos es por qué no hay vocaciones al sacerdocio entre nosotros, cristianos del País Vasco, y de otros lugares análogos.

Para responder a esta pregunta, nos hemos de plantear si es verdad o no que otras Iglesias de la Europa "rica y moderna", incluida España, desde luego, tienen muchas vocaciones sacerdotales; de ser así, cómo lo logran, y, por fin, si el modelo de "éxito" es parte fundamental del plan que entre nosotros van desarrollando los Obispos Iceta y Munilla.

Este planteamiento relativamente "primario y simplificado" en relación a lo que hay en juego en nuestro cristianismo del futuro, presenta crudamente una realidad sobre la que quisiera ofrecer esta respuesta.

No hay tantos seminaristas en tantos sitios como a veces imaginamos; hay bastantes en algunos lugares muy localizados y donde se concentran los candidatos de procedencias muy variadas.

De todos modos, la cuestión no es ésta. La cuestión es que el tipo de seminarista que cuaja en los Seminarios más nutridos, y que llega al sacerdocio, en su inmensa mayoría estructura su vida bajo pautas religiosas y sociales que reproducen una concepción neoescolástica en cuanto al Credo, la Iglesia, el Sacerdocio y el Mundo. Este es el primer aspecto del problema. Puede decirse de varios modos, pero con éste nos entendemos y no es "injusto" con los hechos.

Sin duda, a mi juicio, y apoyado en las más elementales nociones bíblicas y antropológicas, ese camino recorta descaradamente signos fundamentales del Reinado de Dios. Este es el problema, el de si la acción salvífica de Dios en Cristo va a seguir la senda de la historia humana, o la devolvemos al templo como lugar sagrado fuera del mundo, y a sus Ministros, como "nuevo resto santo de los elegidos, por supuesto, para servir" y a los sacramentos, maravillosas formas de poder religioso "ex opere operato", por supuesto, para sanar.

Quiero ser muy práctico en la respuesta, y apelar a lo que es mi experiencia. Y en este sentido, me pregunto, ¿puedo yo, he podido, decirle a un joven, "mira, por qué no te planteas el sacerdocio como opción de vida"?, Sí puedo, pero con dificultades casi insalvables.

Me muevo entre jóvenes y adultos cristianos muy abiertos a la "autonomía o mayoría del edad del mundo", una autonomía relativa a la dignidad humana, y a través de ella, a Dios, y casi es imposible encontrar uno que entienda la pregunta "vocacional al sacerdocio" como "opción de vida cristiana"; he dicho "casi"; no ven para qué añadir eso a su ser "cristianos".

Y cuando alguno me entiende, surge la cuestión del celibato obligatorio, y por más "imaginación" que yo le ponga, me sonríe y no me entiende. Con lo cual no estoy diciendo que el celibato obligatorio, entre las pocas vocaciones que pueden surgir en el círculo de laicos "modernos", es definitivo para arruinarlas. Estoy diciendo que si sumamos la dificultad del tipo de Iglesia que ese joven o adulto "moderno" quiere, ¡casi nada que ver con el "empoderamiento eclesiástico" que conocemos!, al celibato obligatorio que conlleva el sacerdocio, las posibilidades de plantear la vocación sacerdotal a gente cristiana de mi entorno son prácticamente nulas.

Eso y así, no. Y es que piensan, y aciertan, que hay modelos de comunidad cristiana, que van a ser legítimos, cuya atención no va a pasar por un único modelo de presbítero. Esos modelos comunitarios no van a ser únicos, quizá van a ser minoritarios en los próximos cincuenta años, pero van a ser posibles. No van a prohibirlos todos, y van a estar en la única Iglesia en un pluralismo comunitario inclusivo, legítimo e inconfortable. Lo veo muy claro.

Esto me lleva a preguntar sobre cómo es que otros logran vocaciones para su forma de ser y ver la Iglesia. Ya lo he dicho. En las condiciones del presente, y ¡sin desprecio de nadie, pero con sentido crítico hacia todos!, es mucho más fácil una vocación sacerdotal en sectores sociales, culturalmente, "pre-modernos o anti-modernos", religiosamente, proclives a modos fideístas de entender la fe y el Evangelio, sacrificiales en cuanto al sentido de la vocación cristiana en la historia, neoplatónicos en la antropología de referencia y con un fuerte aprecio de la primacía humana de los ministerios eclesiásticos en la Iglesia.

Es en personas con un perfil religioso, cultural, social y hasta sicológico muy "concreto", ¡lo respeto, pero hay que reconocerlo!, donde puede resonar con alguna mayor facilidad la llamada al sacerdocio ordenado en los términos que lo conocemos configurado hoy. Esta es la realidad. Y es éste el camino, ¡en exclusiva!, que se elige por Obispos y Diócesis, la mayoría poco a poco, para recuperar los presbiterios diocesanos. Es lo que se pretende ahora en el País Vasco.

Yo no creo en él. Cuidado, las personas merecen todo el respeto del mundo, sus opciones y razones son tan discutibles como las mías. Pero creo que ese camino es muy selectivo o sesgado en el evangelio de Jesús. Lo pienso así: sacraliza de nuevo el Templo como el espacio esencialmente único de la fe religiosa, clericaliza a los sacerdotes y los principales ministerios en la Iglesia, desencarna la Palabra, y magnifica la función del servidor en relación al mensaje que lleva y al don universal que representa. No creo en ese camino, lo reconozco.

Es una elección tremenda, porque por ese camino hay más futuro social para el catolicismo; a mi juicio, con apariencia de contraculturalidad evangélica, ¡esto le da un toque de prestigio!, pero al cabo, socialmente sometido; la institución eclesial, ¡más que el catolicismo!, recibe reconocimiento "público y cultural", una vez "aparcada" la fe en espacio de lo religioso, o de otro modo, individualizada, interiorizada y sin historia social.

El camino del Evangelio, a mi juicio, es mucho más histórico y exigente para la Iglesia, en primer lugar, y para el mundo tan exigente como compasivo. Hay que elegir, ¡por nosotros mismos, y no contra nadie! Y yo creo que es más justo, ¡no más eficaz!, preferir el tipo de comunidades y ministerios, incluso el sacerdotal, que cabe imaginar como propios de un cristianismo "liberador", "espiritual, humana y socialmente samaritano", o para hacerme entender, "antirestaurador".

No me gustaría un futuro neoconservador para la Iglesia, por más que ahora lleve las de ganar, y menos como futuro uniforme y a la fuerza. ¡Qué sesgada recepción del Evangelio de Jesucristo! ¡Qué pobreza y qué drama! No va a suceder. En la Iglesia no cabe todo, pero cabe mucho más que el neorestauracionismo "triunfante"; el tiempo va a demostrar que hay formas de comunidad y sacerdocio mucho más abiertas a la historia y al ser humano que las formas de hoy, en buena medida y, teológicamente, "rutinarias".

Esto es lo que hay, y no sólo el gusto personal de ir contra éste o el otro, o la pretensión de mandar más o menos en la Iglesia. Está en juego el Evangelio de la fe en los próximos decenios; o con más sencillez, una forma menos sesgada de acogerlo entre todos y de evitar el acomodo en lo eficaz. O, en el fondo, ¿es también miedo de las consecuencias del Evangelio más entero? Paz y bien.

 

José Ignacio Calleja

(Extracto)

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