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¡EL TEMPLO VACÍO!

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Yo soy quien ama y aquel a quien yo amo. Éste es el límite del amor espiritual bajo forma material. (Ibn Arabí)

Domingo 16 de abril. Pascua de Resurrección

Jn 20, 1-9  

Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto 

Más de dos mil años de Nuevo Testamento -y seis mil del Viejo- con sus páginas ocres de papel desvaído..., ¡y mi corazón inquisitivo, buscando mejorar aquella triste ausencia! Un Jesús desaparecido -¿robado tal vez o quizás simplemente eclipsado?-, que nadie ve en ninguna parte, porque las veletas de los molinos de viento deshojan sin piedad sus mil rosarios. Con ellos suenan las mil canciones escritas por él en su Evangelio, mientras los lirios del campo, que ni trabajan ni hilan, y las aves del cielo, que no hacen sementera ni cosechan, preguntan (Lc. 24). Preguntan y dialogan “como dialoga el cierzo con la aurora”, en palabras del poeta dominico Emilio Rodríguez (Poema Ficción,de su libro Penúltimo cansancio SBDSEditores 2017).

No quiero ser “el único forastero en Jerusalén que desconoce lo que ha sucedido allí estos días”, como sugiere Lucas en 24, 18. Yo sí me atrevo a brindarle, con los de Emaús, aquella amorosa oferta de hospitalidad en el hogar del corazón“Quédate con nosotros, porque el día va de caída” (Lc 24, 29). Mi templo está vacío y sólo tú, Jesús, puedes llenarlo, como llenaron el suyo los protagonistas del musical La La Land - La ciudad de las estrellas, dirigido por el americano Damien Chazelle y recientemente estrenada en España. En una de las secuencias, Mia y Sebastián  cantan: “Por fin, ahora, nuestros sueños pueden hacerse realidad”.

Deseo que mi propuesta peregrine y se hospede en todos los hogares. Quiero que en ellos prenda el fuego y se expanda por la tierra entera fundiendo glaciales y encendiendo en amor los corazones. Jesús dice que vino a echar fuego en la tierra y lo que quiere es que se encienda (Lc 12, 49) y el Levítico nos da una bonita imagen de mantener el fuego divino permanentemente ardiendo sin que se apague (Lv 6, 12-13).

En El fruto de la nada, dice el Maestro Echkart que “el templo en el que Dios quiere dominar según su voluntad es el alma del hombre… esa es la razón por la que Dios quiere tener el templo vacío, para que ahí dentro no haya nada que no sea él”. O más bien un templo del Espíritu, indestructible y lleno como el mencionado por Jesús cuando expulsó a vendedores y cambistas(Jn 2, 19). Indestructible, pero abierto permanentemente al cambio, como sugiere el dicho de la Edad Media: “Ecclesia semper reformata”: La Iglesia siempre se tiene que reformar. El Papa lo recordó en una entrevista.

Yo soy quien ama y aquel a quien yo amo. Éste es el límite del amor espiritual bajo forma material. Lo escribió un místico sufí, -Ibn Arabi (1165-1240)-, poeta, filósofo, viajero y sabio musulmán andalusí. Somos ese Dios, ese Jesús resucitado, que todos llevamos dentro. Un Maestro humilde que el domingo pasado cabalgaba en un borrico (Lc 19, 35). Los textos cuneiformes de Ugarit -Tablillas cuneiformes descubiertas en la ciudad-estado de Ugarit (actual Ras Shmara, en la costa norte de Siria) son una fascinante introducción en la tradición mitológica del Medio Oriente Antiguo, que alcanzó su apogeo político, religioso y económico hacia el siglo XII a.C., acreditan la influencia que tuvieron en los autores que escribieron el Antiguo Testamento y ¿cómo no? en el Nuevo. Ésta fue, según el texto literal de las Tablillas, ya citado en mi artículo la orden que Atiratu dio a su sirviente para que le prepararan el viaje: “Obedeció Quadsu-Amaru, enjaezando el jumento, aparejando la mula… preparando las guarniciones de su asna y puso a Atiratu a lomos del jumento, en lo más bello del lomo de la mula”.

Resucita Jesús, y con él, nosotros y la Iglesia. Y también con cuantos peregrinos -María de Magdala lo era- buscamos a Jesús en todas partes para llenar su templo con el nuestro.

“Jesús le dice: ¡María! Ella se vuelve y le dice en hebreo: Rabbuni -que significa maestro-. Le dice Jesús: Suéltame, que todavía no he subido al Padre”  (Jn 20, 16-17)

 

JESÚS RESUCITADO

En los huertos del cielo
cultivabas tus flores, jardinero.

No había en ellos plantadas sino rosas
con pétalos de amores, primorosas.

Tu fiel amante María de Magdala
se enamoró de ellas locamente,
y tú tuviste que calmarle
con un “Nolli me tangere” amoroso.

¿Por qué tienes un Padre tan celoso,
que a tu amante María pone vetos?

A los humanos –con todos mis respetos-
nos gustaría más un Dios
con huertas terrenales y sin puertas.

(EVANGÉLICO CUARTETO. Ediciones Feadulta)

 

Vicente Martínez

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