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SENTIMIENTOS Y CRECIMIENTO PERSONAL (III)

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Desde la necesidad a la capa de protección

Toda nuestra historia emocional ha quedado registrada en el cuerpo y en la sensibilidad. Tal como se indicaba en el apartado anterior, el sufrimiento psíquico hizo que nos endureciéramos (o nos congeláramos), o bien que termináramos hipersensibles.

Entre ambos extremos –síntomas y, a su vez, fuente de sufrimiento–, entre la rigidez (endurecimiento o congelación) y la efervescencia (vulnerabilidad y susceptibilidad), a medida que la vamos sanando, la sensibilidad recupera su limpieza y ajuste, que la hace capaz de vibrar ajustada y armoniosamente.

Para entender el porqué de todos esos funcionamientos, es necesario acercarnos al comienzo de nuestra existencia. Y, en el inicio, el ser humano es pura necesidad; fundamentalmente, necesidad de ser reconocido.

Ese hecho hace que el niño sea absolutamente vulnerable, si bien la vulnerabilidad solo le resultará problemática cuando empiece a sufrir, es decir cuando su necesidad no sea adecuadamente respondida. Será entonces cuando el sufrimiento psíquico, que percibe en la zona abdominal, le lleve a emprender la huida, hasta instalarse en una “capa de protección”, que atenúe todo lo posible todo sentimiento doloroso.

Lo que ocurre, sin embargo, es ambivalente: si bien, por un lado, así se protege de la intensidad del sufrimiento, por otro, al alejarse del dolor, se distancia inadvertidamente de sus sentimientos y de la vida misma.

Instalado en la capa de protección, ya no vive; actúa, interpreta papeles. Hasta el punto de que puede pasar toda su existencia alejado de sí mismo, de sus sentimientos y de su vida profunda, desarrollando los roles con los que progresivamente se ha ido identificando.

Razón y corazón

Pero el diálogo mente/sentimiento es todavía más complejo. Tan complejo como son las relaciones entre el cerebro emocional o límbico –regulador de emociones y afectos– y el cerebro cognitivo (o neocórtex), sede de la razón.

El problema básico entre ambos cerebros –y el conflicto consiguiente en la vida de la persona- radica en un doble hecho: por una parte, cada uno de ellos tiende a imponerse sobre el otro; por otra, el cerebro emocional no entiende el lenguaje verbal ni conceptual. Eso explica que los intentos “mentales” por modificar el comportamiento suelan quedar en poco, y que las psicoterapias tradicionales produzcan efectos tan lentos e inestables.

En la pugna entablada entre ambos cerebros, pueden producirse dos resultados contrapuestos: si se impone el cerebro cognitivo sobre el emocional, se produce una “asfixia cognitiva”; en el caso contrario, asistiremos a un “cortocircuito emocional”. En el primero, se padece una represión de los sentimientos; en el segundo, un desbordamiento emocional.

En ambos extremos hay confusión y sufrimiento, o si se prefiere, rigidez y caos, respectivamente: en el primer caso, se impone el cerebro racional; en el segundo, el límbico.

El trabajo psicológico adecuado consiste en aprender a conjugar ajustadamente razón y emoción, desde algunas actitudes básicas que, para ser eficaces, requieren vivirse simultáneamente: aceptación, no-resistencia, no-represión, no-reducción y no-identificación.

 

Enrique Martínez Lozano

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