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LA SENDA ESTRECHA

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La sociedad desarrollada ofrece a los ciudadanos acceso a la educación y la sanidad, presta asistencia a las personas necesitadas, establece garantías jurídicas que aportan seguridad, y proporciona unos niveles de confort impensables hace solo cincuenta años. Y todo eso está muy bien, pero es insuficiente porque las necesidades humanas trascienden lo meramente material e intelectual.

La sociedad religiosa tradicional responde a necesidades esenciales del ser humano a las que la sociedad moderna es incapaz de responder, ofrece un significado global de la existencia y ayuda a superar la angustia provocada por la finitud de la vida y la inexorabilidad de la muerte. Para colmo, la concepción religiosa de la vida no es algo adjetivo, sino sustantivo al ser humano, y la mejor prueba de ello es la evidencia histórica de que no se conoce ninguna cultura donde no esté presente el hecho religioso.

Cada una de estas culturas persigue fines distintos y atiende necesidades distintas, y lo inteligente sería hacerlas cooperar en beneficio de todos. Pero la progresía intolerante no solo rechaza y descalifica la sociedad tradicional, sino que la combate con inusitado ardor a fin de destruirla. Y esa intolerancia cerril no es en absoluto inocua, sino que ha provocado tal crisis de identidad, que ha dejado a muchos ciudadanos sin un soporte vital sólido; sin rumbo en la vida. Habrá personas capaces de encontrar sentido a una vida que acaba en la muerte, pero la mayoría es incapaz de hacerlo y no encuentra otra salida que banalizar su existencia.

En un principio, la pérdida de identidad se tradujo en aquella angustia vital que hizo estragos allá por los años sesenta, pero luego, aquel hombre huérfano de sentido optó por evadirse del sufrimiento y la certeza de la muerte a través de una febril actividad cotidiana, del consumo compulsivo y la búsqueda frenética de confort. La primera consecuencia de esta cultura es una agresión brutal a la Naturaleza que sin duda va a terminar en tragedia. La segunda es una crisis de valores que ha provocado unos niveles de frustración y deshumanización desconocidos hasta ahora.

Pero hay más. Si algo caracteriza a la sociedad moderna es la competitividad. La competitividad impone la ley del más fuerte provocando que solo los mejor adaptados logren sobrevivir. Es como en la fábula de los dos muchachos perseguidos por un oso que corren desaforados para salvar el pellejo a costa de la vida de su amigo. En la vida cotidiana ocurre exactamente lo mismo; vivimos condenados a correr sin descanso para no ser devorados por la pobreza y el paro, y en estas condiciones, hablar de solidaridad, humanidad, libertad, amistad o desprendimiento es puro sarcasmo, porque bastante tenemos con sobrevivir.

En suma la sociedad moderna ha aportado logros evidentes, pero ha provocado la mayor crisis de sentido de la historia, triturando los valores que siempre habían dado sentido a la vida; deshumanizado y esclavizado a los ciudadanos, destrozado nuestro hábitat y condenado a los que vengan detrás a una vida de perros…

Toda una hazaña, pero eso es lo que hay. Creíamos estar transitando por un camino ancho y confortable hacia un destino feliz, y hemos desembocado en un bosque intrincado en el que nos hemos perdido. Cuanto más avanzamos, más se cierra la vegetación y más desorientados estamos. Seguimos avanzando a machetazos, destruyendo todo lo que nos impide avanzar y dejando un reguero de víctimas detrás de nosotros. Cada vez son más los que caen en la cuenta de que esa expedición es una locura, y piden a gritos que se retroceda hasta encontrar una senda estrecha que nos lleve a un destino apacible donde restañar las heridas.

 

Miguel Ángel Munarriz Casajús

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