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Libro de la biblia

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Fecha de Creación (Inicio - Fin)

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UN TESORO ESCONDIDO

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Siempre me he jactado de ser un hombre de pocas necesidades y de mi desprecio por el dinero. Considero la sabiduría y el estudio de la Ley como mi verdadero tesoro más que la posesión de bienes y mi conducta intachable de fariseo ha constituido siempre mi orgullo.

Movido por mi ansia de progresar en el saber, fui a visitar a aquel maestro de Galilea de quien todos hablaban, pero lo hice de noche porque algunos fariseos murmuraban sobre él y quería evitar que mi visita desatara comentarios negativos.

Siempre he tratado de mantener mi nombre a salvo de dudas o de sospechas sobre mi honor. Mi entrevista con Jesús no discurrió como esperaba: yo iba buscando un intercambio de opiniones entre sabios, algún progreso en el saber que nos enriqueciera a los dos y por eso me desconcertó aquel planteamiento suyo en torno a "nacer de nuevo".

Como no era eso lo que yo venía buscando, me escabullí en la noche con una molesta sensación de inquietud. De todos modos seguí de lejos sus idas y venidas y continué informado de las cosas que hacía y decía. Algunos dichos suyos me parecieron muy hermosos, como el mashal del hombre que encontró un tesoro y lo vendió todo para hacerse con él.

Por eso me parecía una obcecación ver a mis compañeros fariseos empeñados en difamarle e incluso tramando una conspiración contra él

En una ocasión sentí que debía levantar la voz en su defensa y lo hice en la reunión del Sanedrín. Era consciente de que estaba arriesgando mi prestigio y por eso adopté un tono de moderada prudencia, pero a pesar de ello experimenté un doble desprecio: el de quienes me escuchaban y el mío propio a causa de mi cobardía.

Una extraña angustia se instaló en mí a partir de ese momento y viví con tensa expectación los preparativos de aquella Pascua: en mi interior rogaba a Dios que el Maestro no subiera a Jerusalén, porque se cernían ya sobre él sombríos presagios.

Sin embargo él subió, lo prendieron de noche y comenzó su juicio mientras yo permanecía encerrado en mi casa. Dentro de mí luchaban dos hombres: el fariseo Nicodemo aferrado convulsamente a sus viejas ideas, saberes y prestigio, y otro hombre desconocido para mí, consciente en lo más hondo de que había encontrado un tesoro y tendría que venderlo todo si quería conseguirlo.

Al atardecer de la víspera de la fiesta, antes que sonara el sofar que anunciaba el comienzo del Sábado más solemne del año, tomé la decisión y una misteriosa tranquilidad se apoderó entonces de mí: salí de mi casa, fui a comprar cien libras de perfume y me dirigí con decisión hacia el montecillo donde crucificaban a los condenados.

Cuando llegué a la puerta de la muralla, me detuve un instante sabiendo que, si la atravesaba y me acercaba a aquel hombre maldito que colgaba de un madero, mi vida ya nunca volvería a ser la misma.

Sentía un desgarramiento en mis entrañas, como si una vida nueva, aprisionada en la matriz de mi pasado, estuviera empujando para salir fuera de lo conocido y hasta entonces poseído. Supe que aquel promontorio rocoso donde estaban clavadas las cruces era el campo que escondía el tesoro y sentí que aquel hombre crucificado entre otros dos, ejercía sobre mí una poderosa atracción más fuerte que todas mis resistencias.

Crucé la puerta de la muralla y me acerqué llevando mis perfumes. Estaba vendiéndolo todo para poseer el tesoro. Estaba naciendo de nuevo.

 

Dolores Aleixandre

(Un tesoro escondido. Las parábolas de Jesús. Ed CCS)

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