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JEREMÍAS 20, 7-9 / ROMANOS 12, 1-2

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Domingo 22 tiempo ordinario

 

JEREMÍAS 20, 7-9

Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido.

He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban. Pues cada vez que hablo es para clamar: «¡Atropello!», y para gritar: «¡Expolio!». La palabra de Yahveh ha sido para mí oprobio y befa cotidiana. Yo decía: «No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre».

Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía.

Es uno de los fragmentos más violentos y significativos del libro de Jeremías (aunque posiblemente haya sido introducido aquí por un redactor). El verbo "seducir" no se refiere a una atracción irresistible sino más bien a un engaño. Se emplea en el caso de que un hombre seduce a una virgen.

Jeremías es "manejado" por Dios, se siente perjudicado, siente que su vida ha sido atropellada, que se ha convertido en motivo de burla para todos, y se ha resistido a ser instrumento de Dios... pero Dios ha sido más fuerte, y dentro de sí mismo el profeta siente el fuego de la Palabra, de la Misión, que le lleva a "estropear su vida" por la Misión.

Pero, además de esto, hay un componente ineludible: "me dejé seducir". Ahí está la esencia de la vida religiosa y cristiana: dejarse seducir por Dios, como la persona que se deja seducir, que se deja poseer, porque el amor es una atracción irresistible.

¡Qué poco místicos somos! Pero ya lo dijo Rahner: "la iglesia del siglo XXI será mística o no será". Y no van por ahí los vientos de la nueva evangelización, me parece.

 

ROMANOS 12, 1-2

Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual.

Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.

Se subrayan las mismas ideas, de forma simple, bajo la imagen del "cuerpo", que en Pablo significa siempre la vida misma (cuando no es el "cuerpo de muerte", es decir, la oposición al "espíritu" ). La renovación de la mente, la conocida "metanoia", casi sinónimo de conversión, hace que no nos acomodemos al "mundo presente".

Así pues, el texto refuerza también la oposición entre "salvar y perder la vida".

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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