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EMMANUEL CARRÈRE: ¿UN CRISTIANO DESCONVERTIDO?

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Durante los tranquilos días de vacaciones en un pueblecito de La Rioja, entre viñedos verdes y rastrojos dorados inundados de luz y de paz, leí El Reino de  Emmanuel Carrère, considerado por algunos como el escritor francés más importante de hoy.

En la obra se entreveran la autobiografía del escritor y la  historia de los orígenes del cristianismo, tejida en torno a Pablo y Lucas. Aunque muchas de sus páginas pueden resultar pesadas, es una obra fascinante para quien, como es mi caso, siente en su mente y sus entrañas las profundas transformaciones que la cultura actual reclama al lenguaje y a las instituciones cristianas tradicionales. Se pueden discutir algunas de sus tesis sobre Jesús y sobre Pablo, o echar de menos un mayor rigor científico, pero no entraré en esas cuestiones. Me interesa sobre todo el relato de su trayectoria vital, por el radical desafío que plantea al cristiano del siglo XXI.

En 1990, el autor vivía una profunda crisis personal, hasta la ideación del suicidio. Y buscó refugio en el cristianismo (¿cómo reprochárselo?). Un día, en misa, escuchó las palabras que el Jesús del Evangelio de Juan dirige a Simón Pedro: "Cuando eras joven, tú mismo te ceñías la cintura e ibas a donde querías, pero cuando seas viejo extenderás las manos y otro te la ceñirá y te llevará a donde no quieres". Le llegaron al alma como una revelación. Otro te llevará más lejos. Otro te llevará a ponerte en pie y seguir caminando, cuando no puedes más, cuando te sientes perdido. Y aprenderás a aceptarlo todo y ser libre de todo. Hallarás consuelo. Pero ¿quién es ese “Otro”?

Las tradiciones místicas, incluida la cristiana, lo han entendido como Fondo y Fuente de nuestro ser y de todo lo real, el No-Otro del mundo, ni idéntico al mundo ni separado de él, más allá de todo esquema de dualidad y unidad. Las religiones “teístas”, incluida la cristiana, lo han llamado “Dios” y lo han imaginado como un ente supremo, como una divinidad masculina que planea sobre el mundo y la vida y que desde fuera determina su destino. No tienes más que acatarlo. Es la Verdad: no tienes más que creerla firmemente, incluso en contra de tu razón.

Así lo entendió Emmanuel Carrère en 1990. Creyó firmemente que Dios resucitó a Jesús, a él solo. Que Jesús es el único Cristo, Señor, Hijo de Dios, encarnado en el seno de una madre virgen, muerto por nuestros pecados. Que es el único Salvador y la única Verdad. Créelo y déjate conducir dócilmente. Y para ello, cree a la Iglesia que Cristo fundó y déjate conducir ciegamente por ella. El escritor creyó ciegamente.

Pero pronto le asaltaron las dudas, como es inevitable en toda persona inteligente y honesta, y Carrère lo es. A duras penas se defendió de sus dudas durante un tiempo: el dogmatismo era el precio de la certeza y del consuelo. Pero al cabo de tres años ya no pudo reprimir su razón con todas sus preguntas y dudas. A medida que se sentía más seguro de sí se atrevió a cuestionar todo el edificio dogmático y eclesiástico del cristianismo. Se sintió libre para buscar el misterio de Jesús y del Reino de Dios que anunció, más allá de toda institución. Pues el Reino es la inversión de los valores y de las verdades establecidas. Lo contrario de la verdad no es la mentira, sino la certeza.

Así se desconvirtió de su cristianismo dogmático. Hoy se confiesa –¿de nuevo?– “agnóstico”, “ni siquiera lo bastante creyente para ser ateo”. Hace yoga y taichí, practica la meditación. Cree en la bondad, y “que nada vale fuera de la bondad”. ¿Sigue siendo cristiano todavía? Depende de lo que entiendas por cristiano. Para él, “el cristianismo es acercarse todo lo posible a lo que hay de más pobre y vulnerable en el mundo y en nosotros mismos”. Y punto. ¿No nos diría también Jesús “y punto”?

Ser seguidor de Jesús, el profeta innovador, ¿no requiere hoy desconvertirnos de un cristianismo religioso propio de otros tiempos? ¿No nos llama Jesús a sentirnos libres incluso de sus propias ideas y prácticas religiosas, y a ser fieles a su impulso renovador, al Reino o a lo Hondo de su vida, para que el Evangelio siga también hoy abriendo el corazón a la bondad, la mente al Misterio, el mundo a lo nuevo?

 

José Arregi

DEIA

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