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NINGÚN ÉXITO EN LA VIDA JUSTIFICA EL FRACASO EN LA VIDA FAMILIAR

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En nuestro entorno tan dominado por el afanarse, la eficiencia, las luchas cotidianas y las complicaciones de la vida moderna, estamos acostumbrados a ocupar la mayor parte de nuestro tiempo en resolver diariamente una infinidad de problemas y situaciones, los cuales nos retan a actuar y a hacernos las preguntas de siempre: cuándo lo voy hacer y sobre todo, cómo lo voy a resolver.

Pero casi nunca nos preguntamos el qué.

· ¿Qué es lo más valioso para mí?

· ¿Qué propósito tiene para mí la vida?

· ¿Lo que estoy haciendo me satisface?

· ¿Qué deseo yo hacer de mi vida?

Por un lado, la vida es sin duda de una gran complejidad, ya que nosotros podemos muy bien tomar nuestras propias decisiones, pero resulta, que las consecuencias de nuestras decisiones están regidas por fuerzas mayores que no podemos controlar,  y por otro lado, disponemos de un tiempo de vida bastante limitado, por lo tanto es necesario establecer prioridades, y para eso, hay que previamente clasificar los asuntos según su importancia en esenciales, convenientes y accesorios.

¿Por qué a las cosas esenciales en nuestra vida le dedicamos usualmente tan poco tiempo y esfuerzo?

Por una razón muy sencilla: porque son invisibles!

Así es, lo esencial en la vida no se puede ver con los ojos.

Son las cosas del alma, que sólo las podemos sentir o percibir interiormente.

En nuestra sociedad de consumo tan mercantilista como se ha convertido, cuentan únicamente los objetos y servicios que se ven y que por lo tanto se pueden comprar y vender. El lucro y el materialismo son los criterios que llevan la batuta y por eso rigen los destinos de la gran mayoría, que sólo desea poseer cosas y acumular dinero.

Lo demás, lo que es invisible, se ignora, se omite, se excluye, olvidándolo como si no existiese.

Con mucho dinero puedes comprarte una mansión palaciega, pero no puedes comprar un hogar intacto, una vida familiar armoniosa y ni mucho menos adquirir los lazos de amor con tus seres queridos.

La vida familiar hay que vivirla y sufrirla, para poder crear esos indispensables vínculos invisibles de amor, atención, afecto, paciencia, consuelo, amistad, perdón, discernimiento, sensatez, paz interior, etc. que se requieren para crearla.

A la sala de estar de tu casa no le puedes dar un buen ejemplo, ni puedes aconsejar a un piso de mármol, ni mucho menos reconciliarte con una piscina.

Como ven, son todos atributos del alma, cualidades espirituales que única y exclusivamente se dan y se fortalecen recíprocamente entre seres humanos que se quieren.

Sin duda, tener una vivienda, por ejemplo, es necesario e importante, pero lo esencial es la vida familiar que dicha casa hospeda y que uno mismo vive todos los días.

La familia es lo más valioso, y por lo tanto, hay que dedicarle suficiente tiempo, amor y atención.

Es en el ámbito de nuestras relaciones personales, donde ese dominio invisible de lo espiritual se hace realidad y está en constante actividad. Ése es el sustrato donde la infinidad de lazos invisibles de amor nacen, se desarrollan, se influencian e intercambian, haciendo posible las relaciones humanas.

Los lazos espirituales de amor y de amistad, los cuales no se ven pero se sienten,  es lo que verdaderamente tiene valor y lo que cuenta en la vida. Eso es lo fundamental en la vida humana. 

La frase que uso como título de esta reflexión es de Fernando Parrado, uno de los sobrevivientes del avión uruguayo que se estrelló con 45 personas a bordo en 1972 en los Andes a una altura de 4.000 metros sobre el nivel del mar, accidente éste del que surgieron el libro  y la película “el milagro de los Andes”.

Los 27 sobrevivientes del accidente tuvieron que enfrentarse a duras condiciones ambientales para lograr sobrevivir con temperaturas bajo cero de -25 a -42 °C en las montañas congeladas, aún en plena época de nevadas, en medio de la primavera austral.

Fernando Parrado, uno de los únicos 16 pasajeros que lograron sobrevivir después de más de 2 meses de una colosal lucha por sus vidas, a 36 años de aquella historia que asombró al mundo, consiguió conmover a 2.500 participantes de un foro de negocios y capacitación empresarial, al transmitirles las lecciones que aprendió de sus experiencias durante y después de la tragedia de vivir 72 días sin agua ni comida, sobre un glaciar en plena Cordillera.

Su conferencia en ese foro de capacitación empresarial, la inició con el relato acompañado de fotos y videos de cómo y por qué, él y sus otros 15 compañeros lograron sobrevivir en un lugar y bajo condiciones donde no se podía sobrevivir. Parrado narró los momentos que lo marcaron de aquella terrible odisea a 4.000 metros de altura en la que perdió a su madre y a su hermana, además de buena parte de sus amigos.

Entonces sobrevino el momento más inesperado de la charla:

"Esta no es la historia que vine a contar", avisó. Y se puso contar entonces, que su verdadera historia empezó al regresar a su casa, sin su madre y su hermana, sin sus amigos de la infancia y al encontrar a su padre con una nueva pareja.

Y dijo entre otras cosas lo siguiente:

“Lo importante viene después del trabajo”.

“Las empresas son importantes, el trabajo lo es, pero lo verdaderamente valioso está en casa después de trabajar: la familia. No se olviden de quien tienen al lado, porque no saben lo que va a pasar mañana."

Con su insólito testimonio personal, el señor Fernando Parrado está transmitiendo una admirable y valiente exhortación para la reflexión, a cientos de miles de personas en el mundo, quienes desafortunadamente tienden a considerar como más valiosos al éxito profesional, al ganar mucho dinero y al prestigio de tener una posición gerencial, que su propia vida sentimental y familiar.

Parrado con su mensaje al mundo, está confirmando la gran importancia que tiene en nuestras vidas el hecho de reflexionar bien sobre las decisiones que estamos por tomar y que previamente deberíamos de establecer las prioridades: Qué es lo esencial, lo conveniente y lo accesorio para nosotros?

El señor Parrado así como innumerables personas anónimas han logrado reconocer y percatarse de lo esencial de la vida, sin embargo, después de experimentar en carne propia duras y trágicas experiencias.

La otra gran guía verdadera y vasta en enseñanzas, que disponemos para conocer y poder instruirnos sobre los temas esenciales de la existencia humana es la Biblia.

Las sagradas escrituras son las revelaciones de Dios, que como alimento espiritual del alma humana, se refieren casi exclusivamente a nuestras necesidades espirituales básicas o esenciales, las cuales son universales, es decir, son las mismas en todos los seres humanos que han existido en todas las épocas de la historia de la humanidad.

Como ejemplo transcribo a continuación un párrafo de la Biblia, que se refiere a lo más esencial de la vida de los hombres y las mujeres:

«Cuando los fariseos supieron que Jesús había hecho callar a los saduceos, se juntaron en torno a él. Uno de ellos, que era maestro de la Ley, trató de ponerlo a prueba con esta pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?». Jesús le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el gran mandamiento, el primero. Pero hay otro muy parecido: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.    

Toda la Ley y los Profetas se fundamentan en estos dos mandamientos.»

Mateo 22, 34-40

Ya lo afirmaba Jesucristo hace más de 2.000 años que el amar a alguien y el ser amado, es para todo ser humano la necesidad espiritual más importante, porque es una de las facultades humanas más esenciales.

Parrado en su conferencia confirma con otras palabras lo anunciado al mundo por Jesús, cuando asegura que “lo importante viene después del trabajo”.

¿Y qué parte de nuestra vida diaria vivimos y a qué personas les dedicamos nuestro tiempo y nuestra energía vital después del trabajo?

A nuestra familia y amigos, es decir, a nuestros seres más amados y más estimados, a quienes nos unen verdaderos lazos invisibles de amor y de cariño.

De nuestra vida, esa es la parte sentimental en la que expresamos libremente los sentimientos y nuestras necesidades emocionales, y en la que somos más auténticos, porque mostramos lo que de verdad somos y sentimos interiormente.

Más adelante en su discurso sigue diciendo el señor Parrado, con absoluta propiedad y con toda la razón, la lección que como conclusión final aprendió después de la odisea vivida en la montaña: “pero lo verdaderamente valioso está en casa después de trabajar: la familia.”

En este momento es oportuno y cabe preguntarse: ¿Por qué entonces la mayoría de la sociedad le dedica tanta atención, esfuerzos y energía vital a acumular dinero, al estudio y al trabajo, y terminan desatendiendo, ignorando y hasta sacrificando a su familia por lograr el éxito económico?

Multitudes se han dejado persuadir y convencer de los nuevos valores sociales egoístas, que han sido impuestos muy interesadamente por los bancos, la industria y el comercio a través de las adoctrinantes campañas publicitarias de los medios de comunicación, como por ejemplo: entre más dinero tengas más importante eres en la sociedad, entre más cosas y objetos poseas más digno y mejor persona eres, etc.

Debido al exceso de materialismo promovido en la sociedad, muchas personas han perdido el interés y el respeto por los valores cristianos tradicionales y no le dan ya importancia ni a su propia vida espiritual, ni a cultivar una relación personal con Dios.

Cada quien según sean sus inclinaciones, aquellos que son ambiciosos y que se han dejado seducir por las riquezas y el materialismo; y los otros, que son más conformistas y que han aceptado vivir una vida más sencilla, tendrán por supuesto, diferentes opiniones en relación al valor que tienen para ellos las actividades que se hacen durante el trabajo o bien las actividades que se hacen después del trabajo.

¿Cuáles actividades son las más valiosas para ti?

Independiente de tus inclinaciones y preferencias, yo personalmente te aconsejo lo siguiente:

Escucha primero lo que te dicen tu conciencia y los profundos deseos de tu corazón.

No te dejes persuadir por lo que hacen los demás, por lo que está de moda, ni mucho menos creer los mensajes manipuladores de la publicidad, de que la vida sólo se puede disfrutar y vivir con mucho dinero, para poder satisfacer todos aquellos antojos, que esa misma publicidad, sin darte cuenta, te ha metido en la cabeza.

Concluyo con un refrán muy famoso creado por la sabiduría popular, cuyo acierto y prudencia son insuperables:

“El trabajo es tan malo, que pagan por hacerlo”.

 

Gilberto Urrutia

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