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CUANDO CAEN LAS CREENCIAS: ¿VACÍO O LIBERACIÓN? (VIII)

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8. Soltar todas las creencias…

Las creencias son simplemente construcciones mentales. Por medio de ellas, la mente trata de “organizar” la realidad, queriendo encontrar un “sentido”, que le resulte coherente y le aporte seguridad. Esa es su riqueza y ese es también su límite, con los riesgos que implica.

Lo característico de las creencias es que les damos fe –en caso contrario, caerían por sí mismas- y, en mayor o menor medida, tendemos a identificarlas con la verdad.

Debido a ello, las creencias, paradójicamente, constituyen el mayor obstáculo para abrirnos a la verdad. Porque, al haberlas absolutizado, nos impiden ver todo lo que no se ajuste a ellas, que rápidamente lo descartamos o, sencillamente, lo ignoramos aun sin darnos cuenta.

Por su propia naturaleza, las creencias generan irremisiblemente fundamentalismo y fanatismo. Eso explica que todo creyente –si es realmente “creyente”- sea fundamentalista y, con mayor o menor intensidad, fanático. Porque su creencia, identificada previamente con la verdad, lo posicionará en un estatus de superioridad con respecto a aquellos que no la compartan, a quienes considerará confundidos en el error.

La historia nos ofrece muestras tan abundantes como dolorosas del sufrimiento inútil provocado por las creencias de todo tipo.

Porque, cuando hablo de creencias, no me refiero únicamente a las de contenido religioso. Creencia es toda aquella idea con la que me identifico y que me lleva a creer que “tengo razón” o que estoy en “lo cierto”.

El propio escepticismo que lleva a dudar de todo es también una creencia no confesada que se arroga nada menos que la descalificación de cualquier creencia que no sea la suya. Pero lo mismo pasa con el cientificismo, creencia reductora y dolorosamente empobrecedora de lo humano, y con el nihilismo, que tanto vacío engañoso y sufrimiento estéril produce.

En realidad, cualquier idea, concepto o pensamiento al que me aferro es una creencia, que produce los efectos que acabo de señalar. Y mientras siga aferrado a ella –sea la que sea- actuaré como un fundamentalista fanático.

No solo eso. La adhesión a una creencia necesariamente aliena. Porque, lo reconozca o no, me hace esclavo de una idea, es decir, de una simple construcción mental, por más que venga revestida de un carácter “sagrado” o “científico”. Me aleja de la realidad y me encorseta en la lectura –interpretación o etiqueta- que mi mente hace de la misma.

Por decirlo de un modo más concreto: cada vez que creo “tener razón”, he caído en la trampa de confundir la verdad con mi creencia. Porque la Verdad no conoce opuesto; por eso abraza todo. En el nivel relativo (aparente), hablamos de “verdad” y de “mentira” como opuestos. Sin embargo, eso solo tiene sentido en ese nivel; en el nivel profundo (real), solo hay Verdad.

Las construcciones mentales, sin excepción, son “verdaderas” en el nivel mental –del mismo modo que los sueños son “verdaderos” en el nivel onírico-, pero no son reales; pertenecen a lo que podríamos llamar el “mundo de las apariencias”.

Con lo cual, surge la pregunta decisiva: ¿qué es lo real? La respuesta es simple: lo que es, no la lectura que la mente hace de lo que es. La verdad, por tanto, es una con la realidad (lo que es), y no tiene nada que ver con ninguna construcción mental.

Ahora bien, si esta última afirmación la convierto en un mero concepto, ya he vuelto a confundirme. La verdad –como la realidad- no puede ser pensada y mucho menos “atrapada”; simplemente, es. Y entro en contacto con ella en la medida en que silencio la mente.

Por tanto, si ninguna construcción mental es real, el camino es claro: se trata de soltar todas las creencias –dejarlas caer-, para poder situarnos más allá (o más acá) de ellas, en la única certeza en la que todos sin excepción nos reconocemos: la certeza de ser. A partir de ella, y solo entonces, podremos dejarnos fluir con la vida, vivir lo que somos y experimentarnos realmente libres.

 

Enrique Martínez  Lozano

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