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NUEVA SABIDURÍA

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“Ningún hombre nace realizado; tan sólo con la posibilidad de realización” (Maestro Osho)

4 de septiembre, domingo XXIII del TO

Lc 14, 25-33

Lo mismo cualquiera de vosotros: quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo 

En su Carta a Filemón, Pablo le envía y recomienda a Onésimos diciéndole: "Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano muy querido para mí”. El comenzar de una nueva vida en libertad de espíritu, que el joven rico no fue capaz de afrontar a causa de su riqueza (Mt, 22). Simón y su hermano Andrés, en cambio,   dejando las redes al punto, le siguieron (Mc 1, 18).  En Tanhäuser, de Wagner, el protagonista, responde a la demanda de uno de los Caballeros Turingios que le pide les acompañe: “Mi destino es caminar hacia delante, sin volver, jamás, la vista atrás”.

Buda Shakyamuni lo elevó a categoría universal: “Al ver la Estrella de la Madrugada se iluminó y exclamó: En este mismo momento yo y todos los seres del Gran Universo realizamos el camino”.

Un camino -un Tao- que cada persona debe elegir y realizar desde dentro. Para el Maestro indio Osho (1931-1990, filósofo y místico, el primero de sus Diez Mandamientos dice: “No obedezcas nunca a ningún mandato a no ser que también provenga de tu interior”. Y, en El libro de los secretos escribe: “Eres libre. Puedes elegir realizarte, puedes no hacer nada al respecto. El hombre nace como una semilla. De modo que ningún hombre nace realizado; tan sólo con la posibilidad de realización”. En esto consiste realmente la  nueva sabiduría. Como el guitarrista norteamericano motivo de noticia en una cadena de televisión española, cuyo nombre no pude constatar, que se fue a Irak sin billete de vuelta con el propósito de crear una escuela de guitarra para los niños de la guerra.

La renuncia que Jesús demanda a sus seguidores es de desprendimiento, de no apego a los bienes materiales, de desvinculación de ideas, afectos y sentimientos que nos aprisionan en cárceles totalitarias que no toleran salidas de los caminos trillados del pasado, huérfanos y viudos de paisaje. Su caminar por ellos lleva impronta de formalidad almidonada, de pensamientos sin arrugas aunque superpoblados de carcomas. Infecciosos edificios a punto de derribo.

Parodiando la comedia de Shakespeare Mucho ruido y pocas nueces, diré que muchos se pasan la vida hablando sin llegar a compromisos de meta en nada. Y posiblemente también nosotros deberíamos preguntarnos con Leonato: “¿Tendría la mar tantas gotas como para lavar lo bastante su mancha y tanta sal como para devolver la frescura de su carne corrompida?”

Ítalo Calvino (1923-1985), novelista cubano de ascendencia italiana, escribió una obra de fantasía titulada Las ciudades invisibles. Su descripción de Dorotea puede ayudarnos a ampliar -y en su consideración, a desarrollarnos- en relación a lo anteriormente expuesto.

 

DOROTEA

De la ciudad de Dorotea se puede hablar de dos maneras: decir que cuatro torres de aluminio se elevan desde sus murallas flanqueando siete puertas del puente levadizo de resorte que franquea el foso cuya agua alimenta cuatro verdes canales que atraviesan la ciudad y la dividen en nueve barrios, cada uno de trescientas casas y setecientas chimeneas; y teniendo en cuenta que las muchachas casaderas de cada barrio se enmaridan con jóvenes de otros barrios y sus familias se intercambian las mercancías de las que cada una tiene la exclusividad: bergamotas, huevas de esturión, astrolabios, amatistas, hacer círculos a base de estos datos hasta saber todo lo que se quiera de la ciudad en el pasado el presente el futuro; o bien decir como el camellero que me condujo allí: ““Llegué en la primera juventud, una mañana, mucha gente caminaba rápida por las calles hacia el mercado, las mujeres tenían hermosos dientes y miraban derecho a los ojos, tres soldados sobre una tarima tocaban el clarín, todo alrededor giraban ruedas y ondulaban papeles coloreados. Hasta entonces yo sólo había conocido el desierto y las rutas de las caravanas. Aquella mañana en Dorotea sentí que no había bien que no pudiera esperar de la vida. En los años siguientes mis ojos volvieron a contemplar las extensiones del desierto y las rutas de las caravanas, pero ahora sé que este es sólo uno de los tantos caminos que se me abrían aquella mañana en Dorotea”.

 

Vicente Martínez

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