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LA NUEVA ESPIRITUALIDAD

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Poco conocido en España, el teólogo Matthew Fox es muy popular en Italia, sobre todo a partir del éxito editorial del libro “In principio era la gioia”, de 2011. En su momento Ratzinger condenó a Fox a un año de silencio pero en este momento ya habla y mucho. Recientemente la agencia Adista ha publicado una larga entrevista con él en la que afirma, por ejemplo: “Pienso que la religión institucional, tal como la conocemos, está a punto de acabar su curso, tanto en Oriente como en Occidente (…) Hoy vivimos el fin del catolicismo romano…”. Y añade: “La misma Tierra está llamando a muchos jóvenes a realizar nuevas formas comunitarias, una nueva unión entre contemplación y acción, entre justicia y profecía, que tiene lugar fuera de los monasterios e incluso fuera de las iglesias”.

Si he traído esta larga cita no es para discutir las tesis de Fox sino para mostrar un ejemplo de una de esas tendencias de nuestro momento, la que se podría anunciar de un modo muy esquemático: Religión no, espiritualidad sí.

Tengo para mí que muchos de los que se adhieren a esa formulación han hecho malas experiencias con la religión –sus dogmas, sus normas, sus amenazas– y piensan encontrar un ámbito nuevo que guarde lo mejor de la institución sin ninguno de sus condicionamientos. En mi opinión es un intento vano porque en definitiva son las espiritualidades las que siempre se han organizado como religiones y por tanto no creo en la profecía de Fox sobre su próximo fin.

Pero vengamos a la espiritualidad, una palabra hoy en boga. Hay que reconocer a sus valedores el mérito de haberla puesto en un primer plano pero añadiendo en muchos casos un elemento nuevo: se trata de una espiritualidad que no cuenta con la hipótesis Dios. Tradicionalmente espiritualidad equivalía precisamente a una experiencia de lo divino. Cortado ese punto de referencia, ha sido necesario buscar otros y sobre todo justificarlos.

Ojeando la literatura más a mano, me salen al paso una serie de mantras que se repiten una y otra vez: la profundidad, el no-dualismo (advaita), la renuncia al yo, la pertenencia al Todo. Pensando en ellas he recordado una tesis que publiqué hace años, de la que aún sigo convencido, y que podría formularse así: en cuestiones espirituales, las afirmaciones rotundas conducen a la secta o al esoterismo; la verdad ha de formularse en afirmaciones dialécticas. Es cierto que esa rotundidad goza de una fuerza y de un poder de seducción que es precisamente el de las sectas pero en definitiva sólo vale para los devotos que se adhieren incondicionalmente.

El cristianismo siempre ha sido dialéctico: a Dios nadie lo he visto nunca pero Jesús nos lo ha revelado; Jesús era un hombre pero en El habitó la plenitud de la divinidad; el reino de Dios ha llegado ya pero aún ha de venir; la Biblia es palabra de Dios pero a la vez palabra de hombres; hay que perder la vida pero sin dejar de dar fruto abundante… La serie podría continuar. Es esa tensión la que le confiere su dificultad pero sobre todo su riqueza.

En mi opinión, falta de esa dialéctica, la nueva espiritualidad, aparte de su tendencia al panteísmo, tiene ese aspecto de lo sectario, con afirmaciones no discutibles aptas solamente para sus creyentes. Veámoslo en algunos textos recogidos al azar.

“Si fiándome de la mente, me tomo por lo que ella piensa acerca de mí, me reduciré forzosamente a la apariencia de lo que soy, a un “objeto” aparente que responde al nombre de ´yo”. (…) Pero empieza por reconocer lo que no eres. Eso significa “dejar caer” todo aquello que puedes observar y nombrar adecuadamente: pensamientos, sentimientos, imágenes o ideas sobre ti mismo… Es claro que tú no eres ningún objeto que aparezca dentro del campo de la consciencia, porque tienes consciencia clara de ser “sujeto”, el que “está detrás” de todo aquello que es observable, el que ve, el que sabe…”.

A mi modo de ver, todo eso sólo tiene valor si se añade a continuación la adversativa: junto a lo que se dice en ese fragmento, lo cierto es que yo soy también mis ideas, mis sentimientos, mis acciones. Yo soy el que escribe este artículo, yo soy el que voto de esta o la otra manera, yo soy el que tiene tales o tales amigos Sin esa dialéctica, el resto me parece literatura construida en el aire útil sólo para adeptos.

“En su mundo, usted está verdaderamente solo, encerrado en su sueño siempre cambiante que usted toma por vida. Mi mundo es un mundo abierto, común a todos, accesible a todos. En mi mundo hay comunidad, comprensión, amor, calidad real; el individuo es lo total, la totalidad… en el individuo. Todos son uno, y el Uno es todo.”

Pero a la vez no hay que olvidar que, aun “encerrado en el sueño” de mi vida, soy un yo que me relacione con muchos tus en encuentros, pasajeros sin duda, pero llenos de experiencias y sentimientos Y que alguno de esos tus –ojalá no– puede agredirme con un machete al grito de Alá es grande. “Todos son uno y el Uno es todo” es bonito pero, eso sí es un sueño si no se añade que ese todo vive de diversidades.

“Las enseñanzas no-duales nos invitan a ver que no somos personas separadas. No estamos “aislados” de la vida y de los demás. Con esta realización, nuestra búsqueda termina. Nuestro conflicto con los demás se desvanece. A través de la realización no-dual, vivimos la vida totalmente en la simplicidad y la maravilla del momento presente”.

Un momento presente maravilloso pero –de nuevo la adversativa– en el que hay guerra en Siria, refugiados en Turquía, ajusticiados en Egipto, pateras en el Mediterráneo que no desaparecen porque me sumerja en la no-dualidad.

Conozco gente entusiasmada con esta espiritualidad. Temo que si no la completan, les sumerja verdaderamente en un sueño (Kant añadiría: un sueño dogmático).

 

Carlos F. Barberá

Atrio

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