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Libro de la biblia

* Cita biblica

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Fecha de Creación (Inicio - Fin)

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CONVITES

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No consigo entender cómo fue posible que mis criados no impidieran la entrada de aquella mujer en mi casa y ya nunca podré saberlo porque los despedí inmediatamente a todos.

Hace ya unos días del suceso, pero la escena no se ha borrado aún de mi recuerdo: el ambiente de la sala en que celebrábamos el banquete se cargó de pronto de tensión y aquella comida, preparada por mí hasta el último detalle, terminó siendo un fracaso.

Venciendo la resistencia de otros fariseos amigos y aunque eran también muchas mis desavenencias con Jesús, había decidido invitarle movido por la curiosidad de ver cómo se desenvolvía en un grupo que, bajo una elemental corrección, le era claramente hostil.

Todo transcurría en un ambiente de correcta frialdad cuando, sin previo aviso, irrumpió en la sala la última persona que hubiéramos deseado ver entrar en ella. Más de uno había frecuentado a escondidas el trato con aquella mujer, una de las más conocidas entre las que ejercían la prostitución en la vecina Séforis y por eso hubo un murmullo de escándalo cuando la vimos entrar con su larga melena pelirroja suelta, su túnica ceñida y un frasco de perfume en las manos.

Sin decir ni una palabra se puso detrás del asiento sobre el que se reclinaba Jesús, rompió el frasco y ungió sus pies besándolos y enjugando el perfume con sus cabellos.

Estábamos tan desconcertados que nadie dijo nada pero Jesús debió leer en mi rostro lo que estaba pensando y se dirigió a mí diciendo: "- Simón, tengo algo que decirte".

"- Di, maestro", contesté esperando una explicación de por qué consentía aquel comportamiento pero, en lugar de eso, tuvo el atrevimiento de contarme una extraña historia sobre dos deudores con deuda desigual a los que el acreedor perdonó sus deudas, planteándome luego la pregunta que solo admitía una única respuesta:

"- ¿Quién de los dos te parece que le amará más?".

Mi respuesta, inevitable, era precisamente la que él estaba esperando escuchar:

"- Pienso que aquel a quien más perdonó".

Tuvo la desfachatez de decirme entonces: "-Has respondido bien" para, a continuación, ensartar una lista de reproches acerca de todo aquello en lo que yo había fallado como anfitrión. Quizá había advertido que los gestos que yo había omitido eran mi manera de marcar ante los otros convidados mis diferencias con él.

Por eso lo que me resultó más humillante fue que me dijera: "-¿Ves a esta mujer?" y que la pusiera ante mí como un modelo a imitar, cuando todos, menos él al parecer, sabíamos qué clase de vida llevaba.

¿Mirarla yo? ¿Aprender de ella yo, fariseo de pura cepa, hijo de Abraham, discípulo de Moisés? Pretextando un súbito malestar me ausenté de la sala y mis invitados se marcharon también de inmediato.

A los pocos días un escriba amigo mío me contó la última parábola que había oído de labios de Jesús: un señor preparó un espléndido banquete invitando a las personas más ilustres y significativas de la ciudad, pero ellos, uno por uno, se fueron disculpando y no acudieron.

Cuando el anfitrión vio vacía la sala del banquete, mandó a sus servidores que fueran por calles, plazas y arrabales a buscar a todos los que encontraran sin tener en cuenta su condición y que les hicieran entrar.

No dije nada al escriba pero sentí que, a través de aquella historia que Jesús sabía llegaría hasta mí, estaba él prolongando la tensa conversación que habíamos mantenido en mi casa. Y era como si me estuviera diciendo:

"- Simón ¿ves a todos estos convidados que se sientan ahora a mi mesa? Son gente sin importancia, no poseen tus conocimientos ni se consideran capacitados, como tú, de emitir juicios. No cumplen los 613 mandamientos de la Torah, ni disponen de casa, fortuna o renombre como tú. Son una pobre gente a la que, como a la mujer que ungió mis pies en tu banquete, tú y los tuyos despreciáis y juzgáis. Pues te aseguro que ellos os precederán en el Reino porque, aunque sus manos y sus vidas estén manchadas, su corazón es humilde y pobre y son capaces de acoger el perdón y agradecerlo".

Han transcurrido varias semanas pero yo aún no he conseguido recobrar la paz de espíritu y menos después de llegarme ayer un mensaje de parte de Leví el publicano, alguien a quien desprecio y que me acosa con el pago de unos impuestos que aún le debo.

Él ha abandonado ya sus negocios y se ha unido al grupo de Jesús y en su mensaje me decía que celebraba un banquete en su casa en honor de su Maestro y que Jesús había expresado su deseo de que me invitara a mí también.

Mi corazón ha dado un vuelco imaginando lo inimaginable: ¿desea Jesús estar conmigo de nuevo a pesar de los desaires que le hice? ¿Me está enviando una señal de que su perdón y su amistad siguen estando abiertas ante mí? Es verdad que el precio será el de sentarme a la mesa con todos esos amigos de Leví que siempre me han parecido despreciables, pero ¿y si no fueran como yo los juzgo? ¿y si tuviera razón la parábola que Jesús me contó sobre los que aman más porque se les ha perdonado más?

Después de una noche sin dormir, he tomado la decisión: iré, compartiré esa mesa y le diré a Jesús: "- Maestro, hoy soy yo quien tiene algo que decirte". Y le contaré la historia de un hombre al que le fue perdonada su enorme deuda de dureza y de soberbia. Y por eso busca ahora, torpemente, mostrar su mucho amor a aquel en quien encontró un perdón tan inmerecido y una amistad tan inesperada.

 

Dolores Aleixandre

(Un tesoro escondido. Las parábolas de Jesús. Ed CCS)

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