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Fecha de Creación (Inicio - Fin)

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APRENDER A COMULGAR

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“Al entrar en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogando: “Señor, tengo en casa un criado que está en casa paralítico y sufre mucho”. Jesús le contestó: “Voy a curarlo”. Pero el centurión le replicó: “Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano”. (Mt 8,5-17)

Habituados desde niños a recibir la eucaristía, fácilmente podemos hacer de la comunión un gesto vacío y rutinario, sin apenas contenido alguno para nuestra vida. Las palabras del centurión, “yo no soy digno de que entres en mi casa”, que pronunciamos al comulgar, parecen ser una invitación a recibir al Señor de manera más viva y renovada.

La preparación litúrgica comienza con el rezo del Padrenuestro. Puestos en pie y sintiéndonos hijos del mismo Padre, invocamos a Dios con las palabras que Jesús nos enseñó, pidiendo que “venga su Reino”. Pedimos también a Dios el perdón al mismo tiempo que nos perdonamos unos a otros. De esta manera, el Padrenuestro nos configura como comunidad fraterna hecha de perdón y amor mutuo. A comulgar no vamos aisladamente, cada uno por su lado, sino como comunidad reconciliada que busca el encuentro con un Dios Padre de todos.

Precisamente por eso, nos damos a continuación el abrazo de paz, que es un gesto que invita a romper distancias y aislamientos, y a suprimir odios y divisiones entre nosotros.

El rito se inicia con una oración del sacerdote en la que, en nombre de una Iglesia pecadora pero creyente, se pide a Jesucristo la paz y la unidad. Después, respondiendo a su invitación, nos damos fraternalmente la paz. El gesto concreto puede ser muy variado: una abrazo, un apretón de manos, un beso, una inclinación de cabeza, una sonrisa... No es un mero gesto de amistad, sino expresión de la paz que el Señor nos regala y nosotros nos comunicamos unos a otros. Si el gesto no es caricatura, es el momento de restañar heridas, reforzar vínculos amenazados, reavivar nuestra solidaridad y comprometernos a construir la paz.

Después de recitar todo el “Cordero de Dios”, el sacerdote muestra el Pan eucarístico y nos llama a tomar parte en la Cena del Señor. Es una invitación a la fe y la vigilancia. Dichosos si en ese momento nos sentimos llamados a comulgar hondamente con Cristo.

Con actitud humilde (“Señor, yo no soy digno”) pero confiada, en procesión ordenada y pausada, cantando desde lo hondo del corazón algún canto apropiado, nos acercamos con fe a comulgar.

El silencio agradecido y la oración conclusiva ponen fin al rito de la comunión. Alimentados por el mismo Cristo nos sentimos enviados a trabajar por un mundo más humano y fraterno. Sostenidos por él podemos seguir caminando con esperanza.

 

Juan Jáuregui Castelo

Periodista Digital

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