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EL PRIMERO Y LO PRIMERO

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Lc 9, 51-62

No se puede servir a dos señores. Y mucho menos a tres, cuatro, o los que se nos antojen. Pero lo hacemos. Ahí está el culto a nuestra imagen (¡cuánto tiempo gastamos en cultivarla!), el afán de prestigio (¡cuánto invertimos en sobresalir en lo que sea para despertar admiración!), el deseo de tener los mejores medios que nos hagan la vida y la evangelización supuestamente más fácil (¡poderoso caballero es don Dinero!), o el apego desordenado a las personas (¡qué difícil es desprenderse de los afectos!). Pero en este episodio del evangelio del domingo 26 de junio, el Señor nos recuerda que, si queremos aceptar su invitación, hay que dejar todo lo demás en un segundo plano. Solo Dios debe ser el primero y lo primero. Y lo dice con contundencia, sin paños calientes: El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.

Jesús quiere ser claro en este momento en el que ya ha tomado la decisión de ir a Jerusalén, con lo que eso significa. La cruz a un paso. Cuanto más radical es la entrega, más tentaciones aparecen en el camino. Quiere fortalecer nuestro deseo y hacer consciente en nosotros que, para seguirle, es fundamental que Él esté en el centro de nuestra vida de forma absoluta.

Para que entendamos la exigencia del seguimiento, el evangelista Lucas recoge tres encuentros:

- En el primero, un discípulo le dice al Señor, con cierta ingenuidad y llevado por un “golpe de afecto”: te seguiré adondequiera que vayas. La respuesta del Maestro le debió de dejar perplejo: el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. Una buena forma de rebajar impulsos platónicos. De hecho, no habían encontrado alojamiento en su trayecto a Jerusalén.

- En el segundo, el Señor llama de forma directa, sin rodeos, a otra persona que le contesta con una evasiva: Déjame primero ir a enterrar a mi padre. Una excusa para no decir a las claras: “tengo otros compromisos a los que atender; cuando esté libre ya iré”. Lo malo es que hasta nosotros mismos terminamos creyendo que, efectivamente, iremos después, cuando hayamos solucionado todo lo que tenemos pendiente. Un engaño habitual.

- El último personaje, en línea con el anterior, también “da largas”: te seguiré, pero déjame despedirme primero de mi familia. La cuestión era dilatar en el tiempo el momento decisivo de dejarlo todo por Él, incluidas las personas con las que tenemos un vínculo especial. No terminamos de “arrancar”, como sí hizo Eliseo -tal y como recoge la primera lectura-, quien había pedido despedirse de los suyos para convertirse en discípulo de Elías, no en un futuro, sino en el presente: Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo. Y así lo hizo.

Seguir a Jesús posee un halo de romanticismo con tintes bohemios que resultan atractivos; pero esa imagen “alternativa”, debe ir acompañada de una disponibilidad inmediata en la respuesta y de fidelidad en la dureza del camino. Es lo que tiene la entrega. Que exige una desposesión radical, sin paliativos. La ventaja, sin embargo está en que, cuando el Señor es el primero y lo primero, emerge tras la renuncia –tal y como nos recuerda san Pablo en la segunda lectura– la verdadera y añorada libertad.

 

María Dolores López Guzmán

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