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Quiero que me entregues tu corazón por propia voluntad, por propio convencimiento (Selim a Constanza, El rapto en el serrallo)

29 de mayo, festividad del Corpus Christi

Lc 9, 11b-17

Les contestó: Dadles vosotros de comer

El Corpus Christi tiene sus orígenes en el amanecer del siglo XIII en Bélgica. La promovió la religiosa Juliana de Cornillón con la idea de celebrar una festividad en honor al cuerpo y sangre de Cristo. El papa Urbano IV la hizo extensible a toda la Iglesia en 1264.

Ha sido interpretada por la Cristiandad como presencia real en la Eucaristía: recuérdese el hecho milagroso de Bolsena acaecido en 1263. La Carta Magna de los católicos ha sido las palabras de la última cena: “esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”, a cuyo significado literal se han mantenido adheridos desde los primeros tiempos. Los reformadores protestantes, en cambio, coincidieron más en que lo que Jesús quiso dejarnos fue una memoria, un recuerdo.

Hoy existe una fuerte corriente en la Iglesia Católica Romana que niega esa presencia real en la eucaristía y pone especial énfasis en la idea de recuerdo, aproximándose así a las Iglesias protestantes, que lo toman como un símbolo. Parece ser que éste era el sentido que le atribuían los primeros cristianos en sus celebraciones. Sólo un par de citas como testimonio de esta corriente. Juan Mateo comenta: “La identificación del pan con su persona no puede ser más que simbólica”; y Fray Marcos dice: “Está muy claro que comer materialmente el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo verdaderamente importante”.

El pintor holandés Gérard de Lairesse (1640-1711) inmortalizó la escena en su óleo La institución de la Eucaristía. Y el teólogo José Mª Castillo comenta en su obra La religión de Jesús, -Ed. Descleé de Brouwer 2015- el hecho en estos términos:“Un ritual que, como todos los rituales religiosos, tranquiliza las conciencias, pero no modifica las costumbres. Y, a veces, se utiliza como acto de ostentación y pompa solemne, que fomenta la adoración y la devoción, pero no transforma ni a la Iglesia, ni a la sociedad. Ejemplo, la fiesta del Corpus. El amor no puede forzarse y, como le dice en la ópera de Mozart Selim a Constanza: “Quiero que me entregues tu corazón por propia voluntad, por propio convencimiento”.

“Por eso hoy día,” prosigue José Mª, “de la eucaristía, hay que preguntarse: ¿seguimos creyendo en Jesús? ¿De qué nos sirve el Evangelio?”.

El poeta Antonio Murciano (1929-2015) nos presenta sucesivamente en su soneto Corpus Christi, primero la exaltación de Cristo Eucaristía, luego la naturaleza viva y la inerte, y en los últimos versos, una llamada urgente al hombre para que se rinda ante ese Cristo humilde y caminante -poco de pan, copo de pan- que pasa una y otra vez ante nosotros. Pasa vestido de mendigo, desempleado, hambriento, enfermo, solitario, abandonado, que nos invita a vivir la Eucaristía, no como milagro ni misterio, sino como lugar de encuentro con los más necesitados.

 

CORPUS CHRISTI

Que viene por la calle Dios, que viene 
como de espuma o pluma o nieve ilesa; 
tan azucenamente pisa y pesa 
que sólo un soplo de aire le sostiene. 

Otro milagro, ¿ves? Él, que no tiene 
ni tamaño ni límites, no cesa 
nunca de recrearnos la sorpresa 
y ahora en un aro de aire se contiene. 

Se le rinde el romero y se arrodilla; 
se le dobla la palma ondulante; 
las torres en tropel, campaneando. 

Dobla también y rinde tu rodilla, 
hombre, que viene Cristo caminante 
—poco de pan, copo de pan— pasando.

(Antonio Murciano)

 

Vicente Martínez

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