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Libro de la biblia

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Fecha de Creación (Inicio - Fin)

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NO HAY DOS SIN TRES

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Jn 16, 12-15

Jesús mostraba cierta predisposición a dejarnos intrigados y con ganas de más: voy a prepararos un lugar…, donde yo voy no podéis venir… Frases que hemos escuchado en el tiempo pascual que nos hablan de que todavía queda algo pendiente y por descubrir. En la lectura del domingo 22 de mayo, tras la experiencia pasada de Pentecostés, cuando todo parecía ya colmado, insiste: muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora.

El Señor ha muerto y resucitado –lo hemos presenciado y certificado–, y san Pablo nos recuerda en la segunda lecturaque ya hemos recibido la justificación por la fe –lo creemos y anunciamos porque “está hecho”–; ¿qué nos falta? ¿Qué más se puede pedir o esperar? La muerte está vencida, la gracia derramada, la Ley superada. ¿Es que hay algo más?

Lo cierto es que, conociendo a este Dios, todo es posible. La Buena Noticia es inagotable, continuamente trae algo nuevo, siempre va a más.

Existen múltiples motivos para celebrar. Jesucristo nos ha regalado incontables momentos para el recuerdo. Y sin embargo, en este texto el evangelista recoge algunas de las palabras del Maestro a las que conviene prestar especial atención, porque en ellas nos presenta abiertamente “el corazón de su corazón”, ese “todavía más”, su secreto no tan guardado, pero sí reservado, aquello por lo que nuestra alegría está llamada a crecer sin término: su pertenencia a un Dios que es Trinidad. Que hay un Padre por el que ha venido al mundo en estado de puro desvelo por nosotros; que su Hijo es nuestro mejor amigo y aliado, que lo ha dado todo por rescatarnos de nuestros abismos; que existe un “tercero en concordia” –porque no hay dos sin tres–, un Espíritu alentador, que nos ayuda a entender poco a poco esta sorprendente Vida Divina que nos parece ajena, y que sin embargo puede convertirse en nuestra mejor fuente de inspiración.

La Trinidad es motivo de celebración y tiene algo que decirnos a nuestras vidas. Porque nos presenta a un Dios plagado de rasgos sugerentes y atractivos. Absolutamente ejemplar. Un Dios que no es un “solitario” porque todo lo comparte (con nosotros y también entre las tres Personas divinas); que no va por libre, a su aire, sino que nos hace dignos y libres (porque cuenta con todos, ellos incluidos, para su “plan de acción” previo consentimiento); y que “se muere” literalmente por darse y comunicar lo mejor de sí mismo, su intimidad. Y en esas está el Espíritu, el encargado de conducirnos a conocer y gustar esa verdad insondable e infinita de un amor que, por ser “a Tres”, se multiplica.

Cada Persona tiene su momento, y este es el de la Tercera Persona de la Trinidad. Ahora que el Hijo ya “ha hecho lo suyo”, le toca el turno a quien más se nos escapa, pero quien mejor conoce lo que ha sucedido. Él es quien sabe la identidad del Padre y el Hijo, el vínculo que los une, la naturaleza del amor infinito propio de Dios; quien se ha hecho cargo del “más difícil todavía”: darnos unos ojos y un corazón nuevos que nos permitan ver y reconocer la victoria del Señor; a quien debemos invocar una y otra vez, para que no solo conozcamos lo que está pasando, sino además la maravilla de lo que nos tiene preparado y está aún por venir.

 

María Dolores López Guzmán

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