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DEJARNOS HABITAR POR EL AMOR

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Jn 14, 23-29

El evangelio de hoy es una parte del discurso que Juan sitúa como las palabras de despedida de Jesús en la Última Cena. Por ello, entendemos que, en él, el evangelista quiso resaltar lo que le parecía fundamental de las enseñanzas de Jesús para quienes, posteriormente, nos convirtiéramos en seguidores del Maestro. De algún modo, Juan lo presenta como las “últimas voluntades” de Jesús, la herencia que deseaba dejar a sus discípulos.

Podemos, por tanto, leer este evangelio y orar con él en esta clave. Estas palabras hoy Jesús te las dice a ti, me las dice a mí, queriendo que queden grabadas en lo más profundo de nuestro ser como su legado más precioso. Y, si algo llama la atención al leerlo es, quizás, las veces que se repiten dos términos: el sustantivo “Padre” y el verbo “amar” en distintas formas verbales. Jesús reafirma, una vez más, a sus amigos, lo que es la esencia de todo su mensaje: que todo lo que ha realizado (en obras y palabras) nace de la experiencia filial y de amor que tiene de Dios, su Abba.

No sólo Él se sabe Hijo, sino que nos hace a nosotros hijos y hermanos, incluyéndonos en el círculo de amor infinito que tiene con el Padre para que también nosotros podamos llamarle así. Jesús nos abre las puertas de su relación con el Padre y con la Ruah, nos introduce en la experiencia de comunión y de amor de la Trinidad. Nos posibilita adentrarnos en lo más íntimo de su hogar al tiempo que Él atraviesa lo más íntimo del nuestro (“haremos morada en él” (Jn 14,23)).

No nos deja solos, nos promete la continuidad de su presencia en el Defensor, en el Espíritu Santo que el Padre enviará en su nombre. Él no estará físicamente, pero la resurrección hará que su presencia sea nueva en la comunidad de los creyentes. El Amor que hemos recibido del Padre por Jesús seguirá latiendo siempre a través de su Espíritu.

Jesús promete así amor, paz, fuerza, presencia, alegría… Pero, como siempre, nos recuerda que “todo es don y tarea” y que nosotros también debemos poner de nuestra parte: “el que me ama guardará mi palabra”, “que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”, “si me amarais, os alegrarías de que vaya al Padre”.

Tres claves importantes: guardar su palabra (v.23), no ser cobardes (v.27) y alegrarnos (v.28).

- “Guardar su Palabra”, como María, en el corazón. Escucharle y hacer que su Palabra tome cuerpo en nosotros. Estar atentos a lo que dice y obedecerle.

- “No ser cobardes”: confiar en Él y anunciar sin miedo su Palabra viva y eficaz. No acobardarnos ante las dificultades y ser capaces de vivir, _quizás muchas veces contracorriente_, según su Palabra. No ser temerosos a la hora de denunciar las injusticias, de sacar a la luz aquello que va en contra del Evangelio, de posicionarnos al lado de los más pequeños como hacía Jesús.

- “Alegrarnos”: con una alegría que nace de la confianza absoluta en Quien nos ama hasta el extremo, de la certeza de que su presencia está entre nosotros en el Espíritu que nos enseña y aconseja, si sabemos escucharle.

Y todo ello, desde algo fundamental: hacer vida el amor que de Él hemos recibido y amarle como Él nos amó. “Si me amarais” (14,23.27), nos dice… Y en Jesús hemos descubierto que el verdadero amor no es una disquisición filosófica o un sentimiento bello, sino una experiencia real de compromiso, donación, entrega absoluta, perdón incondicional, búsqueda del bien del otro…

Amarle a Él se concreta, como bien sabemos, en el amor al prójimo. Sólo ello nos llenará de alegría profunda. Sólo ello nos dará la paz verdadera. La que todos anhelamos.

 

Inma Eibe, ccv

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