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LA MUJER ADÚLTERA E INDEFENSA

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Jn 8, 1-11

Nos acercamos a la Buena Noticia de este domingo desde tres perspectivas diferentes:

En primer lugar seguimos la recomendación de san Ignacio de Loyola y nos situamos en la escena “como si presentes nos hallásemos”. La imaginación y la empatía nos ayudarán a conectar con el texto.

En las últimas excavaciones realizadas junto a la muralla de Jerusalén han encontrado una vasija con un manuscrito. El texto dice así:

Esdras, escriba de Jerusalén, a la comunidad cristiana que se reúne los domingos en casa de Leví, para celebrar la cena del Señor:

Me habéis pedido que escriba todo lo que recuerdo del día en que quisieron apedrear a una mujer sorprendida en adulterio. Aunque han pasado varios años desde entonces lo recuerdo como si fuera hoy, porque nunca había visto nada parecido. Y tal como recuerdo el episodio os lo narro, con toda fidelidad, para que se mantenga viva la memoria de Jesús.

Yo tenía mi mesa de escriba en la explanada del templo. Allí iba la gente a pedirme que le redactara todo tipo de documentos. Sobre todo me pedían el “libelo de repudio”, con ese documento los maridos podían repudiar a sus esposas y romper el contrato matrimonial. Escribí cientos de libelos.

A menudo me temblaba la mano al firmarlos, porque pensaba en la situación en la que quedarían las mujeres que no podían volver con sus familias y vagarían por las calles, por motivos tan sucios como que se les había quemado la comida o se habían entretenido con sus amigas hablando en la fuente. Pero era mi trabajo y gracias a él podía llevar cada día unos denarios a casa.

La explanada, como cada día, estaba llena de gente que entraba y salía del templo. A menudo formaban corrillos de paisanos que comentaban la situación política de Israel. Cerca de donde yo me sentaba a diario a trabajar se sentaba Jesús a predicar.

De repente hubo un alboroto tremendo. Vi que un grupo de hombres avanzaba hacia Jesús en medio de un fuerte griterío. Cuando se iban acercando me di cuenta de que en medio del grupo caminaba a trompicones la mujer que hace unos días había sido sorprendida en adulterio.

Los hombres formaron un corro en torno a Jesús y el anciano Cleofás empujó con tanta fuerza a la mujer hacia el centro del corro que ella cayó al suelo; se quedó tirada, sin atreverse a levantar la vista.

El grupo gritaba casi al unísono: “Hay que matarla, alejemos el mal de entre nosotros…”

Jesús les miró fijamente y les dijo:

- ¿Qué trampa queréis tenderme hoy?

Ellos se quedaron sorprendidos. Y Elimas, el fariseo más anciano del grupo, tomó la palabra y dijo:

- Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras, sólo tenemos que fijar una fecha para apedrearla y queremos cumplir a rajatabla la Ley. Tú, ¿qué dices?

Jesús guardó silencio. Jafet, el escriba, se situó en el centro, muy cerca de la mujer y con voz grave nos dijo:

- Os recuerdo que la ley de Moisés es muy clara respecto a los adulterios: El Levítico nos advierte que “Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo serán castigados con la muerte él y la mujer”[1]. Y el libro del Deuteronomio nos manda que “Si un hombre fuere sorprendido acostado con una mujer casada, serán muertos los dos: el hombre que se ha acostado con la mujer y la mujer. Así harás desaparecer el mal de en medio de Israel” [2]

Se hizo un silencio sepulcral, como cuando se lee la Torá en la sinagoga; luego un murmullo de voces repetía al unísono: “Así harás desaparecer el mal de en medio de Israel. Así harás desaparecer el mal…”

Entonces Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo. Ninguno entendíamos lo que hacía, pero lo que era evidente es que el ambiente se crispaba por momentos y que ese modo de reaccionar parecía una burla para quienes esperaban impacientes una respuesta.

Los escribas y fariseos le habían llamado maestro, le habían pedido su opinión y Jesús jugaba con la arena como los chiquillos cuando juegan con las canicas. Parecía que escribía algo en el suelo. Un buen rato después, cuando la impaciencia y los murmullos iban en aumento, les dijo:

- Es evidente que si pretendo liberar de la lapidación a esta mujer podéis lapidarme a mí, por no cumplir la ley.

Ellos asintieron con la cabeza. Y continuó diciendo:

- Todos conocéis bien la historia de esta mujer. Muchos la habéis deseado y no la habéis conseguido. Todo el que mira a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón[3]. La ley dice que el varón que se sienta más ofendido por la culpa de una mujer debe ser el primero en tirarle una piedra, para que dé comienzo la lapidación. Aquel de vosotros que pueda decirnos hoy públicamente que su corazón está libre de adulterio que le tire la primera piedra.

Jesús se colocó en el centro del círculo, junto a la mujer y fue mirando fijamente a cada hombre. Elimas fue el primero en retirarse; todos sabíamos que muchos días, al anochecer acostumbraba a salir de la ciudad buscando las tiendas de pieles en las que las prostitutas ofrecían sus servicios. Pero cuando entraba en el templo a orar lo hacía con tanta elegancia que parecía el mejor de los judíos.

A continuación se dio la vuelta su hijo y se marchó con él. Luego se retiró Jafet. Y así, uno tras otro, empezando por los más viejos, fueron deshaciendo el círculo y alejándose por la explanada. Algunos se volvían para mirar a la mujer, cuchicheaban en voz baja y la señalaban con el dedo.

Jesús ayudó a la mujer a ponerse de pie y con delicadeza le quitó las lágrimas de las mejillas. Ella le miraba sorprendida, como si no acabara de creerse lo que había ocurrido.

- Jesús –le dijo– creí que te matarían a ti también. ¿Por qué te has jugado la vida por defenderme? Es verdad que soy adúltera y que en mi vida…

- Calla, mujer, no te culpes –le dijo, poniéndole su mano sobre los labios para que no siguiera hablando– no eres más adúltera que ellos. Tú tienes una historia que te ha empujado al adulterio. Ellos se sienten dueños y señores de los cuerpos de las mujeres. ¿Dónde están los que te acusaban? ¿Dónde está el hombre con el cometiste el adulterio?

Ella miró a su alrededor y vio que no había nadie. Le dijo:

- No están, todos se han ido. ¿Qué vas a hacer conmigo?

Jesús le dijo:

- Yo no te condeno. Anda, vete y en adelante no busques en cisternas agrietadas un agua que no sacia tu sed.

Ella temblaba, quizá de miedo y de emoción. Jesús extendió su manto y la cobijó, como si de este modo quedara al abrigo de quienes le lanzaban la ley de Moisés como arma arrojadiza. Juntos se alejaron de este lugar en el que ella había nacido de nuevo.

Al día siguiente, cuando Jesús volvió de nuevo a predicar, vi que a sus pies estaba ella, escuchándole absorta.

Cuando Jesús acabó de hablar se puso a jugar con algunos niños que se habían acercado. La mujer me miro sonriendo, se llevó la mano al corazón y se vino junto a mi mesa.

- ¡Estás desconocida! – le dije- De ayer a hoy tu rostro se ha llenado de vida.

- Cuando Jesús me cubrió con su manto sentí la necesidad de seguirle. Sabía que a su lado encontraría el camino del Manantial y no necesitaría saciar mi sed en otras fuentes. Le pedí formar parte de su grupo y él me llevó a la casa donde viven su madre, María Magdalena y otras mujeres que le acompañan y le sostienen con sus bienes. Ellas me han acogido como una hermana más y me han hecho sitio en la casa. El Señor ha ensanchado el espacio de mi tienda. Ayer me traían a rastras, llorando y hoy he venido cantando.

Recogí los manuscritos que tenía sobre la mesa. Yo también necesitaba encontrar el Manantial y librarme de las ataduras de un trabajo que me hacía cómplice de la injusticia. Me acerqué a Jesús, pero antes de decirle nada, él me dijo:

- Esdras, hace días que te estoy esperando. Ven y sígueme.

Desde entonces sigo siendo escriba, pero ahora pongo por escrito las palabras de Jesús y sus hechos, para mantener viva su memoria en las comunidades.

Era domingo. Esdras enrolló el pergamino, y salió de su casa para ir a celebrar la cena del Señor en la comunidad y entregarles lo que había escrito. No eran sólo recuerdos, entregaba también su encuentro con Jesús y la narración de su vocación. Así, cada domingo, la comunidad reavivaba su fe con los testimonios de quienes llevaban la Buena Noticia en su corazón.

En segundo lugar nos acercamos al texto del Evangelio con el periódico en la mano.

Buscamos en los medios de comunicación lo que ocurre hoy, dos mil años después, en situaciones semejantes a la de la adúltera, a pesar de haberse firmado la Declaración Universal de Derechos Humanos” (10 de diciembre de 1948).

El 6 de marzo han quemado viva a una mujer india. Su marido y un grupo de hombres del pueblo le han aplicado el “código del honor”, porque ella huyó de su pueblo y de su marido 8 años antes. Al volver a reencontrarse con su familia, pensando que sería perdonada, la golpearon, la rociaron con benzeno y le prendieron fuego. Murió abrasada viva. Se calcula que mueren unas mil mujeres al año en India, porque se les aplica este código. La mayor parte de sus verdugos ni siquiera son acusados. Los hombres se protegen entre ellos para guardar silencio y destruir las pruebas.

No se considera un deshonor casar a mujeres, incluso a niñas, con quienes deciden otras personas, aunque ese matrimonio sea repugnante por la diferencia de edad o por otros motivos. Pero las mujeres son condenadas a muerte cuando toman la vida en sus manos y deciden cómo y con quien quieren vivir. O les echan ácido en el rostro, que es otra forma de matarlas lentamente.

¿Qué hubiera pasado si un hombre del grupo de la India se hubiera plantado y hubiera defendido a esa mujer? El texto del evangelio nos presenta la actitud de Jesús frente a la mujer adúltera como algo totalmente revolucionario. Se jugó la vida porque no contribuyó a ejecutar lo que decía la ley de Moisés y esa actitud ante la ley implicaba la muerte. Hizo una apuesta fuerte, clara, valiente. Y nos mostró el camino, ya sea para contribuir a paliar las grandes desigualdades sociales como para trabajar en nuestros contextos concretos y cercanos.

En tercer lugar descubrimos las piedras que llevamos en las manos.

- «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

¿Sería esto lo que estaba escribiendo Jesús en el suelo? Esta frase nos confronta hoy, invitándonos a mirarnos las manos para descubrir las “piedras” que estamos dispuestos a lanzar, además de las que guardamos en el zurrón, en reserva.

Cada juicio y cada pre-juicio son como piedras que lanzamos (a menudo con mucha puntería) para dañar o destruir la fama de una persona. Cada mentira es como una piedra que herirá a alguien, sin duda. Decimos “frases asesinas” que son como cuchillos que se clavan en el corazón ajeno. Cuando recordamos el daño que nos ha hecho una persona y se lo echamos en cara reiteradamente es como si le tiráramos las piedras que cuidadosamente hemos guardado en el zurrón, durante años, esperando el momento apropiado para lanzar la munición.

Quizá hoy el evangelio nos sugiere algo así: No te condeno, pero suelta la piedra que tienes en tu mano; vacía también tu corazón y tu mente de todas esas piedras que guardas, esperando la ocasión para tirarlas. Y que el Amor llene ese espacio vacío que has recuperado y te impulse a trabajar por quienes están al borde del camino, recibiendo pedradas.

Además de interrogarnos sobre nuestras propias actitudes personales es preciso mirar atentamente lo que ocurre en nuestras familias, trabajo, comunidades cristianas, etc. ¿Denunciamos con valentía las desigualdades? ¿Hacemos propuestas coherentes de corresponsabilidad e igualdad? ¿Somos referencia a la hora de vivir unas relaciones igualitarias, al estilo de las que propuso y vivió Jesús de Nazaret?


[1] Levítico 20, 10

[2] Deuteronomio 22, 22

[3] Mateo 5, 28

 

Marifé Ramos González

http://www.mariferamos.com/

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