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¿UN SACRAMENTO ANTI GALLINERO?

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Hay gallineros que tienen travesaños a diferentes niveles para acomodar a las gallinas. En esos gallineros, las gallinas encaramadas en el palo de arriba se alivian sobre las gallinas de los palos inferiores, y las pobres gallinas del último palo abajo reciben las descargas de todas las de arriba.

Nadie puede negar que nuestro mundo sea un gigantesco gallinero de ese tipo. En las altas esferas de la organización internacional, unos cuantos humanos se ufanan como dioses, mientras, más abajo, más de mil millones de otros se arrastran como escarabajos en abismos de lodo. Entre los dos extremos se afana una masa que, por temor a rodar con los últimos, libra una agotadora lucha de cada instante para trepar siempre más hacia arriba.

A veces los de abajo se rebelan contra los de arriba, pero cuando logran que algunas gallinas caigan, otras las remplazan enseguida sólo para dejar más sólido el sistema del gallinero. Por cierto, a lo largo de la historia, no faltaron valientes que arremetieron directamente contra esa estructura, pero todos fueron aplastados por ella. Jesús fue uno de ellos.

Jesús es ese hombre que pasó a sus seguidores este aviso: "Fijáos cómo los gobernantes de las naciones actúan como dictadores y los que ocupan cargos abusan de su autoridad. Entre vosotros no será así: el más grande se hará el servidor de todos... A nadie llamaréis "padre, maestro o doctor..." (Mt 20, 25-2; 23,1-12).

Durante los tres años de su vida pública, Jesús luchó hasta el extremo contra el sistema del gallinero. Esa misma noche en que lo secuestraron para matarlo, estando compartiendo una última comida con sus compañeras y compañeros más íntimos, se levantó de repente, luego se arrodilló ante cada una y cada uno de ellos y les lavó los pies. Cuando terminó de lavarles los pies, les dijo: "Yo os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho" (Juan 13,15).

Esto fue su testamento.

Lavar los pies a los de abajo es un gesto fuerte, provocador, desestabilizador. Es un gesto sumamente "significativo", que interpela, llama la atención, cuestiona a gritos. Jesús lo deja a los suyos como un "signo", como una marca, un componente esencial de la identidad de ellos. Como "un...sacramento", diría yo - y no como un ritual que cumplir diez minutos al año en la celebración del Jueves santo...

Con ese gesto "subversivo" (no es exagerada la palabra) Jesús nos está diciendo que ¡al tacho con las clases sociales, los primeros puestos, los decretos, los títulos, los encajes, las tiaras, los sombreros puntiagudos y todos los oropeles de los poderosos! "Vosotros no sois de ese mundo" (Juan 15, 19; Mateo 23, 3-7). En el mundo de Jesús no cabe el sistema de clases, rangos y honores junto con todos sus abusos y "daños colaterales"...

Pensándolo bien, no faltaba ni "materia" ni "forma" para que el lavado de los pies fuera asumido como un sacramento mayor en la Iglesia, pero no ocurrió. A la Iglesia no le pareció oportuno constituirse como un "signo eficaz" para que las naciones vean que se puede ser parte integrante del mundo sin ser una copia o una versión santiguada del mismo.

En el "mundo" que Jesús denuncia, es común que los gobernantes, empresarios, banqueros, patrones, curas importantes, funcionarios y estrellas de toda índole se vean a sí mismos como seres superiores y miren a los demás como sus sirvientes o como simples engranajes de su sistema, pero en el mundo que él promueve, todo aquello tiene que ser cambiado de arriba abajo.

En ese mundo, que él llama "el Reino", las personas pueden desempeñar papeles distintos, pero todas tienen la misma dignidad. Si bien las funciones se reparten de acuerdo a las capacidades de los individuos, en ningún caso se otorgan a unos más derechos que a otros. La misma función de autoridad no es de mando sino de servicio. Todos son iguales y nadie es más importante que los demás.

En realidad, el "mundo" que Jesús denuncia es ese mismo viejo régimen de la selva que millones de veces se ha reciclado, y que ha logrado abrirse paso hasta nosotros con la ayuda a veces de disfraces lindos como la democracia, el progreso, la justicia social, la paz o... la fe, pero sin jamás alterar un solo pelo de su sacrosanta estructura de gallinero. "Entre ustedes no será así", dice Jesús. Ustedes no se pondrán de rodillas ante ningún santo padre, no besarán el anillo de ninguna eminencia y no se harán los "fieles y obedientes servidores" de ninguna autoridad o potencia. Serán todos hermanos y hermanas, y nada más.

De haber tomado tan siquiera un poco en serio ese signo (o ese "sacramento") que Jesús nos dejó en su testamento, tal vez los cristianos hubiéramos llegado a ser una luz en este mundo de la mentira, del hambre y de las guerras. Todas las personas y los pueblos sedientos de dignidad, de justicia, de respeto y de igualdad tendrían su mirada puesta en nosotros. Seríamos la esperanza de la humanidad.

Seríamos un "sacramento de salvación" como lo planteó el Concilio Vaticano II, ya difunto... Y la Iglesia de Jesús dejaría de ser la sacristía de un gran gallinero en el cual los de abajo siguen lavando los pies de los de arriba.

 

Eloy Roy

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