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SINAGOGA DE NAZARET: EL PROGRAMA DEL REINO

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Lc 1,1-4; 4,14-21

El evangelio de este domingo III del T. O. hilvana dos textos del evangelio de Lucas: el prólogo (Lc 1,1-4) y el discurso programático de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su “discurso de investidura” (Lc 4,14-21). En medio queda la infancia, la predicación del Bautista, el bautismo y la experiencia mística de Jesús, y las tentaciones en el desierto, que han sido presentadas en días anteriores.

El prólogo

Creo que esta cita del prólogo no sólo es innecesaria sino también desorientadora. Al inicio del ciclo litúrgico, en que vamos a leer el evangelio de Lucas, nos anuncia que todo el relato ha sido investigado de nuevo y con rigor. Esto es verdad si el lector lo interpreta con la mentalidad de los libros históricos de la Biblia, a la que Lucas se adaptó; pero tendemos a interpretarlo según nuestro concepto actual de historia, que lo narrado corresponda exactamente a lo sucedido, y eso no ocurre en los evangelios.

El concepto bíblico es que lo narrado interprete el mensaje salvador de Dios. Por consiguiente el autor puede alterar honestamente la narración de lo sucedido, para expresar mejor ese mensaje, como reconoce el mismo Lucas, “para que compruebes la solidez de las enseñanzas con que has sido instruido”. Esto descarta el aferrarse a una interpretación muy literal de estas narraciones.

Que Jesús naciera en Belén no quiere decir que naciera en Belén, sino que era el Mesías, porque la profecía indicaba que el Mesías nacería en Belén. Ese es el sentido, el mensaje, de ese texto. Mateo y Lucas estaban convencidos de que Jesús era el Mesías; por eso lo sitúan en Belén. Sin embargo nosotros seguimos apegados a la exactitud de lo sucedido, y nos defrauda el más mínimo cambio. Recordemos el revuelo que se armó porque Benedicto XVI dijo algo tan evidente como que el buey y la mula no estaban en el relato evangélico. Infantil, pero cierto.

Juan dice que, al atardecer del mismo día de la resurrección, Jesús se apareció a los discípulos, “sopló sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,19-23). Lucas en cambio, para expresar el sentido de esta comunicación del Espíritu Santo, elabora toda la escenografía del día de Pentecostés (a los cincuenta días), en contraste con la fiesta judía que se celebraba en ese día por la entrega de la Ley en el Sinaí (Hech 2,1-14). Contraste entre las exigencias de la Ley y la comunicación del Espíritu.

Jesús en la sinagoga de Nazaret

Al reflexionar con una mirada de fe adulta sobre un pasaje del evangelio intento responder, dentro de mis posibilidades, a tres preguntas: qué sucedió, qué quiso transmitir el evangelista, qué percibe mi conciencia.

Qué sucedió

La narración de este episodio se completa en el evangelio que se leerá el próximo domingo. Parece bastante bien confirmado que esta narración de Lucas reelabora ampliamente la breve narración de Marcos 6,1-6, aunque algunos exégetas han interpretado que se trata de dos intervenciones distintas en la sinagoga de Nazaret. Lucas la ha adelantado a los comienzos de la predicación de Jesús como un programa de toda su actividad en Galilea. Coincide con Marcos en la admiración de los oyentes, en la desconfianza de sus convecinos, y en el reproche de Jesús, como veremos el próximo domingo; pero agrega lo más importante de este relato, la aplicación personal de la profecía de Isaías, que no recogen ni Marcos ni Mateo. ¿Mencionó Jesús y se aplicó a sí mismo esta profecía de Isaías? ¿Es elaboración de Lucas o un dato tomado  de otras fuentes? Ciertamente la tensión entre pobres y ricos (el rico epulón y Lázaro), y la prioridad de la misericordia con los marginados (el buen samaritano y el padre del hijo pródigo), son características de Lucas.

Qué quiso trasmitir Lucas

Sea de Jesús esta interpretación de la profecía de Isaías, o sea elaboración de Lucas (o del autor de esa fuente) podemos decir que interpreta perfectamente la misión de Jesús. Como dicen los italianos, “se non è vero, è ben trovato”. Lucas ha querido, y lo ha logrado perfectamente, expresar en este pasaje cómo entendió Jesús su experiencia mística del Jordán; por eso ha adelantado el pasaje casi inmediatamente después de la narración del bautismo.

Jesús se sintió hijo de Dios, pero esa experiencia no se limitaba a él, Jesús interpretó que, como continuador de la obra del Padre, debía proclamar el año, el período, de la misericordia de Dios. Por eso suprimió el final de la cita de Isaías. Se reconoció enviado a “dar la buena noticia a los pobres... a poner en libertad a los oprimidos” pero no “el día de la venganza de nuestro Dios” como termina la cita del profeta (Isaías 61,1-2).

Qué percibe mi conciencia

El reconocerse Jesús como enviado a “dar la buena noticia a los pobres... a poner en libertad a los oprimidos”, y el suprimir “el día de la venganza de nuestro Dios”, despiertan ante todo en mi conciencia la imagen de un Dios amor, misericordioso, más allá de una justicia vindicativa. Despiertan igualmente una llamada de Dios para anunciar esa buena noticia, a sanar las heridas (“hospital de campaña” según Francisco) y a trabajar por una sociedad más justa, igualitaria y fraterna.

En segundo lugar me muestra un ejemplo de Jesús como hermeneuta bíblico. Considera que la profecía de Isaías es un mensaje de Dios, pero interpreta este mensaje a la luz de su experiencia mística del Jordán. Se aplica a sí mismo el anuncio de un tiempo de misericordia, pero prescinde de “la venganza de nuestro Dios”, porque eso no se compagina con su experiencia de Dios como Padre. Reconoce la profecía como mensaje de Dios, pero expresado e interpretado con palabras y conceptos humanos propios de una justicia revanchista.

No puedo olvidar que también la parábola del juicio final, y otras parábolas semejantes, adoptan un lenguaje de justicia y condena. ¿Hemos de aplicarles una hermenéutica que distinga entre el mensaje de Dios y los conceptos culturales humanos? Ya el profeta Jonás se quejaba de que Dios le enviaba a anunciar un terrible castigo y luego se arrepentía y perdonaba (Jonás 4,2). Entonces aquello de “id malditos de mi Padre al fuego eterno” no es una sentencia definitiva, sino un aviso pedagógico; a esto recurre Jesús para proteger a los más débiles.

 

Gonzalo Haya Prats

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