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LOS RELATOS DE LA INFANCIA DE JESÚS ¿TEOLOGÍA O HISTORIA? (II)

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4. ¿Quiso Lucas contar la concepción virginal de Jesús?
La anunciación y el nacimiento de Cristo los relata el evangelista Lucas. Lucas es considerado por la tradición como el evangelista ‘pintor’. Verdaderamente, en los capítulos 1-2 pinta un auténtico díptico. El díptico es un retablo propio de la época medieval, con dos semiventanas o alas en las que hay unas pinturas que se corresponden simétricamente. Así, Lucas 1-2 pinta la infancia de Juan el Bautista en perfecto paralelo con la infancia de Jesús. De un modo semejante procederá más tarde Mateo al trazar un paralelo entre Moisés y Jesús. Sin embargo, en cada uno de los puntos paralelos trata de mostrar Lucas que Cristo es superior a Juan el Bautista. Así, hay una perfecta correspondencia entre el anuncio del nacimiento de Juan por el ángel Gabriel (Lc 1, 5-25) y el anuncio del nacimiento de Jesús (1, 26-56); en ambos casos se producen signos milagrosos al nacer el niño, al circuncidarlo y al imponerle el nombre (1, 57-66; 2, 1-21); en ambos casos se anuncia el significado salvífico de uno y otro: el de Juan, en la profecía de Zacarías (1, 67-79); el de Jesús, en las respectivas profecías de Simeón (2, 25-35) y de Ana (2, 36-38). En ambos casos se hace también referencia al crecimiento de los dos niños (1, 80; 2, 52).

Pero en todas las escenas se pone de manifiesto que el ciclo de Jesús supera siempre el ciclo de Juan: al anunciar la concepción de Juan (1, 11ss.), el ángel Gabriel no pronuncia ningún saludo, mientras que saluda gentilmente a María (1, 28). A Zacarías le dice el ángel: “Tu petición ha sido escuchada” (1, 13), mientras que a María le hace ver reverentemente: “Has hallado gracia delante de Dios” (1, 30). En la escena de la visitación de María a Isabel, el saludo de María hace que el niño salte de gozo en el seno materno de Isabel, la cual queda llena del Espíritu Santo (1, 41). Jesús, por el contrario, es el portador del Espíritu Santo, porque en éste y en la Virgen tiene su origen. Juan el Bautista se manifiesta en el desierto (1, 80), mientras que Cristo lo hace en el Templo (2, 41-50).
Estos procedimientos literarios, destinados a hacer resaltar la función salvífica de Cristo, son utilizados de un modo aún más refinado al narrar el anuncio de la concepción de Cristo (1, 26-38), que se produjo en el sexto mes de gestación de Juan el Bautista.

Ahora bien, seis meses de treinta días son 180 días; los nueve meses desde la concepción de Jesús hasta su nacimiento son 270 días; desde el nacimiento hasta la presentación en el Templo suman 40 días. La suma total da 490 días, es decir, 70 semanas. Y ¿qué significan 70 semanas para los lectores del Nuevo Testamento? Según Daniel (9, 24), el Mesías había de venir a liberar al pueblo de sus pecados y a traer la justicia eterna cuando hubieran transcurrido 70 semanas de años. Con esto pretende Lucas insinuar que la profecía de Daniel se había cumplido, y que únicamente Jesús es el Mesías esperado. Las mismas palabras de la anunciación pronunciadas por el ángel, la reacción de María y el saludo de Gabriel está todo ello formulado en estrecha vinculación con semejantes o idénticas palabras pronunciadas en situaciones parecidas del Antiguo Testamento (Lc 1, 42 = Jdt 13, 18; Lc 1, 28, 30-33 = Sof 3, 14-17; Lc 1,28 = Gn 26,3-28; 28,15; Ex 3,12; 1Sam 3, 19, 1 Re 1, 37, etc.). La concepción de Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo no pretende tanto explicar el proceso biológico de la concepción (para Lucas es indiscutible que Jesús nació de la Virgen como tal virgen), cuanto relacionar a Jesús-Salvador con otras figuras liberadoras del Antiguo Testamento que, por la fuerza del Espíritu Santo, fueron instituidas en su función (1 Sam 10, 6s; 16, 13s.; Jue 3, 10; 6, 34; 11, 29; 13, 25; 1 Re 19, 19; 2 Re 2, 8-15; etc.).

Podemos percibir aquí la diferencia de perspectiva entre la catequesis tradicional y el punto de vista de Lucas y de Mateo. La catequesis tradicional acentuaba ante todo la virginidad de Nuestra Señora, el hecho de la virginidad física y perpetua de María, “antes del parto, en el parto y después del parto”. Para los relatos evangélicos, la virginidad personal de María es algo secundario. Más importante resulta la concepción virginal de Jesús. Como perfectamente lo ha expresado dom Paulo Eduardo Andrade Ponte, “la preocupación de los evangelistas consistía en destacar no el carácter virginal, sino el carácter sobrenatural, divino, de esa concepción. Para ellos, la concepción de Jesús fue virginal para que pudiera ser sobrenatural, y no sobrenatural para que pudiera ser virginal. Fue virginal para que Dios pudiera ser su causa no sólo primera, sino principal; para que Dios pudiera ser su autor directo… Cuando se oyen ciertos sermones o se leen determinados libros de espiritualidad, se tiene la impresión de que la concepción de Jesús fue sobrenatural y milagrosa al objeto de preservar la virginidad de su madre. Habría sido, por tanto, una concepción sobrenatural con el fin de que pudiera ser virginal, y no al revés. Y esto ha sido inspirado por una conceptuación moralizante y maniqueísta de la virginidad en el cristianismo” (4).

Pero es muy distinta la perspectiva de los evangelios, porque para ellos es Cristo quien está en el centro, y la virginidad de María está en función de él. Por eso, el Nuevo Testamento prefiere llamar a María la Madre de Jesús (Jn 2, 1, 3, 12; 19, 25-26; Hech 1, 14), en lugar de la Virgen, que aparece dos únicas veces en los textos neotestamentarios (Lc 1, 27; Mt 1, 23), y ello para poner de relieve su maternidad por obra del Espíritu Santo. La concepción misma de Jesús es descrita del mismo modo que la manifestación de la gloria de Dios en el tabernáculo de la alianza (Ex 40, 34 ó Lc 1, 35). Por la fuerza del Espíritu nace un ser, de tal forma penetrado por ese mismo Espíritu, que sólo de Él recibe su existencia. Cristo es la nueva creación de aquel mismo Espíritu que creó el viejo mundo. Este es el profundo sentido teológico que Lucas pretende transmitir con la concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo, y no el describir un fenómeno milagroso en el orden biológico, aun cuando esto se suponga y sirva de motivo de reflexión teológica

5. ¿Dónde habría nacido Jesús: en Belén o en Nazaret?

Esta labor teológica que hemos detectado hasta ahora se produce también a la hora de narrar el nacimiento de Jesús en Belén. El nacimiento en sí está narrado sin el menor tono romántico, pero su frío y severo estilo le confiere una gran profundidad: “Y sucedió que, mientras ellos estaban allí (en Belén), se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2, 6-7). Este hecho tan normal, que podría haberle sucedido a cualquier madre, es releído, debido a la Resurrección, dentro de un contenido teológico. Si se ha revelado como Mesías e hijo de David por parte de su padre legal José, entonces también debe verificarse en él la otra profecía que dice: de Belén “ha de salir aquél que ha de dominar en Israel” (Miq 5, 1; 1 Sam 16,1 ss.), el Mesías; y no de Nazaret, la patria de Jesús, un lugar tan insignificante que no es citado una sola vez en todo el Antiguo Testamento. Lucas no pretende hacer resaltar de modo especial el lugar geográfico, sino hacer una reflexión teológica sobre Belén y su significación mesiánica para dejar bien claro que Jesús es el Mesías.

Probablemente, la patria de Jesús históricamente haya sido Nazaret, lugar teológicamente irrelevante. Para hacer que Jesús nazca en Belén, Lucas crea una situación en la que la Sagrada Familia se ve obligada a marchar de Nazaret a Belén Y para alcanzar este objetivo teológico, Lucas refiere que César Augusto había decretado la realización de un censo de todo el mundo, y que dicho censo se efectuó en Palestina siendo Cirino gobernador de Siria (provincia a la que pertenecía Palestina). Sabemos, sin embargo, que ese censo no se realizó, históricamente, hasta el año 6 d. C., como el propio Lucas lo refiere en el libro de los Hechos (5, 37), lo que dio origen a un grupo de guerrilleros terroristas, los Zelotes, que, comandados por Judas el Galileo, manifestaron su protesta contra tal medida. Lucas utiliza ese hecho histórico, retrotrayéndolo en el tiempo, para, por una parte, motivar el viaje de María y José desde Nazaret a Belén (haciendo que, por motivos teológicos, nazca allí Jesús) y, por otra, insinuar que el acontecimiento-Jesús interesa no sólo a Israel, sino a todos los seres humanos, como “luz que ilumina a las naciones” (Lc 2, 32). Las referencias a la historia profana con ocasión del nacimiento de Cristo y el comienzo de la predicación de Juan, no pretenden tanto situar históricamente los hechos cuanto poner de relieve la estrecha vinculación existente entre la historia sagrada y la historia profana universal en la que Dios, a través de Jesucristo, realiza la salvación.

6. ¿Quiénes son los pastores de los campos de Belén?

Si el relato del nacimiento de Cristo, debido a su sencillez, revela muy poco acerca del misterio inefable que estaba produciéndose en la historia del mundo, el relato de la aparición de los ángeles en los campos de Belén proclama con toda claridad dicho misterio. Un ángel del Señor (en este caso son legiones) proclama, como suele suceder en la Biblia, el significado secreto y profundo del acontecimiento: “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10-11)

Los ángeles proclaman el significado de aquella noche: el cielo y la tierra se reconcilian porque Dios da la paz y la salvación a todos los seres humanos. Lo que se narra en Lc 2, 8-20, por su origen, no, pretende transmitir un hecho acaecido a los pastores de Belén. Los pastores son, desde el punto de vista teológico, los representantes de los pobres, a los cuales fue anunciada la buena nueva y para los cuales fue enviado Jesús (Lc 4, 18) Aquí no hay el menor rastro de una especie de romanticismo bucólico. Los pastores constituían una clase despreciada, y su profesión hacía a las personas impuras ante la ley (5). Pertenecían a la clase de los que no conocían la ley, como decían los fariseos Ahora bien, Cristo -y esto es algo que Lucas deja traslucir varias veces en su evangelio- fue enviado precisamente a esos seres marginados social y religiosamente A ellos les es comunicado en primer lugar el mensaje alegre de la liberación Pero es muy probable que ese mensaje no les fuera proclamado a los pastores de los campos de Belén, sino que va dirigido a los lectores de San Lucas (80-85 d. C.) para explicarles que aquél en quien creen es el verdadero liberador. Para quienes poseen los ojos de la fe, la debilidad de aquel frágil niño envuelto en pañales encierra un misterio que, una vez desvelado, constituye una alegría para todo el pueblo: es Él, el Esperado, el Señor del cosmos y de la historia (Lc 2, 11).

7. San Mateo: Jesús es el nuevo Moisés y el liberador definitivo

San Mateo refiere otros cuatro episodios vinculados a la infancia de Cristo: la venida de los reyes magos siguiendo a una estrella de Oriente, la huida de la Sagrada Familia a Egipto, la matanza de los santos inocentes decretada por Herodes y el regreso de la Sagrada Familia de Egipto a Nazaret (Mt 2) ¿Nos hallamos ante unos hechos históricos o ante una reflexión teológica al estilo de los midrashim (historización de un pasaje de la Sagrada Escritura o amplificación y embellecimiento de un hecho con el fin de hacer resaltar su mensaje) destinada a expresar la fe acerca de Jesús? Esta última posibilidad se desprende nítidamente de los propios textos.

a) ¿Qué significan los reyes magos y la estrella?

Como ya hemos visto, para San Mateo Cristo es el Mesías que hizo su aparición al llegar la plenitud de los tiempos, cumpliendo todas las profecías pronunciadas con respecto a él. Una de estas profecías hacía referencia al hecho de que, al final de los tiempos, acudirían a Jerusalén los reyes y las naciones para adorar a Dios y al Mesías y ofrecerle dones (Is 60, 6; Sal 72, 10 s.). Por eso los Magos van a Jerusalén (Mt 2, 1 s.) antes de llegar a Belén. Siguen a una estrella del Oriente (Mt 2, 2) llamada estrella del rey de Judá. La estrella es un motivo muy frecuente en la época del Nuevo Testamento. Cada cual posee su estrella, pero especialmente los grandes y los poderosos, como Alejandro Magno, Mitrídates, Augusto, o los sabios y filósofos como Platón. El judaísmo también sabe de la estrella del libertador mesiánico, como aparece en la profecía de Balaam (Num 24, 17). Con ocasión del nacimiento de Abraham de Isaac, de Jacob y, especialmente, de Moisés, aparece una estrella en el cielo. Y esta sigue siendo la creencia judía en la época del Nuevo Testamento.

A esto hay que añadir un hecho histórico: desde los tiempos de J. Kepler, los cálculos astronómicos han demostrado que en el año 7 a C tuvo lugar realmente una gran conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis. Este fenómeno no debió de pasar inadvertido, ya que en aquella época estaba muy en boga la creencia en las estrellas Para la astronomía helenista, Júpiter era el rey soberano del universo. Saturno era el astro de los judíos. La constelación de Piscis guardaba relación con el fin del mundo. Al producirse la conjunción de estos astros, los sabios de Oriente, magos que descifraban el curso de las estrellas, hicieron lógicamente la siguiente interpretación: en el país de los judíos (Saturno) había nacido un rey soberano (Júpiter) del fin de los tiempos (Piscis). Consiguientemente, se ponen en marcha y, de este modo, se cumplen para Mateo las profecías acerca del Mesías Jesucristo. Ciertos textos del Antiguo Testamento y un determinado fenómeno astronómico habrían motivado, pues, la intención del relato de Mateo de anunciar la fe de la Iglesia en Jesús como Mesías escatológico.

b) Al igual que el primer liberador (Moisés), así también el último (Jesucristo)
Del mismo modo que Lucas traza un paralelismo entre la infancia de Jesús y la de Juan el Bautista, Mateo esboza un paralelismo análogo entre la infancia de Jesús y la de Moisés (7).

Era creencia normal en la época del Nuevo Testamento que el Mesías liberador de los últimos tiempos habría de ser también el nuevo Moisés que, al igual que éste, realizaría asimismo señales y prodigios. Se decía incluso: “Al igual que el primer liberador (Moisés), así también el último (el Mesías)”. Sabemos que Mateo presenta en su evangelio a Cristo como al nuevo Moisés que, a semejanza del primero, promulgó también una nueva ley en lo alto de un monte (el Sermón de la Montaña). El midrash judío de Moisés refiere -en un paralelismo casi perfecto con Jesús- lo siguiente: el faraón se entera del nacimiento del libertador (Moisés) a través de unos magos (de un modo parecido a como Herodes se entera por los magos de la existencia del Libertador definitivo, Jesús) El faraón y todo el pueblo de Egipto se llenan de temor (Herodes y Jerusalén entera se intranquilizan: Mt 2,3). Tanto el faraón como Herodes deciden la matanza de criaturas inocentes. Al igual que Moisés, también Jesús escapa a la masacre. El padre de Moisés se entera, a través de un sueño, que su hijo será el futuro salvador (José, también por un sueño, sabe que Jesús ha de ser el salvador: “porque él salvará a su pueblo de sus pecados”, Mt 1, 21).

El paralelismo salta a la vista y es completado por otro texto de Ex 4, 19-20: Tras la muerte del faraón “Yahvéh dijo a Moisés en Madián: “Anda, vuelve a Egipto, pues han muerto todos los que buscaban tu muerte”. Tomó, pues, Moisés a su mujer y a su hijo y, montándolos sobre un asno, volvió a la tierra de Egipto”. Mt 2, 19-21 dice prácticamente lo mismo: Tras la muerte de Herodes, Dios habla a José por medio del ángel: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y marcha a tierra de Israel, pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño. El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel”. El destino del nuevo Moisés (Jesús) repite el destino del primer Moisés. Del mismo modo que sucedió con el primer liberador, sucede también con el último. Jesús niño es realmente el Mesías-Liberador esperado y el profeta escatológico. La huida a Egipto y la matanza de los inocentes de Belén no tienen por qué haber sido necesariamente hechos históricos (8). Sirven únicamente para establecer un paralelismo con el destino de Moisés. Las fuentes de la época, especialmente Flavio Josefo, que informa con bastante minuciosidad acerca de Herodes, no hablan de semejante matanza. También es verdad que, aunque no pueda ser probada históricamente (ni tiene por qué serlo, puesto que en el relato de Mateo posee la función de reflexión teológica), pudo haberse producido, pues sabemos que Herodes era extremadamente cruel: diezmó a su propia familia, hasta el punto de que el historiador del siglo V Macrobio (Saturnal 2, 4, 11) refiere el juego de palabras que solía hacer Cesar Augusto: “Prefiero ser el puerco (hys) de Herodes a ser su hijo (hyós)”.

Mateo 1-2 nos presenta en una perspectiva post-pascual, como en un prólogo, los grandes temas de su evangelio: Ese Jesús de Nazaret es el único y verdadero Mesías, hijo de Abraham, descendiente de la casa real mesiánica de David, el nuevo Moisés que ahora, en el momento culminante de la historia y en su final, conducirá al pueblo del éxodo de Egipto hacia la patria definitiva.

8. Conclusión: La Navidad, ayer y hoy, la misma verdad.

Cualquier lector no suficientemente informado acerca de los procedimientos exegéticos elementales con los que trabaja hoy la exégesis católica podría, al término de este capítulo, quedar escandalizado: Entonces, ¿todo es un cuento? ¿Nos han engañado los evangelistas?

No. Los relatos de la Navidad no son ningún cuento, ni hemos sido engañados. Lo que ocurre es que nos equivocamos cuando pretendemos abordar los evangelios desde una perspectiva que no fue la que pretendieron sus autores, cuando queremos hallar respuesta a unas preguntas que ellos no se plantearon ni tuvieron intención de plantear.
Los evangelios, especialmente el evangelio de la infancia de Jesús, no son un librito de historia. Son un anuncio y una predicación en los que se asumieron, se elaboraron y fueron puestos al servicio de una verdad de fe que sus autores desean proclamar, determinados hechos reales, determinados dichos de la Sagrada Escritura y determinados comentarios midráshicos de la época. Por eso el Magisterio oficial de la Iglesia recomienda al estudioso de la Escritura que para comprender lo que Dios quiso comunicarnos, debe investigar con atención qué es lo que pretendieron realmente los autores sagrados y plugo a Dios manifestar con las palabras de ellos… para lo cual ha de atender, entre otras cosas, a los ‘géneros literarios'” (Dei Verbum, nº 12).

En la época neotestamentaria un género literario muy corriente es el midrash hagádico que, como ya hemos dicho, consiste en tomar un hecho o un dicho escriturístico, elaborarlo y embellecerlo con el objeto de subrayar y proclamar de forma inequívoca una verdad de fe. Esto es lo que sucedió con los relatos de la infancia, donde hay unos hechos reales a los que se ha revestido de una forma teológica, en un lenguaje que a nosotros nos resulta hoy casi incomprensible. Pero es dentro de este género literario donde se esconde el mensaje que debemos desentrañar, retener y proclamar de nuevo con nuestro propio lenguaje actual: que ese frágil niño no era un cualquiera, ni un don-nadie, sino el mismísimo Dios hecho condición humana, que de tal modo amó la materia que quiso asumirla, y de tal modo amó a los seres humanos que quiso ser uno de ellos a fin de liberarnos, que se humanizó al objeto de divinizarnos. Con él, el proceso evolutivo psico-social alcanzó una cúspide determinante para el resto de su camino hacia Dios, porque en él ya se había hecho presente el final y había sido alcanzada la meta dentro del tiempo.

Este es el mensaje fundamental que pretenden transmitirnos los relatos de la infancia, a fin de que, aceptándolo, tengamos esperanza y alegría: ya no estamos solos en nuestra inmensa soledad y en nuestra búsqueda de unidad, integración, solidaridad y reconciliación de todo con todas las cosas. El está en medio de nosotros, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros: “Nos ha nacido hoy un Libertador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 11). Quien quisiere salvaguardar a toda costa la historicidad de cada una de las escenas de los relatos navideños, acabará perdiendo de vista el mensaje que pretendieron transmitir sus autores inspirados y, en definitiva, se situará fuera de la atmósfera evangélica creada por Lucas y Mateo; una atmósfera en la que la preocupación no la constituye el saber si existió o no la estrella de los reyes magos, o si se aparecieron o no los ángeles en Belén, sino el conocer el significado religioso del Niño, que está ahí para ser recibido por nosotros no en un frío establo, sino en el calor de nuestros corazones llenos de fe.

Pero ¿qué podemos hacer con los mitos, una vez desmitologizados? Están ahí, y siguen estando siempre representados en el pesebre, y vividos en el recuerdo de las criaturas, grandes y pequeñas. ¿Han perdido su valor? Si han perdido su valor histórico-factual, tal vez comiencen ahora a adquirir su verdadero significado religioso-antropológico. ¿Podemos hablar de los misterios profundos del Dios que se encarna, del insondable misterio de la propia existencia humana, del bien y del mal, de la salvación y la perdición, sin tener que recurrir a leyendas, mitos y símbolos? El estructuralismo lo vio con toda claridad; pero la teología ha sabido desde siempre que el mito, el símbolo y la analogía constituyen lo específico del lenguaje religioso, porque acerca de las realidades profundas de la vida, del bien y del mal, de la alegría y la tristeza, del hombre y del Absoluto, únicamente somos capaces de balbucir y hacer uso de un lenguaje figurado y representativo Sin embargo, ese lenguaje es más envolvente que el frío concepto. Al carecer de límites fijos y determinados, es mucho más sugerente de lo transcendente y lo inefable que cualquier otro lenguaje científico o del método historicista. Por eso es bueno que sigamos hablando del Niño, del buey y el asno, de los pastores y las ovejas, de la estrella y de los magos, del rey malo y del buen José, de la Virgen-madre y de los pañales con que envolvió al Niño sobre el lecho de pajas.

Pero hemos de ser conscientes -y esto es vitalmente necesario si no queremos alimentar el magicismo y el sentimentalismo- de que todo eso pertenece al reino del símbolo, y no al reino de la realidad de los hechos escuetos El símbolo es humanamente más real y significativo que la historia fáctica y los datos fríos y objetivos. El mito y la leyenda (decía Guimarães Rosa -y tenía razón- que en la leyenda todo es verdadero y todo es cierto porque todo es inventado), cuando son concientizados y aceptados como tales por la razón, no alienan, no magifican ni sentimentalizan al ser humano, sino que le hacen sumirse en una realidad en la que comienza a percibir lo que significan la inocencia, la reconciliación, la transparencia divina y humana de las cosas más banales y el sentido desinteresado de la vida, encarnado todo ello en el divino niño aquí, en la Navidad ¿Qué hacer, pues, con los relatos de la Navidad y con el pesebre? Que continúen. Pero que sean entendidos y revelen aquello que quieren y deben revelar: que la eterna juventud de Dios penetró este mundo para nunca más dejarlo; que en la noche feliz de su nacimiento nació un sol que ya no ha de conocer ocaso.

 

Leonardo Boff

Koinonia

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