Buscador Avanzado

Autor

Tema

Libro de la biblia

* Cita biblica

Idioma

Fecha de Creación (Inicio - Fin)

-

EL MODO DE PROCEDER IGNACIANO EN EL USO DE LOS BIENES ECONÓMICOS (II)

Written by
Rate this item
(6 votes)

2ª Parte

Decidir sobre el uso del dinero

“Dejarás los frutos delante del Señor tu Dios, te postrarás en su presencia y celebrarás una fiesta con el levita y el emigrante que vive en medio de ti, por todos los bienes que el Señor tu Dios te ha dado a ti y a tu familia” (Dt 26, 11).

Este texto nos resitúa como creyentes ante lo económico. Nos invita, en primer lugar, a poner nuestros bienes delante del Señor con una actitud de respeto, de reverencia, de ofrenda y donación. De ese modo, sólo desde esa actitud de generosidad, y teniendo presentes a los servidores de la Iglesia (levita) así como al necesitado (emigrante), es posible que brote en nosotros una oración de agradecimiento y alabanza a Dios por los bienes que nos ha dado, a nosotros y a los nuestros.

En la Alianza, Yahvé pide: “Durante seis años sembrarás tu tierra y recogerás tu cosecha. Pero el séptimo la dejarás descansar, sin cultivarla, para que encuentren allí comida los pobres de tu pueblo, y lo que queden lo coman las bestias del campo” (Ex 23, 10-11). Este esquema debería estar siempre presente cuando tengamos que tomar cualquier decisión económica: lo que tenemos, sea una mayor o menor cantidad de bienes, nos ha sido dado por Dios para que lo hagamos fructificar y para que beneficie a los pobres. Ni sólo lo primero, buscar la máxima rentabilidad, ni sólo lo segundo, no cuidarlo y hacer que no genere riqueza por creer que eso es antievangélico.

En ambos textos se descubre que generosidad y trabajo son dos valores muy relacionados con el dinero, tanto en el momento de generarlo como en el momento de hacer uso del mismo.

Cuando no tomamos las decisiones adecuadas, por falta de criterios o por falta de formación que nos impide valorar económicamente la realidad, puede darse una tendencia en la vida religiosa a la acumulación patrimonial, por temor a pasar penuria en el futuro, en detrimento de la atención a los pobres y olvidando las palabras de San Pablo: “No seáis avariciosos en vuestra vida; contentaos con lo que tenéis, porque Dios mismo ha dicho: No te desampararé ni te abandonaré” (Heb 13, 5).

O bien, por el contrario, se dará un excesivo derroche o un descontrol de lo que se gasta y en qué se gasta en el presente, con falta de previsión hacia un futuro no muy lejano. Por ejemplo, por el envejecimiento de la vida religiosa en Europa, pueden llegar pronto a pasar necesidad y dolor los hermanos más débiles de cada Instituto, que se convertirán así en los nuevos pobres a los que atender desde otras instituciones. No se cumpliría entonces lo que escribía San Pablo a los tesalonicenses: “Hemos trabajado con esfuerzo y fatiga, día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros” (2 Tes 3, 8).

Es decir, el problema con los bienes no es que encierren maldad en sí mismos, sino que no somos capaces de decidir cuántos retener y cuántos dar, en qué gastar y de qué fuentes obtener recursos. Son las decisiones sobre los bienes y el dinero las que, por difíciles, nos incomodan y, por incómodas, huimos de ellas. Como Ignacio, en cambio, no eludía este tipo de decisiones, por eso Bertrand lo percibe excepcionalmente interesado en los temas económicos.

Hay que cuidar lo recibido, rentabilizarlo, hacerlo fructificar, y dedicarlo al mejor fin de todos los posibles, el que responda mejor a la llamada que hoy hace el Señor a la vida religiosa o laical. Parte de esta llamada es la atención inmediata a los pobres. Los recursos materiales han de servir a la misión apostólica, igual que lo hacen los personales.

Tomar decisiones siempre es difícil. Los cristianos, y especialmente los ignacianos, contamos con el discernimiento espiritual que “resalta con particular claridad la centralidad de Dios en cuanto fin último de la búsqueda de todos, así como la responsabilidad y aportación de cada uno en el camino de todos hacia la verdad”. Escuchar lo que el Espíritu ilumina requiere una serie de actitudes y también, entrenamiento y práctica. Como base imprescindible, exige oración juntamente con reflexión personal y, en su caso, comunitaria. Si no hay orante, no hay sujeto capaz de discernir [Ej 135].

También presupone la determinación de buscar la voluntad divina, siendo conscientes de que la lógica evangélica trastoca la lógica humana. En ocasiones, descubriremos que lo que, racionalmente parece claro, puede no ser voluntad divina, es decir, puede no ser lo que contribuye a una mayor unión con Dios. Por ejemplo, nuestra lógica humana puede llevarnos a asegurar nuestras obras acumulando bienes inmuebles, mientras que la lógica evangélica puede conducirnos a desprendernos de esos bienes para atender necesidades urgentes. O viceversa, pues no hay respuesta única para todas las situaciones, sino elecciones discernidas y confirmadas por Dios en la oración.

El problema con los bienes no es que encierren maldad en sí mismos, sino que no somos capaces de decidir cuántos retener y cuántos dar. San Pablo advierte de la necesidad de superar la ignorancia y la obstinación que nos alejan de la vida de Dios (Ef 4, 18) y eso repercute en la necesidad de buscar información suficiente y relevante para decidir qué hacer con dinero y patrimonio, supliendo nuestra “ignorancia” antes de discernir. A nivel doméstico, supondrá informarse de todas las alternativas posibles, por ejemplo, al solicitar un préstamo. A nivel de una Provincia canónica, pasa por contar con profesionales o asesores para poder adoptar decisiones informadas, teniendo en cuenta todos los aspectos relevantes. En muchos casos hoy tan técnicos como numerosos.

El discernimiento exige enfrentarse a la decisión con libertad y desapego –indiferencia ignaciana–, siendo conscientes de posibles prejuicios y predisposiciones hacia una u otra opción, así como de nuestra subjetividad inevitable. Se trata de abrirnos a la voluntad de Dios, siguiendo el modelo de Jesús, siempre obediente al Padre buscando el bien de los otros antes que el propio bien.

La Congregación General 34 de la Compañía de Jesús, nos recuerda que “Dios manifiesta su voluntad a través de la moción interior del Espíritu y a través de múltiples mediaciones externas” [CG 34, d.9]. El discernimiento en temas de gestión o administración de nuestros bienes y recursos económicos requiere, por tanto, la disposición para reconocer mediaciones. En particular, quisiera destacar las siguientes:

a) Análoga a la mediación que supone el cónyuge en los matrimonios, son mediación en la vida religiosa los otros hermanos/as de la Comunidad, el Equipo Directivo, etc., con los que compartimos vida y misión.

b) Los signos de los tiempos y, con mayor relevancia, las expectativas de las personas implicadas, las necesidades de los pobres, las urgencias de la evangelización y las prioridades de la Iglesia.

c) Las prioridades del Instituto o la Asociación de fieles marcadas por los Fundadores y sus documentos constituyentes, por los últimos Capítulos o Asambleas, en los escritos y epístolas del Gobierno General, etc., que nos ayudan a encarnar el carisma recibido.

El discernimiento bien hecho nunca puede llevar a la fractura del grupo que delibera y elige, sino a una mayor unión del mismo, porque las diferencias se diluyen, las posturas opuestas se acercan y lo diverso se complementa.

No podríamos cerrar este apartado sin tratar de aplicar algunas de las reglas de Ignacio que pueden ayudar al discernimiento del uso del dinero. Aquéllas que ofrece para el ministerio de distribuir limosnas son perfectamente trasladables al mundo actual. Destaco las más conocidas: pensar que haría un desconocido que actuara buscando la gloria de Dios [Ej 339], qué me habría gustado hacer al volver la vista atrás en el momento de la muerte [Ej 340] o valorar si actuamos movidos por afectos desordenados [Ej 342]. Dejo para el final las dos fundamentales: examinar “que aquel amor que me mueve y me hace dar la limosna, descienda de arriba, del amor de Dios nuestro Señor; de forma que sienta primero en mí que el amor más o menos que tengo a las tales personas, es por Dios, y que en la causa porque más las amo reluzca Dios” [Ej 338]. Y, por último, acercarse a Cristo Nuestro Señor, que es nuestra regla vital [Ej 344].

Pero también podemos recurrir a las reglas para ordenarse en el comer, que nos invitan a conocer los bienes que más nos tientan, y moderar entonces su uso [Ej 212] (¿las casas o los coches?); a tender, en caso de duda, a la austeridad porque ésta ayuda a objetivar [Ej 213]; a seguir el modelo de gente u obras apostólicas buenas [Ej 215] y, por supuesto, el de Cristo nuestro Señor [Ej 214].

 Nuestro modelo en el discernimiento siempre es Jesús pobre. En eso se fundamenta el voto de pobreza que hacen los religiosos.

El voto de pobreza

Para recibir luz, y en cuanto a San Ignacio y a la Compañía de Jesús se refiere, tomo en primer lugar un documento de la Congregación General 34, en el que los jesuitas se recuerdan a sí mismos que “para San Ignacio la pobreza material del jesuita era una gracia: él pedía amarla como madre, la llamaba joya y amada de Dios. Y la gracia siempre produce alegría y paz. También nosotros deberíamos sentir ese mismo aprecio y desearla como gracia. Sin embargo, no ocurre así hasta ahora para muchos de nosotros, pues la vivimos con incoherencia y, a menudo, como imposición. Decidámonos con gran ánimo y liberalidad, más allá de nuestros miedos, a acercarnos a Cristo, que hace nuevas todas las cosas, para solicitarle, personal y comunitariamente, la gracia de nuestra pobreza y el saber vivirla como regalo” [CG 34 d.9, 18].

Desde la cercanía afectiva, pero no pertenencia, a la vida religiosa, se percibe la dificultad para interpretar el voto de pobreza en las circunstancias vitales actuales. También se perciben algunas incoherencias; por ejemplo, es bastante frecuente que los religiosos sean muy austeros en el vestir y en la adquisición de objetos personales para ellos. Sin embargo, tienen menos reparos en gastar en instrumentos audiovisuales u obras en los edificios, con un uso temporal no amortizado, abandonando entonces la referencia deseada a lo que harían las familias modestas o las empresas pequeñas.

 De los laicos, qué decir. Nuestra pobreza, si se da, suele venir más impuesta por circunstancias externas, como la falta de trabajo o el coste de mantener a los hijos, etc., o incluso por decisiones irresponsables (comprar un piso con una hipoteca excesiva), que por buscarla a imitación de Cristo.

En unos Ejercicios Espirituales de la Provincia jesuítica ecuatoriana, en los que participé en 2007, escuché al entonces Presidente de la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina, Ernesto Cavassa, preguntarnos si vivíamos la pobreza como don o como carga. Él planteaba orar la pobreza de la Compañía desde cuatro aspectos: el trabajo, la transparencia de los ingresos recibidos, la igualdad económica entre comunidades o Provincias y el discernimiento de los presupuestos.

Además, Cavassa insistía en que hay tres dimensiones de la pobreza en las que los consagrados se juegan la vida religiosa. De lo que transcribí:

a) Pobreza apostólica, teniendo a Dios como único tesoro.

b) Pobreza solidaria, situándonos con los pobres, en la medida de lo posible, sabiendo la distancia que nos separa de ellos por todo lo que se nos ha dado. Pobreza profética, contracultural, que además denuncia los sistemas que generan empobrecimiento.

c) Pobreza que nos hace creíbles y auténticos por vivir como una familia modesta que renuncia a los lujos. O incluso renunciando a parte de lo que necesitamos, porque otros viven peor.

En mi comunidad de CVX, los Principios Generales nos comprometen a llevar un estilo de vida sencillo “que exprese nuestra libertad y nuestra solidaridad con los pobres”, por nuestra “opción preferencial por los pobres” [PPGG 4]. Aunque la expresión “estilo de vida sencillo” es suficientemente ambigua como para que en ella quepa todo, en realidad nuestros Principios presuponen que vivimos de forma apostólica con una actitud de discernimiento [PPGG 8c], que, por supuesto, incluye el uso del dinero. Lo que nos lleva a recordar esa expresión tan especial de Ignacio: “La amistad con los pobres nos hace amigos de Dios”.

Resumen

Quisiera haber dado algunas pinceladas que muestren cómo el modo de proceder ignaciano en el uso de los bienes económicos es perfectamente aplicable al mundo actual.

En resumen, deberíamos ser conscientes de que los bienes materiales son, como los espirituales, dones recibidos del Dios Creador, regalo que se nos da con una finalidad: la de contribuir a nuestra santidad.

Por eso, para Ignacio tiene sentido hacer fructificar los bienes y utilizar todos los que tenemos a nuestra disposición, aunque sean abundantes, en un proyecto que ayuda a los pobres, a los necesitados, y que contribuye, asistencial pero sobre todo estructuralmente, a una sociedad más justa.

Como también tiene sentido para él, y no es contradictorio, emprender una acción o iniciativa que sentimos como llamada, que hemos discernido y confirmado en oración, aunque no dispongamos al inicio de todos los medios materiales aparentemente necesarios. Porque para Ignacio es sumamente importante que caigamos en la cuenta que nuestro único tesoro es Dios y que asentar nuestra seguridad en el dinero es una alternativa necia a la confianza en el Padre amoroso, providente y siempre fiel. Nosotros debemos poseer los bienes y no ser poseídos por ellos.

Quisiera insistir en que el problema con los bienes materiales no es que sean malos, sino que, por su mayor visibilidad frente a los espirituales, los convertimos en ídolos, nos cegamos y no somos capaces de decidir cómo usarlos. Ignacio nos ofrece bastantes consejos prácticos, como la conveniencia de reconocer cuáles son los bienes que solemos estar más tentados a acumular o a despilfarrar. Pero junto a las diversas reglas y recomendaciones, lo que nos enseña es que el uso de los bienes es objeto de discernimiento, como el resto de aspectos que conforman nuestra vida, contemplando la vida de Cristo.

Concluyo con la línea de fuerza del cristianismo enfatizada por el carisma ignaciano: el deseo, nunca culminado, de alcanzar la plena identificación con Jesucristo pobre y humilde expresado con vehemencia por Ignacio en la Tercera Manera de Humildad [Ej 167] y pedido con triple insistencia a María mediadora, al Hijo y al Padre para que nos sea concedido como gracia.

 

Blanca Arregui

Manresa

Read 2761 times
Login to post comments