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EL BAUTISTA: LOS RIESGOS DE LA ASCESIS

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Aviso para los lectores habituales de Enrique Martínez Lozano: Para este año litúrgico, Enrique ha publicado los comentarios al evangelio en un libro de la Editorial Desclée De Brouwer, que podéis comprar en las librerías religiosas de nuestro país y en nuestra tienda online. Os paso el enlace: http://feadulta.com/ediciones/libros/71-otro-modo-de-leer-el-evangelio.html

En esta columna pasaremos a poner comentaristas diferentes cada semana: Marifé Ramos, Dolores Aleixandre, Gonzalo Haya, Miguel Díaz, etc. En fiestas señaladas y en tiempos fuertes, contaremos con el comentario realizado por Enrique Martínez Lozano como por ejemplo, en este Adviento, hemos contado con una descripción de la figura de María, la semana pasada y esta semana, de Juan Bautista, ambos personajes principales del Adviento.

También queríamos comentaros que la cantidad de material publicado en feadulta a lo largo de 9 años sigue estando en la web. Se puede utilizar el buscador avanzado o bien consultar las “cartas de la semana” de otros años por orden de fecha: http://www.feadulta.com/es/carta/otrassemanas.html

 

EL BAUTISTA: LOS RIESGOS DE LA ASCESIS

Junto con María, la otra figura que destaca en la liturgia de Adviento es la de Juan el Bautista. Desde muy temprano, el grupo de seguidores de Jesús lo presentó como el “precursor” del Mesías (así hacen los evangelios sinópticos) o como el “testigo de la luz” (en expresión del cuarto evangelio).

Los textos relativos al Bautista resultan profundamente significativos. Se aprecia en ellos un doble interés: por una parte, es manifiesta su preocupación por situarlo debajo de Jesús; por otra, progresivamente, lo van convirtiendo en un discípulo más del Maestro de Nazaret.

Lo que late en el trasfondo de los relatos es el enfrentamiento entre los discípulos de ambos maestros.

Parece cierto que Jesús habría sido discípulo de Juan. Y que, llegado a un punto, se habría alejado de él, probablemente por las diferencias en torno al modo de hablar de Dios. Para el Bautista, Dios era todavía el Juez que amenazaba a los pecadores; para Jesús, era Amor gratuito y compasivo. De hecho, Juan se dedica a predicar la conversión de los pecados, mientras que Jesús sale permanentemente al encuentro de la persona necesitada. Hasta el punto de que puede afirmarse que, mientras el primero busca pecadores que convertir, el segundo sale al encuentro de personas que necesitan ayuda.

Pero, dejando aparte esa cuestión, querría centrarme en un rasgo característico del Bautista: su austeridad ascética. Los textos lo presentan viviendo en el desierto, vestido como un mendigo y alimentándose de insectos y miel silvestre. Las palabras que salen de su boca son durísimas y presentan a Dios en clave de amenaza para quien no se convierta.

Probablemente, el ascetismo y el mensaje rigorista casan bien. La dureza que el predicador dirige hacia sí mismo se proyecta luego hacia los demás. Detrás parece esconderse una trampa habitual: la autoexigencia se transmuta en exigencia desmesurada hacia los otros, hasta el punto de que el cumplimiento de la norma se convierte en la obligación primera.

¿Significa eso que la ascesis es negativa y debe olvidarse por completo? Si por tal término se entiende la negación de alguna parte de lo real o la mortificación que naciera de una actitud dolorista, que valora el dolor por sí mismo, ciertamente nos encontraríamos ante una perversión peligrosa. Ese comportamiento no humaniza porque parte precisamente de una concepción errónea de lo que es la vida y la persona. Y se haría merecedor de las ácidas críticas de Nietzsche contra aquella forma de entender la religión como “enemiga de la vida”.

Tal actitud no solo es dañina para la persona que la ejerce, sino para quienes están a su lado. En el caso de tratarse de alguien con autoridad, no sería extraño que pretendiera imponerse a los demás desde una actitud rígida y represora.

Sin embargo, hay otro modo de entender la ascesis, que tiene más que ver con el sentido original del término. Así entendida, equivale a entrenamiento. Y, como en el caso de los deportistas, nace de la motivación por ofrecer lo mejor de uno mismo y vivirse en plenitud.

En este caso, el punto de mira no está puesto en la exigencia ni, mucho menos, en el dolor o la privación, sino todo lo contrario. De una manera realista y, por tanto, humilde y comprensiva, la persona se ejercita (se entrena) para ser fiel a sí misma, desoyendo otros cantos de sirena que buscan entretenerla y mantenerla alejada de sí. Desde esta perspectiva, la ascesis resulta indispensable en el camino del crecimiento personal, que es, constantemente, un camino de soltar –morir a lo que no somos- para dejar vivir lo que realmente somos.

El cambio de perspectiva es decisivo: la ascesis no es ya un valor en sí misma, sino únicamente en función de aquello que nos plenifica. Y no porque busquemos ningún tipo de “perfección”, sino porque nos dejamos mover por el Anhelo que nos llama a vivir en conexión con nuestra verdadera identidad. Nos entrenamos, pues, para dejar todo aquello que tiende a aferrarnos –y que conduce a una vida egocentrada y cerrada en sí misma- y para saborear Aquello que somos y que se halla siempre a salvo.

Sin esfuerzo no daremos un solo paso, pero si solo hay esfuerzo corremos el riesgo de rompernos. La clave podría expresarse de este modo: aquieta la mente, conecta con lo que realmente eres y desde ahí, solo desde ahí, vive el esfuerzo que la fidelidad te requiera. Vivido así, no solo se sortearán riesgos latentes –que nacen de exigencias, “deberías” o culpabilidades, más o menos inconscientes-, sino que será un esfuerzo flexible, proporcionado y, sobre todo –y este es un signo revelador- gozoso. Huye de la exigencia sin gozo, descansa siempre en el gozo aunque sea exigente.  

 

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

13 diciembre 2015

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