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Libro de la biblia

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EL ENGAÑO QUE NOS IMPIDE VER

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Mc 6, 1-6

La mente es un baúl de etiquetas: "agradable / desagradable", "bonito / feo", "importante / insignificante", "amigo / enemigo"... En realidad, pensar no es otra cosa que sobreimponer nombres y formas a la realidad. Con frecuencia, en el uso de las etiquetas de que dispone, la mente busca proteger al yo, responder a sus necesidades y fortalecerlo en su (ilusoria) sensación de identidad separada.

La mente se afana en esta tarea especialmente cuando el yo se ve amenazado, lo cual suele ocurrir con frecuencia en el campo de las relaciones interpersonales.

Para defenderse, autoafirmarse o destacar, el yo echa mano de etiquetas que tienden a descalificar a los otros. De ese modo, obtiene una sensación de seguridad y de superioridad, en las que se amuralla para tratar de exorcizar la inseguridad que lo atenaza.

Con ese modo de hacer, el yo fortalece, simultáneamente, su tendencia a la separación y a la rutina. Por lo que, en la medida en que nos identificamos con él, nos privamos de vivir la unidad que somos e impedimos experimentar la novedad del presente.

Necesita de la separación, porque solo de ese modo puede autoafirmarse: viendo a los demás "frente a" él. Si la persona se instala en ese engaño, queda cegada para percibir la unidad que compartimos. Se acomoda a la rutina, buscando la sensación de seguridad que esta le proporciona: cada vez que "etiquetamos", nos cerramos a la novedad única que una persona o un acontecimiento encierran.

La consecuencia es clara: se incrementan la soledad y el aburrimiento. Es el destino del yo. Pero, dado que esas sensaciones también le incomodan, se verá lanzado de un modo compulsivo a buscar compensaciones, por la vía de la "distracción" permanente. Distraído y narcotizado, el yo tratará de sobrevivir, en una especie de noria hedonista, que no le conduce a ninguna parte.

La salida, sin embargo, se halla en otro lado: pasa por desenmascarar el engaño de la identificación.

De un modo tan inconsciente como eficaz, nos hemos pasado la vida identificándonos con una serie interminable de objetos, y de ese modo hemos construido una sensación de identidad, que ha terminado siendo, ella misma también, otro objeto más.

A lo largo del proceso de socialización, nos hemos identificado con nuestro cuerpo, nuestros sentimientos, pensamientos, deseos, miedos, éxitos, fracasos, imagen... y hemos terminado diciéndonos: "eso soy yo".

La realidad, sin embargo, es otra. Todo ello es algo que tenemos, pero no puede constituir nuestra identidad más profunda, aquella que es consciente de todo eso. Lo que somos, no puede ser objetivado. Tampoco puede ser alterado ni dañado.

Cuerpo, mente, psiquismo... son realidades que tenemos, pero nada de ello constituye nuestra identidad. Si nos reducimos a ellas, entramos en la ignorancia acerca de nosotros mismos y generamos sufrimiento estéril.

Da "un paso atrás". Observa esas realidades y pregúntate: ¿quién está observando?, ¿quién es consciente de todo ello? Y serás conducido a conectar con una Realidad ilimitada que sabe a Presencia y a Plenitud, en la que no caben la soledad ni el aburrimiento.

Esa es nuestra identidad. A partir de ahí, no queda otra cosa que anclarnos en ella, hasta familiarizarnos con quien realmente somos. Al querer hacerlo, notaremos el peso de la inercia de años, que nos lleva a creer, una y otra vez, que somos nuestra mente. No cedas, no pierdas la distancia con respecto a ella, no hagas caso a sus cantos de sirena... Permanece en contacto con el Fondo de lo real, el mismo y único Fondo de todo lo que es.

En el texto del evangelio que comentamos, los paisanos de Jesús, en lugar de abrirse con novedad a lo que se muestra en él, optan por recurrir a etiquetas con las que descalificarlo. De ese modo, se colocan a sí mismos una especie de filtro que les impide ver.

Cuando eso ocurre, el milagro –la novedad- es imposible; solo queda la rutina de lo siempre visto. Así como el Fondo de lo real es siempre nuevo, sabe a frescor y a vida, la identificación con la mente y con las exigencias del ego encierran en una monotonía superficial y aburrida.

Jesús –dice el texto- "se extrañó de su falta de fe", es decir, de su incapacidad para ver más allá, de su resistencia a conectar con el Fondo, de la ignorancia en la que decidían permanecer instalados.


Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

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