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ÓBOLOS DE ORO

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“Compartir lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte, se convierte en riqueza, porque el poder de Dios, que es el del amor, desciende sobre nuestra pobreza para transformarla”  (Papa Francisco)

8 de noviembre, domingo XXXII del TO

Mc 12, 34-48

Llegó una viuda pobre y echó unas monedillas de muy poco valor. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que todos los demás

Los ojos de Jesús nos observan, sentado frente al cepillo del templo del mundo, para contemplar la generosidad o escualidez de nuestras limosnas, habitualmente bien menguadas. Y observó que cuando las viudas dan limosna, no tocan las trompetas como los hipócritas y que, en su indigencia, dan cuanto tienen para poder seguir viviendo.

La Sagrada Escritura nos las presenta como ejemplo. Una, la que ofrece al templo lo que tiene. Otra, la de Sarepta, que le da a Elías la torta que había cocido en las cenizas para su hijo y para ella (1 Reyes 17, 9-13). Así el humilde óbolo de ambas cayó sin alharacas desde el rubor de la pobreza en el cepillo. Cuando lo abrieron, todas la monedas eran de cobre menos las de las viudas, que a los ojos de Jesús brillaban más que el oro.

¿Qué dieron, por qué y cómo? Dieron de lo que ellas y los suyos necesitan en la vida porque ayudar a otros más necesitados les apremiaba la conciencia. Y lo hicieron con toda discreción, como aconseja el Evangelio en Marcos: “Cuando tú hagas limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”  (Mc 6, 3). La pintura universal recoge su gesto silente y generoso con Gustave Doré (1832-1883) o con Bernardo Strozzi (1581-1644).

Mujeres sencillas -pobres en palabras, ricas en sentimientos- de las que el  apóstol Santiago nos recuerda en su Carta lo importante que es llevar a la práctica la palabra, y no dejar vacío de obras nuestro cacareado cristianismo“Una religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es cuidar de huérfanos y viudas en su necesidad” (Sant 1, 27).

Y huérfanos y viudas son los emigrantes que cada día y noche desembarcan en las costas de Europa, las prostitutas que ofrecen su cuerpo en los burdeles, los que piden techo y alimento a las hermanitas de los pobres, las aguas y el aire contaminados de ríos y ciudades, los sufridores todos de tantas injusticias terrenales. No es humano seguir respondiendo a su llamada con un sonoro antievángélico “¡Que Dios le ampare, hermano!”   

¿Puede alguien acaso todavía irse a dormir tranquilo como antaño, pensando que con su desnudez, su sed, su hambre, estos hermanos nuestros de acá abajo serán premiados por Dios y ganarán el cielo? ¿Hasta cuándo podemos continuar sordos al grito del Padrenuestro: “Danos, Señor, el pan de cada día”, e irnos a dormir con la hipócrita esperanza, de que Dios bajará, de no sabemos dónde, presto a socorrerlos con una tienda de campaña y mesa puesta y bien servida de bienaventuranzas suculentas y apetitosas obras de misericordia? ¿No dejó Jesús claro en Mateo 12, 46-50, quiénes de verás son nuestros hermanos?

Esta plegaria del jesuita Luis Espinal (1932-1980), de claras resonancias evangélicas, nos puede ayudar a comprenderlo: Dios Supremo, te damos gracias porque te podemos hallar en el mundo. No allá sobre las nubes. Te podemos amar y adorar en estas personas que nos rodean y que tanto sufren”.

Generosos son igualmente los ricos como Isabel de Valois cuando en Don Carlo de Verdi, arranca la joya que cuelga de su cuello y se la da a los pobres: “Tened esta cadena”.

 

ÓBOLOS DE ORO

Fui al cajero del alma
y saqué el óbolo,
que en soledad estaba
en la cartilla.

¡Oh, Dios, que triste andaba!

En la calle, antes en Primavera,
se me cerraron puertas y ventanas
de los supermercados: las viudas
cruzaron la alameda cabizbajas
con sus cestas vacías.

En una iglesia franciscana
dejaron todas con piedad el óbolo
en el cepillo de las dádivas.
Y vieron al salir que de los árboles
colgaban óbolos de oro en cada rama.

La Primavera había renacido en la alameda.
Y al entrar en la casa,
vieron la mesa del Reino de los Cielos puesta.
En la cabecera, Dios y la Corte Celestial les esperaban.

Las viudas le dijeron: ¿habrá lugar también
para tantos mendigos como en la calle aguardan?

Dios les respondió:
¡¡Es vuestra casa!!

 

Vicente Martínez

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