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13 PROPUESTAS PARA EL SÍNODO SOBRE LA FAMILIA 2015

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Hoy se votan en el Sínodo de Roma las propuestas sobre la familia cristiana, y así conoceremos pronto su contenido, más allá de las filtraciones más o menos secretas e interesadas que se han venido publicando estos días.

Evidentemente, no puedo publicar en mi blog todavía esas propuestas, pero puedo y quiero ofrecer las mías, pues he venido siguiendo con interés de cristiano y “complicidad” de teólogo los avatares del sínodo desde el comienzo de su preparación, el 2013, hasta ahora. En ese contexto de avance y reflexión sobre el sínodo publiqué además un libro (La Familia en la Biblia, 2014), que ofrece una base de conocimiento sobre el tema.

Mientras aparecen, pues, las propuesta oficiales, presento yo las mías, elaboradas en un contexto de estudio de la Biblia, escucha de la voz de muchísimos cristianos (¡sensus fidei!), reflexión y valoración de algunas aportaciones del Sínodo, tomando como base las últimas páginas de mi libro sobre La familia en la Biblia. Buen día a todos.

13 propuestas para el Sínodo sobre la Familia 2015

1. La familia es un institución histórica, que se va expresando y realizando a través del tiempo. Ciertamente, tiene un elemento natural, vinculado a la historia de la naturaleza y de la vida, como muestra la dualidad sexual (varón y mujer) y el hecho de que el hombre es un ser natal que proviene de otros hombres, no sólo en un plano biológico, sino (y sobre todo) cultural, a través de la palabra que le ofrecen y en la que le inician otros seres humanos.

Lógicamente, a partir de esa esa “base natural”, las formas de la vida familia han cambiado, como sabemos por la historia, y conocemos por la misma Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. En ese sentido, podemos afirmar que la Biblia es un libro sobre las “transformaciones” de la familia, pues su sentido y valor no está dado de antemano, sino que se va configurando a lo largo de la historia. En esa misma línea podemos decir que, sobre la base de los principios de Jesús, las formas de familia han cambiado también a lo largo de la vida de la Iglesia.

2. Tendencia al matrimonio monogámico. A pesar del predominio del patriarcalismo y de la existencia de la poligamia, la Biblia ha dado primacía al matrimonio monogámico, igualitario y duradero (para toda la vida) entre dos personas (normalmente un hombre y una mujer), como muestra el camino que va de Gen 1-2 hasta Mc 10, 1-9 (mensaje de Jesús) y el gran signo de Ap 21-22 (las Bodas del Cordero). En ese contexto resulta fundamental la vinculación entre monoteísmo profético (Dios ama a su pueblo como esposo fiel) y la monogamia (el amor y la fidelidad entre un hombre y una mujer es signo y presencia divina en la historia).

Pero la monogamia no se ha impuesto por ley, ni en la Biblia ni en la Iglesia, pues, más que una norma que obliga desde fuera, ha sido y es una experiencia de maduración humana, en línea de unión personal, para el amor de dos y para el engendramiento de la vida. La realidad modélica de la familia, vinculada al despliegue de la vida, está básicamente vinculada al matrimonio monogámico entre un hombre y una mujer.

3. Otras formas experiencias, la poligamia. El matrimonio monogámico y heterosexual ha de entenderse como punto de referencia, pero se han dado y pueden darse otras formas de matrimonio, entre las que empiezo indicando, desde la Biblia, el modelo de unión poligámica, que se ha dado en ciertos momentos de la Biblia y sigue dándose en algunas culturas religiosas y sociales, de manera que la iglesia, en principio, debe respetarlo e incluso admitirlo de hecho en algunas situaciones quizá marginales, pero significativas de África y Asía.

Pero ese tipo de matrimonio parece ir en contra de la igualdad y exclusividad en el amor de la pareja, tal como aparece no sólo en el camino del Antiguo Testamento, sino en la experiencia de Jesús. De todas formas, a fin de que el matrimonio monogámico sea efectivo, en contra de una poligamia conteporánea o sucesiva (con cambio frecuente de mujeres o maridos), tiene que cambiar la visión de la libertad personal (de la estructura social y de la economía) de cada uno de los casados, para un compromiso unitario y duradero, partiendo del valor y autonomía de cada una de las personas (en especial de las mujeres).

4. Otras formas de matrimonio. Parejas homosexuales. La realidad humana es compleja, y no responde a un único modelo de relación personal. Por eso, junto a un centro más extenso, formados por las parejas heterosexuales (con posibilidad de engendrar hijos propios) pueden darse y se dan, dentro del gran arco-iris de colores de la vida, otros tipos de afecto y vinculación personal, que se expresan sobre todo en las relaciones gays, y en las parejas homosexuales.

La Iglesia, por ahora, no se atreve a llamar matrimonio a las parejas estables de homosexuales, pero la reconoce y bendice, como expresión de la riqueza y variedad de la vida humana, deseando que ellas puedan ser relaciones duraderas y fieles, no sólo para bien de los que así se vinculan en amor, sino para enriquecimiento de la misma sociedad, y de un modo especial de la Iglesia. Los homosexuales, célibes o casados, que quieran ser fieles al evangelio (a los principios del Sermón de la Montaña) pueden y deber ser admitidos en la comunidad cristiana, participando no sólo de la comunión eucarística, sino de todos los derechos y deberes de los demás cristianos en un plano de confesión de la fe y de recepción y ejercicio de los diversos ministerios eclesiales.

5. Familia e hijos. El matrimonio no es sólo unión para engendrar, sino para vivir en comunión y fidelidad personal. Por eso, no es necesario que todas las parejas matrimoniales tengan como finalidad el surgimiento de nuevas vidas. Pero, dicho eso, debemos añadir que el hombre es un ser natal: Un ser engendrado a partir de la comunión de otras personas (un hombre, una mujer), no fabricado, de manera que en ese contexto es básica la institución del matrimonio. Las cosas se producen y fabrican, pero los hijos no son “obra” fabricada, sino que nacen por generación creadora de los padres, en la que interviene de un modo especial el mismo Dios.

Por eso, cada nacimiento es un signo de Dios, una expresión de su Palabra. Este carácter “natal” y comunitario del ser humano, que existe por obra/amor otros seres humanos (al menos dos), constituye un elemento clave de la experiencia cristiana. Así dice la Biblia que el hombre nace de Dios (de su Palabra: cf. Jn 1, 11-12) a través de la palabra que le ofrecen otros seres humanos, especialmente los padres. Por eso, el ser humano no es alguien que se limita a compartir la esencia humana (como han pensado falsamente algunos pensadores helenistas y después cristianos), sino que un individuo concreto que “nace” de individuos hombres concretos, en un contexto de genealogía/familiar.

6. Experiencia “sexual”, recuperación del placer. Quedando claro lo anterior (el hombre es ser natural, su esencia es la familia) puede darse un paso más, afirmando el valor prioritario de la experiencia sexual, como aparece no sólo el Cantar de los Cantares, sino en la primera palabra del hombre cuando despierta a la vida (Gen 2, 23-24). Una larga tradición helenista, defensora de la oposición entre materia y espíritu, que se ha introducido sobre todo en la gnosis y en algunos eclesiásticos antiguos (como San Agustín), ha minusvalorado (y casi demonizado) el placer, afirmando que el sexo sólo puede expresarse de un modo legítimo al servicio de la generación.

Pero esa oposición al sexo es no sólo antibíblica (contraria al Antiguo Testamento), sino también anticristiana, como muestra el mismo San Pablo cuando pide a los esposos que expresen su amor y cohabiten todos los días, privándose sólo durante algunos tiempos limitados, para orar en común, por decisión compartida (cf. 1 Cor 7, 3-5). Ciertamente, una parte de la Iglesia Católica ha sentido prevención ante el sexo, y de esa forma ha corrido el riesgo de entender mal el sentido de las relaciones humanas y de la familia, como fuente y espacio de encuentro creador entre personas

7. Libertad personal, una posible opción por el celibato. En esa línea, la familia cristiana es una experiencia concreta y muy fuerte de libertad, aunque en muchos momentos la Biblia y la misma Iglesia ha tendido a entender el matrimonio como algo que ha de hacerse por necesidad, no sólo al servicio de la procreación, sino también de la casa-hacienda. En esa línea, en muchos casos, no existía verdadera libertad para casarse o para quedar solteros, y eso se aplicaba en especial a las mujeres, que debían someterse al dictado de sus familiares, casándose por conveniencia económica y social, con un hombre buscado por otros.

Pero esa “imposición” matrimonial ha sido superada en la misma Biblia, y de un modo especial por Jesús, no sólo al recibir en su seguimiento a varones y mujeres que podían estar casados o solteros, sino también al valorar y acoger a personas que no podían o solían casarse (eunucos, prostitutas…). Por lo que sabemos, quien más ha desarrollado las implicaciones de esta novedad de Jesús ha sido Pablo, que ha puesto de relieve el valor de la Iglesia (comunidad cristiana), dejando a los hombres y mujeres concretos en libertad para el matrimonio o celibato, que no son, por tanto, imposición ni obligación, sino vocación. Hombres y mujeres tienen valor en sí mismos, dentro de una Iglesia que les acepta y aprecia como tales, de tal forma que no están obligados a casarse, sino que pueden vivir en celibato (virginidad), al servicio de los demás (es decir, del evangelio), con las dificultades que ello implica y los valores que ofrece.

En esa línea, conforme a la enseñanza de Pablo en 1 Cor 7, puede haber personas célibes (eunucos…: Mt 19, 12) por el Reino de los Cielos, tanto por condición antropológica, como por opción personal. El célibe o eunuco, así entendido, no es un hombre o mujer carente de amor, sino al contrario, un hombre o mujer que convive desde el mensaje del Reino con otros eunucos, expulsados sociales o necesitados y con el conjunto de la sociedad, pudiendo ofrecer un testimonio familiar distinto, no para oponerse a la familia matrimonial con hijos, sino para ofrecerle un complemente muy valioso. Pero puede y debe haber también matrimonios en perspectiva del Reino de los Cielos, como amor de pareja (comunión personal) que se expande no sólo al servicio de los hijos propios, sino también de otros excluidos y necesitados. Entendido así, ni el matrimonio es una ley, ni es una ley el celibato, sino que ambos aparecen como expresión de un amor abierto, de modos distintos, a la familia.

8. Un camino a favor de la igualdad real de la mujer. La Biblia es una “historia de la familia”, no un tratado teórico, y de esa forma va narrando acontecimientos y trazando caminos, sin imponer una determinada perspectiva. Por eso, en un nivel, ella acoge desde el principio a la mujer como persona (Gen 1-2), pero, en otro, tiende a convertirla en sierva del varón patriarca, destacando su función materna. Sólo en algunos momentos especiales, el Antiguo Testamento ha valorado a la mujer, en distinción e igualdad radical con el varón (así en el Cantar de los Cantares), sin necesidad de que ella sea madre en una familia al servicio del varón y de la casa (hacienda).

Esa nueva valoración aparece en el Nuevo Testamento, pero cierta tradición cristiana posterior ha tenido dificultad en aceptarla, volviendo a ratificar una visión patriarcalista de la vida y de los ministerios eclesiales (Cartas Pastorales). Volviendo a la raíz de Gen 1-2, con el Cantar de los Cantares y el mensaje de Jesús y Pablo, debemos reforzar la igualdad radical del varón y mujer, no en forma de identificación, sino de complementariedad, pues cuanto más se diferencia más iguales son, valorándolos como personas.

Así pasamos del plano de la naturaleza al de la dignidad personal, descubriendo que la diferencia sexual está al servicio de la mayor igualdad, y la igualdad al servicio de la diferencia, personal de manera que, siendo iguales y distintos, en comunión personal (pudiendo ser célibes), hombres y mujeres pueden crear parejas de relaciones estables (de diverso tipo), destacando entre ellas las parejas heterosexuales, capaces de engendrar nuevas vidas.

9. Amor es palabra, la esencia dialogal de toda familia. Crear familia es en el fondo dar y compartir palabra, abriendo así un espacio de comunión entre personas. La misma diferencia de sexo, al servicio del encuentro personal, se desarrolla en forma de trasmisión de conocimiento de vida. Ciertamente, los hijos nacen del semen masculino/femenino, en un plano biológico, y cada nuevo ser humano tiene un genoma distinto. Pero el verdadero nacimiento personal humano acontece en el nivel de la palabra que le ofrecen los padres (biológicos y/o personales) al acogerle y educarle. El germen humano sólo se personaliza a través de la palabra engendradora, de forma que sin ella no hay nacimiento personal, pues un hijo simplemente “biológico”, sin educación cultural (amor, palabra, comunidad) es inviable como persona.

La familia nace y se expande de esa forma en un espacio de palabra compartida que los padres y/o los educadores ofrecen al niño que así nace de un modo personal. Se podría pensar que en los primeros años el niño recibe sólo la palabra de los padres y/o de algunos pocos familiares y educadores, pero a través de ella le llega la voz y la cultura de todo un pueblo, que se expresa en el idioma. Por eso, lo que suscita y define a la familia es la hondura de palabra que cada uno de sus miembros ofrece, recibe y comparte. De un modo consiguiente, el matrimonio (y el engendramiento de hijos) constituye un compromiso de vida compartida que se establece y expresa en el nivel de la palabra. Sólo en la medida en que un hombre y una mujer se “conocen” en sentido bíblico, siendo sujetos de palabra, y la comparten en libertad, puede haber matrimonio (con hijos “humanos”).

10. Indisolubilidad, una más alta experiencia de comunión. El matrimonio sólo tiene sentido allí donde abre un espacio en el que cada esposo madure en humanidad, de forma que su amor mutuo (común), expresado en forma de palabra dialogada, sea forma de vida permanente, que nada ni nadie puede romper. En esa línea, el matrimonio es una promesa de vida compartida y regalada: Varones y mujeres son los únicos seres que pueden prometerse vida (com-prometerse) desde Dios, es decir, uno con el otro, creando una realidad más alta, algo que antes no había, y que no es la mera suma de dos, pues los casados no son ya lo que antes eran, sino que tienen una nueva realidad de tipo dual, una vida más alta, siendo principio común de vida.

Sin duda, puede haber otras uniones temporales o definitivas muy dignas, y también otras formas de vida, como sabe Jesús al hablar de los eunucos (Mt 19, 12): uniones de amigos o amigas, del mismo o diverso sexo, comunidades religiosa, parejas homo- y/o hétero-sexuales, y su valor dependerá de la “palabra” de comunión que susciten y desarrollen, y también de la vida que desplieguen en compromiso de amor (aunque no tengan hijos). La dignidad de esas uniones no dependerá de leyes estatales (aunque cierta regulación social puede ser importante), sino de la humanidad que ellas logren compartir y expresar.

11. Divorcio, nueva comunión. En principio, como digo, el matrimonio es indisoluble: compromiso de unión definitiva y creadora de dos personas, y en esa línea Jesús ha criticado y condena (Mt 10, Mt 19 etc.) el poder que en su tiempo tenían los varones de “expulsar” a sus mujeres, rompiendo así el compromiso matrimonial. El ideal y camino del matrimonio es por tanto la unidad indisoluble de dos personas. Pero, firme eso, el mismo, el NT y la Iglesia saben (como dicen Mt 19 y Pablo en 1 Cor 7) que hay casos en los que el matrimonio se rompe por dentro, volviéndose inválido o nulo, de manera que los antiguos esposos quedan en libertad de casarse de nuevo.

En los casos en que los esposos declaren su matrimonio inválido o roto (nulo), la Iglesia puede ratificar su ruptura, con el consenso de la comunidad que respeta y acoge su proceso de separación, como una forma de recuperación de auténtica libertad para vivir como célibes o para establecer un nuevo matrimonio, con la prudencia que exigen cada caso, buscando siempre el bien de los esposos, de sus posibles hijos y de la comunidad creyentes.

12. El valor de los niños. En este contexto sigue siendo fundamental la experiencia y tarea de engendramiento de la vida, pues cada familia empieza siendo “una” realidad de “dos” que se unen (se transfiguran), engendrando vida en común, de manera que ya no se aman solamente uno al otro, en línea horizontal, sino abriéndose juntos a un tercero. Su amor mutuo viene a presentarse así como principio de vida, y así cuanto más fuerte sea la intimidad de la unión de pareja o familia, más grande será (ha de ser) su apertura creadora (la de cada uno de sus miembros) hacia los hombres y mujeres de su entorno.

Mirado desde nuestra perspectiva, el Antiguo Testamento en su conjunto apenas ha logrado establecer uniones igualitarias de familias. Sólo el descubrimiento del valor radical de la mujer, y la experiencia más honda de fidelidad personal de ambos (varón y mujer), puede hacer que nazca la paternidad/maternidad compartida. Esta visión latía ya en el mismo libro del Génesis, donde Adán y Eva aparecen como iguales en humanidad, pero ella sólo ha logrado desarrollarse lentamente, sin haber culminado aún hasta el día de hoy, a pesar de la experiencia radical de comunión que implica el evangelio cristiano.

El matrimonio aparece así como proyecto de comunicación definitiva entre dos personas, como relación de crecimiento y generación de nuevos seres humanos, a quienes madre y padre ofrecen no sólo su ADN (herencia genética), sino algo mucho más importante, que podemos llamar ADN personal, en palabra y amor.

13. Fidelidad matrimonial y servicio a los pobres, es decir, al Reino de Dios. El amor matrimonial cristiano sólo es completo allí donde dos personas se vinculan (se entregan/conocen) mutuamente para amar juntos a un “tercero”, es decir, a los hijos o al conjunto de la sociedad, al servicio de la vida, y de un modo especial de aquellos que no tienen familia… En ese contexto se sitúa el proyecto de Jesús, que ha sido célibe, pero no por falta de amor, sino al contrario, por apertura de amor concreto hacia los marginados y expulsados familiares y sociales.

 

Xabier Pikaza

Religión digital

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