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DE LAS MUSAS AL TEATRO

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El hombre es hombre, haciéndose Dios (Alphonse et Rachel Goettmann)

20 de septiembre, domingo XXV del TO

Mc 9, 30-37.

Se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos

El prolífico dramaturgo Lope de Vega expresó hiperbólicamente su fecundidad  con estos versos:

“Más de ciento, en horas veinticuatro
pasaron de las musas al teatro”.

La creatividad del Fénix de los Ingenios, como la de Dios, como la de Jesús, no se quedaba en meras musaicas especulaciones. Pasaban siempre de las musas al teatro. Se ponían el traje correspondiente y pasaban a la acción.

En versión rústica la creación se ve sólo hacia fuera: abundante luz y sombra, ruido, espacio. En cartoné va en piel y lomo dorado, es hacia adentro. Peter Russell nos lo describe en Ciencia, conciencia y luz, de esta manera: “Me di cuenta que el desarrollo futuro de la especie humana no se encaminaba hacia el espacio exterior, sino hacia el interior, hacia las profundidades ocultas de la conciencia; y, en último término, hacia lo divino”.

Porque es en esos niveles donde yace –mejor dicho, vive- lo más significativo de los seres“El que busca la verdad tiene que empezar buscando dentro de sí”dice Sandor Marai en El Último encuentro. Buscar, primero; y una vez hallado, pasarlo a los demás en grata oferta. Búsqueda nada fácil ya que, en palabras de San Agustín: “Las personas viajan para maravillarse ante las alturas de las montañas, las enormes olas del mar, los largos cursos de los ríos, la inmensa vastedad del océano, el movimiento circular de las estrellas; y, sin embargo, se contemplan a sí mismos sin mostrar el menor asombro”.

En la Presentación mencionada hace un par de domingos, ¿Dónde estás mi Señor?, el autor -Dios, Jesús- nos responden siempre: “¡Aquí estoy!, en el dolor de tus hermanos”. Calmar ese dolor será según San Mateo la prueba de fuego en el juicio de las naciones para alcanzar el Reino de los Cielos“Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme”  (Mt 25, 35). Nuestros Catecismos los amplían a las catorce Obras de Misericordia: 7 corporales y 7 espirituales. Una vez más, de las Musas al Teatro.

Los ambiciosos de las riquezas terrenales suelen olvidarse de ellas y arrancan sin miramiento alguno con el santo y la limosna. El Sultán otomano Mehmet II, conquistador de Bizancio, oró dando gracias a Alá por la victoria y desnudó de sus tesoros la basílica Patriarcal de Santa Sofía. En el descubrimiento del Pacífico se entona un Te Deum de acción de gracias y se reza mientras el Conquistador Vasco Núñez de Balboa mira absorto en lontananza: una expresionista estatua en bronce, en la Ciudad Universitaria madrileña, conmemora el hecho. Le acompañaba un grupo de hombres civilizados, “a los que un puñado de metal amarillo les parece más valioso que todos los adelantos espirituales y técnicos de su cultura”, en expresión del novelista Stefan Zweig. La rapiña humana no tiene límites ante el brillo del oro. 

En el cumplimiento de esta tarea El hombre es hombre, haciéndose Dios, como tan divinamente sugierenAlphonse y Rachel Goettmann. “¿Qué responderás al Juez, tú que revistes las paredes y dejas desnudos a los humanos? ¿Tú que adornas a los caballos y ni siquiera te dignas mirar a tu hermano cubierto de harapos?” Lo predicó el obispo de Cesarea San Basilio el Grande (siglo IV) en su“Homilía contra los ricos”.

¿Es que los latidos amorosos de la compasión se han dejado de sentir en el Cuerpo Físico de la Iglesia? ¿Acaso, como se canta en El Mesías de Haendel citando a Isaías 60: 2, todavía hoy “las tinieblas cubren la tierra, y la obscuridad los pueblos?

 

¡¡DÓNDE ESTÁS!!

¿Dónde estás? te grité aquella mañana
temblando de dolor, desesperado,
y mi tristeza se elevó hecha grito
en la tranquila paz de tu Sagrario.
¿Dónde estás?  Volví a gritar con voz
más fuerte quebradas las barreras de mi llanto.
¡No puedo soportar este silencio!
¡Dónde estás mi señor!
¡Te estoy buscando!

“¡Aquí estoy! gritaste en mi conciencia
y un mendigo cubierto con harapos
me vino a visitar en mis recuerdos
cargando su silencio resignado…
En su mano tendida había tristeza,
en su mirada mucho de cansancio
Caminando las calles de la vida
¡Cuántas veces sin verlo lo he cruzado!

“¡Aquí estoy!” Y recordé de pronto
el andar vacilante del borracho
que con paso inseguro por las calles
paseaba su bochorno y su cansancio.
“¡Aquí estoy”! y vino a mi memoria
la perdida mirada del muchacho
que buscaba en el mundo de las drogas
las sensaciones que aún no había encontrado.

“¡Aquí!” agregaste y recordé al hambriento
revolviendo los cubos de basura del mercado
buscando mitigar su hambre de siglos
en los restos que otros hombres despreciaron.

(Tomado de una Presentación anónima)

 

Vicente Martínez

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