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JESUCRISTO, ¿POPULISTA Y EXTREMISTA RADICAL?

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España, Europa, el mundo, están sumidos en una profunda crisis, que no es solamente económica, sino sobre todo una crisis de humanidad, una crisis de valores éticos. Una expresión de esta situación es el egoísmo colectivo frente a los países afectados por la deuda y la indiferencia y endurecimiento frente al fenómeno de las migraciones y de los refugiados que huyen de la guerra.

La situación en España es un reflejo de la crisis global. Persiste la exclusión social. Más de 600.000 familias han sido desalojadas por la fuerza de sus viviendas. Un promedio de 250 desalojos diarios se están dando en el país violando la Constitución,  la Declaración Universal de DDHH y los convenios y pactos firmados por el Estado Español, que son, asimismo, una violación a los más elementales principios éticos y cristianos.

Más del 50% de los jóvenes se encuentran sin trabajo y más de medio millón han "huido" al extranjero. Crece la macroeconomía, es decir, la economía de los bancos, grandes empresas y de todo el sector económico, sin embargo, aumenta al mismo tiempo la desigualdad y la exclusión. Los datos de Caritas, Oxfam y Cruz Roja son cada vez más dramáticos.

Y para colmo, la corrupción y el desvío de grandes sumas de dinero a paraísos fiscales por altos dirigentes políticos, es una ofensa para los cinco millones de españoles que viven bajo el umbral de la pobreza.

España, Europa, el Mundo "necesitan un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras, porque este sistema ya no se aguanta. No lo aguantan los campesinos, los trabajadores, las comunidades, los pueblos, y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana madre Tierra. Un cambio que lleva consigo la globalización de la esperanza, que nace de los pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y de la indiferencia", señala el Papa Francisco.

Cuando aparece un movimiento social o líder político rompiendo moldes y proponiendo cambios profundos con programas sociales que benefician a los más desfavorecidos y apuntan hacia una nueva humanidad de justicia, armonía y fraternidad, se le descalifica por activa y por pasiva llamándolo "populista", "extremista" y "radical". Incluso, gente sencilla del pueblo, de tanto escuchar esta cantalata por los medios de comunicación, llegan a pensar lo mismo.

¿Quiénes lanzan estas descalificaciones?  Los que están instalados en el status quo, los que detentan el poder económico-financiero o están ideológicamente influidos por el sistema. El miedo a perder sus privilegios les lleva a denigrar a aquellos que presentan un cambio a favor de los pobres. No quieren que nada cambie porque están bien acomodados en el sistema. Pregonan que es natural que exista desigualdad y pobreza.

Si nos asomamos a Jesús de Nazaret, ¿qué vemos? En primer lugar, su madre, María, alaba a Dios porque "sacó a los poderosos de sus tronos y puso en su lugar a los humildes. Repletó a los hambrientos de todo lo que es bueno y despidió vacíos a los ricos" (Lc 1,52-53)En un mundo tan desigual como el de Palestina en el siglo I, María se sitúa al lado de los pobres. Algunos la calificarían de extremista y radical.  Su hijo Jesús no fue menos. Después de varios años de trabajo rudo en el taller familiar y campos de Nazaret, recorre los caminos de Galilea proclamando una nueva y gran  noticia: que Dios ama a este mundo y que los pobres son sus preferidos, que Dios quiere instaurar su reino de justicia y fraternidad universal entre los seres humanos. Por eso sale al encuentro de los pobres, enfermos y excluidos de la sociedad. Los consuela y los sana de sus dolencias. Con estos signos de liberación  hace presente el reinado de Dios.

Jesús no se acomodó al sistema de su tiempo. Más bien se rebeló contra él. Proclamó: "Bienaventurados los pobres... Bienaventurados los que trabajan por la justicia y la paz... Malditos aquellos que se hacen ricos a costa de los pobres...".

Descalifica el orden existente cuando dice: "Como sabéis, los jefes de las naciones se creen dueños de ellas y tiranizan a sus súbditos con gran poder, pero entre vosotros no ha de ser así. Al contrario, el que quiera ser el primero que se haga servidos de todos" (Mc 10, 42-45). A un joven rico le dice que si quiere ser su discípulo debe entregar su dinero a los pobres (Mc 10,17-22). A otro rico, llamado Zaqueo, le exige, para que la salvación entre en su casa, comparta su riqueza con los pobres y devuelva lo que ha robado (Lc 19, 1-9). Condena al rico Epulón porque no compartió con el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31). Descalifica a los sacerdotes porque  dan más importancia al culto que a la solidaridad. Por eso alaba a aquel excluido, el samaritano, porque se compadeció, solidarizó y comprometió eficazmente con el herido del camino (Lc 10, 25-37). Expulsa violentamente del Templo a los que utilizan la religión para hacer negocios privados (Jn 2,13-20).

El mensaje del reino de Dios, un reino opuesto radicalmente a los reinos de este mundo, choca frontalmente con los poderes establecidos. La práctica de Jesús es profundamente radical.

Señala que el criterio para salvarse  no es la adhesión a dogmas, normas y ritos, ni siquiera la pertenencia a una religión, sino la práctica de la justicia, la misericordia y la fe sincera (Mt. 23, 23). Proclama que en el "juicio de las naciones" se salvarán los que se hayan solidarizado con los pobres: forasteros, inmigrantes, los sin techo, encarcelados, hambrientos, enfermos..., aunque no conozcan a Dios. Por eso es inconcebible que los cristianos permanezcamos indiferentes ante el fenómeno del hambre en el mundo y de la inmigración, de los refugiados políticos que huyen de las guerras, de los ahogados en el Mediterráneo y de los desahuciados de sus viviendas.

Jesús proclama que la persona está por encima de toda ley. Por eso el sistema dominante lo acusa de ser un falso profeta, un impostor, un populista radical. Desde el primer momento, Jesús entró en conflicto con el sistema dominante.

Las autoridades religiosas hacen alianza con el poder económico (los saduceos), político (rey Herodes) y militar (Poncio Pilato), para detener a Jesús. Es un subversivo, un extremista, un hombre peligroso (Lc 23,5). Lo descalifican ante el pueblo diciendo que "está endemoniado" (Jn 8, 48), que es "un mentiroso que engaña a la gente" (Mt 27,63). Una noche la policía lo detiene, le hacen un juicio sumarísimo, lo torturan y lo condenan a muerte.

La historia se repite. El sistema económico–político-militar y religioso se prolonga hasta el día de hoy. Así hicieron con Gandhi,  Luther King,  Monseñor Romero,  Juan Gerardi y con tantos hombres y mujeres que se comprometieron por un mundo más justo y humano.

Hay que estar muy atentos para no dejarse engañar por aquellos que utilizan el miedo y la calumnia cuando aparecen movimientos o líderes que buscan un cambio profundo en la sociedad para que impere la justicia, la paz y la fraternidad universal. Los poderosos tienen miedo, un miedo atroz, a todo movimiento que propicia un cambio y lo descalifican por todos los medios como  "extremista", "radical"  y "antisistema". Jesús nos llama a ser sencillos como palomas, pero astutos como serpientes, al mismo tiempo que nos convoca a un cambio profundo de la conciencia y del corazón, para ser hombres y mujeres que buscan el bien de la humanidad, comenzando por los más desfavorecidos.

 

Fernando Bermúdez

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