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¿LA VIRGEN MARÍA MURIÓ O NO MURIÓ?

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La muerte más dudosa

Muchos católicos han creído durante siglos, y algunos todavía siguen creyendo, que la Virgen María no murió como las demás criaturas. Que al llegar la hora de su partida de este mundo, se quedó dormida como en un sueño profundo, y así fue llevada en cuerpo y alma al cielo por Dios. Por lo tanto, su cuerpo no habría sufrido la corrupción que normalmente experimenta todo cadáver.

Esta creencia se formó a partir de ciertos pasajes de la Biblia, en los que expresamente se dice que la muerte entró en el mundo por culpa del pecado. Ahora bien, si aceptamos lo que dicen estos textos de la Escritura, que la muerte entró en el mundo por culpa del pecado, como la Virgen María no cometió pecado, se deduce que no le correspondía morir, y que por lo tanto pasó directamente de la vida terrena a la vida eterna.

Sin embargo esta opinión nunca fue unánime en la Iglesia, y dividió a los estudiosos católicos durante mucho tiempo, puesto que muchos otros sostenían expresamente que la madre de Dios sí tuvo que haber muerto, ya que ésa es la condición normal de todo ser humano.

El silencio del Papa

En 1950, el Papa Pío XII decidió declarar como dogma de fe la Asunción de María. Según este dogma, la madre de Jesús, al final de su vida, fue llevada por Dios en cuerpo y alma a los cielos. Se generó entonces, una enorme expectativa entre los teólogos, pues pensaron que, al hablar de la asunción, el Papa tendría que aludir inevitablemente a la cuestión de su muerte, y aclararía así de manera definitiva el tema.

Sin embargo, Pío XII prefirió no entrar en la controversia teológica. Por eso, en el momento de pronunciar su alocución dogmática, se expresó de esta manera: “Declaramos ser dogma divinamente revelado, que la Inmaculada madre de Dios, «terminado el curso de su vida en la tierra», fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo”.

Con esta expresión evasiva, el Pontífice esquivó el problema y dejó el conflicto sin resolver, ya que no explicó si María fue llevada al cielo después de morir, o sin que hubiera muerto.

Será finalmente el papa Juan Pablo II, en su catequesis del 25 de junio de 1997, quien se pronunciará sobre el controvertido debate de los teólogos, manifestando que la madre de Jesús sí murió, es decir, que debió “experimentar en su propia carne el drama de la muerte”, como toda criatura humana.

En contra de la tradición

El Papa justificó su afirmación por tres motivos.

Primero, porque toda la tradición de la Iglesia ha sostenido siempre que María fue llevada al cielo después de morir.

En efecto, desde los primeros siglos encontramos a figuras de renombre como san Epifanio († 403), san Ambrosio († 397), san Jerónimo († 420), san Agustín († 430), san Juan Damasceno († 749), san Anselmo (1109), santo Tomás de Aquino († 1274), san Alberto Magno († 1280), san Bernardino de Sena († 1444), y una larguísima lista de escritores eclesiásticos, que sostuvieron de una manera clara y terminante la muerte de la Virgen. Sólo a partir del siglo XVII comienza a aparecer la opinión de la inmortalidad corporal de María. Por eso, dice Juan Pablo II, quienes sostienen que la Virgen no murió se oponen a la auténtica tradición de la Iglesia.

En segundo lugar, continúa el Pontífice, porque pensar que María no murió es otorgarle a ella un privilegio que la colocaría por encima de su propio Hijo, ya que Jesús tampoco tuvo pecado y sin embargo murió. ¿Cómo, pues, no va a morir María?

En tercer lugar, porque para poder resucitar es necesario antes morir. Sin la muerte previa es imposible la resurrección. Ahora bien, si María no hubiera muerto ¿cómo habría podido entrar en la vida eterna? ¿Cómo habría podido ir al encuentro de su Hijo, y de todos los santos que primero murieron y luego resucitaron?

Por todo ello, concluye el Papa, María de Nazaret tuvo que morir, a pesar de no haber tenido pecado.

Una biología inalterable

Pero si bien este punto queda aclarado, falta resolver la cuestión de los textos bíblicos arriba mencionados, que son los que generaron toda la controversia. ¿Por qué dicen que la muerte entró en el mundo por culpa del pecado? ¿Significa que si los primeros hombres no hubieran pecado, habrían sido inmortales?

Ciertamente que no. Con pecado o sin él, la muerte hubiera existido de todos modos en la humanidad. La falta, que según la Biblia cometieron los primeros hombres, no alteró para nada la biología del reino vegetal, animal ni humano. En realidad toda esa creencia en la inmortalidad humana se debió a una interpretación errónea de los textos bíblicos mencionados anteriormente. En efecto, si los analizamos cuidadosamente veremos que en ningún momento afirman semejante idea.

El primero es el de Génesis 3. Allí se relata cómo, cuando Dios creó a Adán y Eva, los colocó en un Paraíso, y les hizo una prohibición: no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal que se hallaba plantado en medio del jardín. Sin embargo ellos, tentados por la serpiente, desoyeron las órdenes de Dios y tomaron el fruto. Entonces Dios, al comprobar la desobediencia, les asignó una serie de castigos empezando por la serpiente, siguiendo por la mujer y terminando con el hombre (Gn 3,1-19).

Plazo para los castigos

De acuerdo con la narración, todos los castigos impuestos por Dios aparecen enunciados de la misma manera, es decir, en forma imperativa, propia de quien imparte una orden.

Así, a la serpiente Dios le dice: a) serás maldita entre los animales; b) caminarás sobre tu vientre; c) comerás polvo; d) serás enemiga de la mujer (Gn 3,14-15).

A la mujer le dice: a) aumentaré tu sufrimiento en los embarazos; b) con dolor parirás los hijos; c) hacia tu marido irá tu apetencia; d) él te dominará (Gn 3,16).

Y al hombre le dice: a) maldita será la tierra por tu culpa; b) sacarás de ella tu alimento con gran trabajo; c) el suelo te producirá espinas y abrojos; d) comerás la hierba del campo; e) comerás el pan con el sudor de tu frente (Gn 3,17-19).

Terminada la sentencia punitiva, Dios añade al final: “Hasta que vuelvas al polvo de donde fuiste sacado, pues eres polvo y en polvo te convertirás” (Gn 3,19). Como vemos, la frase “hasta que vuelvas al polvo” no forma parte de los castigos. Es una simple infor­mación que Dios le da a Adán, sobre cuánto tiempo tendrá que sufrir esos males: hasta que vuelva al polvo, es decir, hasta que le llegue la muer­te, que el autor sagrado sobreentiende como algo que naturalmente debe suceder. Por lo tanto, en Gn 3 la muerte no es un castigo impuesto por Dios, como algunos interpretan, sino una realidad que se presupone anterior al pecado mismo. El escritor bíblico entiende que, antes de la falta cometida, la muerte ya era el fin del hombre; y que los castigos deberán sufrirse hasta que ésta sobrevenga.

El día que nunca llegó

Si la frase “hasta que vuelvas al polvo” fuera una condena de muerte dirigida a Adán, como algunos piensan, llegaríamos a una conclusión verdaderamente absurda. Porque entonces sólo a Adán le correspondería morir, ya que a Eva no le dijo Dios que volvería al polvo. Lo cual resulta ridículo. Por lo tanto, en el relato, la muerte biológica se sobreentiende que existía para los dos, con o sin pecado.

Un segundo detalle nos muestra que, en el Génesis, la muerte biológica no es un castigo provocado por el pecado. Cuando Dios coloca a Adán en el Paraíso y le prohíbe comer el fruto, le dice: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él morirás sin remedio” (Gn 2,17). Ahora bien, Dios le advierte que “el día” que coma del fruto morirá. Pero Adán comió del fruto prohibido y no murió. Ni ese día, ni el siguiente, ni el posterior. Siguió viviendo. ¿Qué pasó? ¿Acaso Dios dejó de cumplir una promesa tan grave y seria como la que había hecho? Evidentemente que no. Lo que ocurre es que, para el autor del Génesis, la muerte que debía sobrevenirle a Adán en caso de comer el fruto no era la muerte biológica, que de hecho no vino. La muerte prometida era a la amistad con Dios, que efectivamente ocurrió poco después, cuando Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso (Gn 3,23-24).

Por la envidia del Diablo

El segundo texto bíblico, que supuestamente menciona la muerte del hombre como consecuencia del pecado, se encuentra en el libro de la Sabiduría, y dice así: “Dios creó al hombre para la inmortalidad. Lo hizo a imagen de su propia naturaleza. Pero por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen” (Sb 2,23-24).

Se trata de un comentario a la narración de Adán y Eva, hecha por un judío de cultura griega, alrededor del año 50 a.C. Según éste, Dios creó al hombre para ser inmortal; y si bien ése era el proyecto divino inicial, cuando más tarde la muerte entró en el mundo por culpa del Diablo, el hombre perdió su inmortalidad.

¿A cuál muerte se refiere el autor? No puede ser a la física, porque aclara que “la experimentan los que le pertenecen (al Diablo)”, es decir, los pecadores. Y nosotros sabemos que la muerte física la experimenta todo el mundo: santos y pecadores, buenos y malos, justos e injustos. Por lo tanto, lo que quiso decir el autor es que Dios creó al hombre para la inmortalidad espiritual, es decir, para vivir por siempre como amigo de Dios; y que mientras no se aleje de él por el pecado, podrá compartir eternamente esa amistad. Pero en ningún momento habla de la inmortalidad biológica.

Entre Adán y Jesús

El tercer texto que habla de la muerte como consecuencia del pecado lo encontramos en las cartas de san Pablo. Escribiendo a los Romanos, el apóstol les dice: “Por un solo hombre entró el pecado en el mundo. Y por el pecado entró la muerte. Y así, la muerte alcanzó a todos los hombres, porque todos pecaron” (Rm 5,12). Más adelante reitera: “Y así como el pecado de uno solo (Adán) trajo sobre todos los hombres la condena, así también la justicia de uno solo (Jesucristo) trajo a todos los hombres la justificación que da la vida” (Rm 5,18).

Como vemos, Pablo establece una comparación entre Adán (el primer hombre de la humanidad), y Cristo (el primer hombre de la nueva humanidad). Y afirma que si bien la muerte entró en el mundo a través del pecado de Adán, Cristo vino a reparar esa tragedia trayendo el perdón y la nueva vida.

Ahora bien, ¿cuál es la nueva vida que trajo Jesucristo al mundo, para reparar la perdida por Adán? No es, por supuesto, una nueva vida biológica. Los hombres no tienen un mejor funcionamiento anatómico ni orgánico gracias a la llegada de Jesús al mundo. Por lo tanto, tampoco pudo haber sido una muerte corporal la provocada por el pecado de Adán.

Sin que nadie se queje

Estas son las únicas veces que la Biblia sostiene que la muerte entró en el mundo debido al pecado. Y como vimos, ninguna de ellas se refiere a la muerte biológica. Por eso hoy los biblistas ya no aceptan la idea de la inmortalidad corporal antes del pecado original.

Más aún, a lo largo de toda la Biblia hallamos la idea de que la muerte existe como algo normal, que forma parte del ciclo natural del ser humano, y que tarde o temprano todo individuo debe experimentarla, por el simple hecho de ser hombre. Nunca vemos a nadie lamentarse de que por culpa de una primera pareja haya aparecido tan horrenda realidad.

Así, leemos que “todos se irán de este mundo sin posibilidades de regresar” (2 Sm 12,23). Que estamos “formados de arcilla, y algún día regresaremos al polvo” (Job 10,9). Que ningún hombre puede “vivir sin ver nunca la muerte” (Sal 89,48). Que es inevitable tener que “irse por el camino de todos” (Jos 23,14). Que “todos morimos, porque somos como agua derramada que ya no puede recogerse” (2 Sm 14,14). Que “todos tenemos el mismo fin, tanto el sabio como el necio” (Ecle 2,14). Que “todos los hombres vuelven al polvo, igual que los animales” (Ecle 3,18).

Por lo tanto, para la Biblia, la muerte es un paso ineludible y forzoso. Vida y muerte forman parte del ciclo normal del destino humano. Por eso se la acepta siempre, sin discusión ni especulaciones posibles de lo que hubiera podido pasar en caso de que no hubiera existido el pecado.

Lo que verdaderamente entró

En definitiva, ¿cuál es la muerte espiritual que apareció en el mundo, por culpa del pecado? ¿En qué consiste? Actualmente los teólogos se refieren a ella como la muerte “psicológica”.

Si los hombres no hubieran pecado, la muerte física igualmente habría existido, pero no se la habría experimentado como algo terrorífico y agobiante. El hombre la habría afrontado con la paz y el gozo de los amigos de Dios. Habría sido un simple viaje, una partida feliz y placentera, un paso gozoso hacia el encuentro con el Señor, una despedida momentánea de parientes y conocidos, con la seguridad de que pronto volveríamos a encontrarlos de un modo más pleno y perfecto en la otra vida.

Pero por culpa del pecado se nos nubló la vista. Y entonces la muerte dejó de ser un paso dichoso hacia el encuentro con Dios, para convertirse en algo pavoroso y traumático, que nos angustia y deprime, que nos acosa en cada momento de la vida, y en donde se estrellan todas las esperanzas y las ilusiones humanas, porque ya no sabemos bien qué nos espera del otro lado, ni cómo será el más allá. Esa es la muerte “psicológica”. Es la muerte que apareció, con el pecado. Y es lo que hoy llamamos “muerte” sin más.

El poeta francés Charles Péguy lo dijo con una genial intuición: “Lo que fue la muerte a partir de ese día / antes era sólo un viaje natural y tranquilo”.

Nuevo rostro de la muerte

La mala interpretación de estos pasajes bíblicos nos ha llevado a pensar que María de Nazaret fue preservada de la muerte corporal. Como si ésta en sí misma fuera un castigo, o un mal de fábrica, cuando en realidad el mal está en cómo se la experimenta.

Con la venida de Cristo, la muerte “psicológica” fue vencida. Es decir, perdió su carácter horroroso y trágico y volvió a recuperar su rostro anterior. Con Cristo, el hombre recobró la posibilidad de verla como era en un principio: un sereno encuentro de amigos íntimos.

Por eso san Pablo habla de ella como de un “dormirse en Cristo” (1 Cor 15,18); dice que prefiere “salir de esta vida para vivir con el Señor” (2 Cor 5,6); y que para él “la vida es Cristo, y la muerte una ganancia” (Flp 1,21).

Desde entonces, millones de cristianos a lo largo de la historia han afrontado la muerte con entereza y alegría. Por eso cuanto más cerca está uno de Dios, menos temor experimenta ante la muerte. Porque sabe que ésta ya no es más “muerte”, sino una luminosa salida hacia el abrazo final y eterno con el Dios del amor. Como bien lo expresa unos versos de la liturgia: “Dichosa la muerte / que tal vida causa, / dichosa la suerte / final de quien ama”.

Jesucristo ya le ha arrancado su máscara aterradora. Y nosotros debemos volver a mirarla como era antes. Para que su futura llegada, que a todos nos aguarda, no amargue, ni angustie, ni entristezca el tiempo de la espera. Y para que se cumpla el deseo expresado por el libro del Apocalipsis: “Dichosos los que mueren en el Señor” (Ap 14,13).

 

Ariel Álvarez Valdés

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