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¿QUÉ ES LA MISA?

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Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común....A diario frecuentaban el templo en grupo; partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón.

(Hechos 2, 44-46)

P. ¿Qué cosa es Misa?

R. Un sacrificio que se hace de Cristo, y una representación de su vida y su muerte.

P. ¿A quién se hace este divino sacrificio?

R. Al Eterno Padre.

P. ¿Para qué?

R. Para tres fines: para darle gracias, satisfacerle y pedirle beneficios. 

(Catecismo de Jerónimo de Ripalda)

Entre estos dos textos han pasado muchos siglos, muchas tradiciones -no siempre cristianas- y mucha teología especulativa muy lejos de la vida cotidiana de las personas (como dice José María Castillo con su buen humor andaluz: “Hay que ver lo que da de sí un teólogo bien alimentado”).

Lo primero que echamos en falta es la continuidad entre los dos textos. El catecismo habla de un sacrificio para satisfacer a Dios mientras que los Hechos se refieren a la reunión gozosa de los cristianos en las casas para alabar a Dios. ¿Qué ha ocurrido durante los siglos de cristianismo para que se haya abierto esta sima de separación entre estos dos conceptos sobre el significado y la forma de clebración de lo que todavía llamamos “La cena del Señor”.

Cuando yo era joven teníamos un misal bilingüe -la misa aún se decía en latín- y siempre tenía curiosidad en saber el origen de la palabra “misa”. La solución me parecía muy sencilla: irme al final del texto cuando el sacerdote dice “Ite missa est”

y allí vería la traducción al castellano. Pero la traducción decía simplemente: “Idos, la misa ha terminado”, con lo cual me quedé como antes, sin saber de donde venía el vocablo “Misa”. Y así sigo sin saberlo.

No es que me importe ya demasiado la etimología de la palabra, lo que me interesa es qué sentido tiene para nosotros ese espectáculo litúrgico que presenciamos pasivamente los cristianos cada domingo.

Jesús en su última cena con sus discípulos (y seguramente también con sus discípulas) partió el pan, bendijo el vino y los repartió entre todos los comensales. Comparó el pan partido con su cuerpo roto y el vino con su sangre derramada. Y pidió a sus seguidores que cada vez que se reunieran en la mesa recordaran este gesto suyo. Eso era lo que hacían los primeros cristianos como nos ha recordado el texto de los Hechos de los apóstoles.

El cuerpo y la sangre, como nos recuerdan la mayoría de los teólogos actuales, eran entre los hebreos símbolo de la vida de las personas. El cuerpo destrozado de Jesús y su sangre derramada representa su vida entregada por el bien de la Humanidad. No es un sacrificio al Padre como redención por los pecados de todo el género humano. Dios que aborrecía los sacrificios de animales no podían considerar grato el sacrificio sangriento de Jesús. Lo que Jesús hizo fue ser consecuente con sus actos y con sus palabras en favor de los pobres y oprimidos y aceptar la muerte como el resultado inexorable de su vida entregada por toda la Humanidad.

“Haced esto en memoria mía” no quiere decir repetir literalmente las palabras “esto es mi cuerpo” y “esta es mi sangre” para que se conviertan mágicamente en el cuerpo y sangre de Jesús como todavía se cree infantilmente en nuestras iglesias. Haced esto: llevar el modo de vida que Jesús llevó, haced el bien a todos, buenos y malos, justos injustos, amigos y enemigos, familiares y desconocidos, para que seamos dignos hijos del Padre “que hace lucir el sol y hace caer la lluvia” sobre justos e injustos. Y todo ello teniendo siempre en cuenta como fue la vida y la muerte de Jesús, recordándolo en todas las asambleas de los cristianos, especialmente en las comidas compartidas dando gracias al Padre “con alegría y de todo corazón”.

De acuerdo con esta idea me gustaría reflexionar sobre como deberían ser ahora nuestras eucaristías (palabra que significa “acción de gracias” y que me parece más adecuada que “Misa” que no sé lo que significa). Pero este es un camino difícil, un bosque intrincado por el que hay que tener cuidado para no perderse. Puede que algún día lo intente.

 

Tomás Maza Ruiz

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