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EL MANÁ Y EL PAN DE VIDA

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Ante la imposibilidad de ofrecer el comentario en los próximos domingos, mando este relato que sirve para todos ellos. Está tomado de José L. Sicre, El cuadrante. Vol. III: El encuentro, Cap. 14: “El pan de vida”. Se trata de una trilogía editada por Verbo Divino, que recurre al género novelado para presentar los evangelios sinópticos (vol. I: La búsqueda), el mundo de Jesús (vol. II: La apuesta) y el cuarto evangelio (vol. III: El encuentro).

PERSONAJES EN ORDEN DE APARICIÓN

Felipe: Esposo de Dina. Ambos son misioneros formados en la comunidad del evangelista Juan y propagan su evangelio.

Lucas: nieto de Andrónico y Lucila.

Lucila: esposa de Andrónico.

Andrónico: protagonista de la historia. Catequizado con el evangelio de Marcos, conoció posteriormente los de Mateo y Lucas. A través de Felipe entra en contacto con el de Juan.

Dina: esposa de Felipe, amiga de Andrónico desde niña.

Livia: cristiana de origen judío; es como una hermana mayor de Andrónico.

CONTEXTO DEL RELATO

En la última asamblea litúrgica de la comunidad cristiana de Tróade se ha leído el relato de la multiplicación de los panes según el evangelio de Mateo. Felipe y Dina conocen una versión algo distinta y mucho más completa, sobre todo por el discurso posterior de Jesús en Cafarnaúm. Ese largo y difícil discurso es el que Felipe intenta explicar recurriendo a un cuento inventado por él.

UN CUENTO PARA EXPLICAR UN DISCURSO

Felipe sacó la conversación al día siguiente, aunque su comienzo fue inesperado.

– Esta mañana estuve jugando un rato con Lucas. Cuando se fue, me puse a preparar el tema de esta noche, un discurso muy largo y difícil de Jesús en Cafarnaúm. De repente, me quedé pensando: ¿cómo podría explicárselo a Lucas? Llegué a la conclusión de que es imposible. Pero se me ocurrió una historia que puede ayudaros a los mayores. Os la voy a contar.

Hizo la pausa obligada para despertar nuestra atención.

– En un pueblecito muy pobre apareció un día un peregrino, que se puso a pedir un trozo de pan. En la primera casa le dijo la mujer: “No tengo; este año no ha llovido y el trigo se ha secado”. Fue a la siguiente, y el dueño le respondió: “Estoy viejo, soy jornalero y nadie me contrata; no puedo ayudarte”. Siguió casa por casa y encontró siempre respuestas parecidas. Entonces comenzó a pegar voces preguntando: “¿Nadie tiene un pan en este pueblo? ¿Ni uno siquiera?” Y la gente, que lo miraba asombrada, contestó: “Hesipo tiene pan, solo él”. “¿Cuantos sois en el pueblo?”, preguntó el peregrino. “Doscientas personas”. Se dirigió a la casa de Hesipo y le dijo: “Por favor, dame dos panes, dentro de un rato te los devuelvo”. Hesipo lo miró de arriba a abajo, sospechando que se trataba de un truco. “Te devuelvo cuatro”, insistió el peregrino. “Seis”. “De acuerdo, te devuelvo seis”. “Y, ¿de dónde vas a sacarlos?” “Eso no es cosa tuya; si no te los devuelvo, trabajaré para ti una semana”. “Dos”. “De acuerdo, dos semanas”. El peregrino cogió los panes, reunió a los vecinos y les dijo: “Si alguno tiene hambre, que se acerque y coma”. Todos se amontonaron a su alrededor y contemplaron admirados cómo el pan se multiplicaba entre sus manos. Al final, cuando estaban hartos, el peregrino preguntó: “¿Cuántos panes han sobrado?”. “Seis”, respondieron. “Dádmelos, voy a devolvérselos a Hesipo”.

Mientras se alejaba, Patroclo, el más anciano del pueblo, propuso a sus paisanos: “Este hombre puede solucionar nuestros problemas. Vamos a hacerle una casa y le pedimos que se quede con nosotros”. Todos aplaudieron la idea. Pero, cuando fueron a comunicársela al peregrino, éste había desaparecido. La gente se quedó muy triste y aquella noche todos comentaron su mala suerte.

Sin embargo, a la mañana siguiente los despertaron unos gritos: “¡He visto al peregrino!, ¡he visto al peregrino! ¡Está en la era!”. Salieron todos corriendo hacia allá y lo encontraron sentado, como si estuviera esperándolos. “¿Por qué me buscáis”, preguntó. Y Patroclo habló en nombre del pueblo: “Tenemos hambre, y el pan que nos diste ayer era muy bueno”. “Era un pan normal y corriente. Hoy sí que traigo un pan maravilloso”. Y señaló un zurrón pequeñito donde parecía ocultar su precioso tesoro. “El que coma de este pan nunca más tendrá hambre”. “¿De veras?”, preguntaron incrédulos; “¿tan maravilloso es?”. “Este pan ha bajado del cielo, el que lo come vive para siempre”. Y todos se abalanzaron sobre él pidiéndole: “Danos un poquito de ese pan”.

Entonces el peregrino se echó atrás, apretó muy fuerte el zurrón contra su pecho y dijo: “No. Este pan es muy caro. ¿Cuánto me dais por él?”. “Somos pobres”, se quejó una anciana, “no podemos darte nada”. “Yo sí puedo”, intervino un hombre muy fuerte, “te doy una cabra”. “No quiero tu cabra, puedes quedarte con ella”. “Te doy cuatro olivos a cambio”, propuso otro. “No quiero olivos”. “Te haremos una casa entre todos, ya lo hemos hablado”, lo tentó Patroclo. “No quiero una casa”. “¿Qué quieres entonces?”, preguntaron. El peregrino sonrió y les dijo: “Una cosa muy rara: el que quiera su parte, tiene que creer que yo he bajado del cielo”. La gente lo miró asombrada y pronto empezaron los comentarios: “¿De qué cielo? –bromeó uno–. ¿Te has caído de un águila?”. “Es verdad –dijo una anciana–; viene del cielo, lo han mandado los dioses”. “No digas tonterías -intervino un tercero-; a éste lo conozco yo, su padre y su madre viven en el pueblo de al lado”. “Te equivocas –respondió Patroclo–; si hubiese nacido en el pueblo de al lado no habría podido multiplicar los panes”. “Lo hizo, pero no ha bajado del cielo; es un mago”. “Ni siquiera un mago puede realizar el prodigio que pretende” –sentenció un muchacho–.

Entre gritos de protesta, casi todos los vecinos volvieron desilusionados a su casa. Sólo quedaron unas veinte personas, esperando que el peregrino sacase del zurrón su pan prodigioso. “Venga, empieza ya”, lo animó uno, ansioso de recibir su parte. “¿Tú crees que yo he bajado del cielo?”, le preguntó. “Sí, sé que te han enviado los dioses”; y los otros proclamaron lo mismo. Entonces se descolgó el zurrón, lo abrió despacio, muy despacio, y enseñó su interior. ¡Estaba vacío! Pero no tuvieron tiempo de expresar su desencanto. El peregrino les dijo: “No os preocupéis. El pan que voy a daros es mi propia carne, para que nunca tengáis hambre y viváis eternamente”.

“¡Estás loco!”, se indignó el hombre fuerte; “¿quieres que comamos tu carne?”. “Y a mí, ¿qué me toca?”, bromeó otro, “¿un brazo o una oreja?”. Casi todos se marcharon escandalizados y momentos después sólo quedaban tres viejecitas, un muchacho y el anciano Patroclo. El peregrino los miró extrañado: “¿Vosotros no queréis iros?”. Entonces Patroclo tomó la palabra y dijo: “¿Adónde voy a ir, Señor? No tengo nada que comer. Además, cuando te oigo hablar me ocurre una cosa muy rara: se me quita el hambre, es como si ya hubiese comido”. “¿Y vosotros?”, preguntó a los restantes. “A nosotras nos pasa lo mismo”, dijeron las viejecitas. “Y a mí”, aseguró el muchacho. El peregrino sonrió. “Entonces, si ya no tenéis hambre, no hace falta que comáis. ¿Os apetece veniros conmigo a otro pueblo?”

* * *

Felipe nos miró, valorando el efecto de su relato.

– El peregrino es Jesús –dijo Lucila–. Eso está claro. Pero al resto de la historia no le encuentro relación con los evangelios.

– No se la encuentras con los evangelios que conoces. Está calcada del nuestro. Para que lo entendáis mejor, vamos a analizar la historia que os he contado. Lo primero que hacía el peregrino era multiplicar los panes. Al día siguiente ofrece un pan maravilloso, mejor que el anterior. Pero pide un precio muy alto. ¿Cuál era?

– Creer que él ha bajado del cielo.

– Y, ¿qué ocurre?

– La mayoría se ríe de él y se va.

– Queda un grupo pequeño. ¿Les da el pan?

– No. El zurrón está vacío.

– Entonces, ¿qué les ofrece?

– Comer su carne. Muchos se escandalizan y lo dejan. Sólo quedan cinco.

– ¿Por qué se quedan esos cinco?

– Porque dicen que escuchándolo se les quita el hambre.

Felipe sonrió tan satisfecho como el peregrino.

– Muy bien. Ahora vamos a comentar el texto de nuestro evangelio. Veréis que se parece mucho. Todo empieza con la multiplicación de los panes. La gente queda entusiasmada; dice que Jesús es el profeta que tenía que venir al mundo y piensa hacerlo rey, pero él se escapa al monte y se queda allí toda la noche. ¿A qué os recuerda eso de la historia del peregrino?

Lucila siguió hablando en nombre de todos:

– Cuando quieren hacerle una casa y él desaparece.

– Exacto. Al día siguiente, Jesús llega a Cafarnaúm, la gente se pone a buscarlo y lo encuentra a la orilla del lago. Él les reprocha que sean tan interesados: lo buscan porque se hartaron de comer pan. Y les aconseja que se esfuercen por conseguir otro alimento, el que dura eternamente. Al oír hablar de un alimento maravilloso, se acordaron del maná que comieron los israelitas en el desierto, el pan del cielo. ¿Sería capaz Jesús de superar ese milagro? Y él les respondió: “El pan que dio Moisés no valía demasiado; la gente lo comía y seguía sintiendo hambre; además, el maná no daba la inmortalidad. Quien da el verdadero pan del cielo no es Moisés, es mi Padre, y ese pan da la vida al mundo”. Entonces ocurrió lo mismo que en la historia del peregrino, la gente le dijo: “Señor, danos siempre pan de ése”.

Felipe miró a Lucila.

– ¿Qué pasó luego? Tienes que imaginártelo.

– Jesús les puso una condición para comer ese pan: creer que él ha bajado del cielo.

– Más que poner una condición, les dijo: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí no tendrá nunca sed”. Si Jesús es el pan de vida, y el pan de vida baja del cielo, ¿qué significa eso?

– Que Jesús ha bajado del cielo.

– Y, ¿cómo reaccionaría la gente?

– Burlándose de él, igual que se burlaron del peregrino.

– La reacción fue más dura: se escandalizaron, y comentaban: “¿No es este Jesús, el hijo de José? Conocemos a su padre y a su madre, ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?

Livia estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo.

– Habla –la animó Felipe–.

– Ahora, no. Cuando termines.

– Está bien. Sigo. Jesús, en vez de dar marcha atrás, repitió lo dicho: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo: el que coma de esta pan vivirá para siempre”. Y añadió algo todavía más duro: “El pan que yo voy a dar es mi carne, para que el mundo viva”. Los judíos se pusieron a discutir cómo podía Jesús darles a comer su carne. Y él insistió de forma tajante: “Os aseguro que si no coméis la carne y no bebéis la sangre del Hijo del hombre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”.

Estaba recitando de memoria. Luego, su tono cambió, volviéndose más coloquial.

– ¿Qué sentido tiene para vosotros la fracción del pan?

– Es el recuerdo de lo que hizo Jesús antes de morir. Un recuerdo de su generosidad, de su entrega hasta la muerte, de que volverá un día.

– ¿Sólo eso, Andrónico? ¿Un recuerdo?

– No es un recuerdo como otro cualquiera. Nos obliga a ser como Jesús, anima, da esperanza.

– Lo que celebramos es mucho más que eso. Es algo misterioso: el don de la vida. La única comparación que se me ocurre es la del niño en el vientre de su madre, que vive gracias a ella. Jesús dice algo parecido: quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Y como él tiene vida eterna, la que recibe del Padre, termina diciendo: “Quien coma de este pan vivirá para siempre”. Celebrar la acción de gracias es mucho más que un recuerdo de lo que Jesús hizo y de que Jesús volverá. Significa alimentarnos de la vida eterna que él tiene.

– Es una interpretación bonita –reconoció mi padre–.

– No se trata de una interpretación. Es la verdad.

– Entonces, vosotros pensáis que el pan es el cuerpo de Jesús, realmente.

– Desde luego, como él lo dijo. Y el vino es su sangre.

– Eso es muy duro de aceptar, Felipe.

– Claro que es muy duro. Por eso muchos discípulos abandonaron a Jesús en ese momento. Estaban escandalizados.

– Y sólo quedaron cinco.

Felipe se echó a reír.

– No toméis al pie de la letra la historia que os conté. Quedaban los Doce. Y Jesús les preguntó: “¿También vosotros queréis marcharos?” Simón Pedro tomó la palabra en nombre de todos y le dijo: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

– Y se fueron a otro pueblo –completó Lucila–.

– Bueno, eso no lo dice el evangelio. Me lo inventé yo. Antes de seguir, quiero aclarar una cosa, sobre todo para Andrónico: esta parte es más complicada de lo que parece. Yo la he contado de forma sencilla, resumiendo mucho, para que os quedéis con las ideas claras.

– Más vale tener cuatro ideas claras que mil confusas –opinó Lucila–.

– Ciertamente.

Felipe se volvió a Livia.

– ¿Qué querías decir antes?

Ella miró al suelo, luego al techo. “Mala cosa”, pensé, “veremos por dónde sale”. Al fin, se decidió.

– Quería decir que los de Cafarnaúm llevan razón.

– Explícate. No sé a qué te refieres.

– Son judíos. A un judío no le cabe en la cabeza que un ser divino se encarne en un hombre cualquiera. Nosotros creemos en los enviados de Dios, las Escrituras hablan mucho de ellos: vienen al mundo, cumplen su misión y vuelven al cielo. Pero nadie puede imaginar a un ángel naciendo de un hombre y una mujer. Esas cosas sólo se les ocurren a los griegos.

La respuesta de mi padre fue inmediata:

– A vosotros se os ocurrió una cosa más extraña todavía: los ángeles se unieron con las mujeres, y de ahí nacieron los gigantes.

– ¿Quién ha dicho eso?

– El primer libro de la Torá.

– Será por influjo de los griegos o de otros pueblos paganos.   

– Es posible. Pero lo dice. Por consiguiente, un judío también podría aceptar que un ser divino se haga hombre.

– ¿Como los dioses griegos?

– Los dioses griegos no se hacen hombres. A veces se manifiestan con apariencia humana, pero sólo un rato, para ayudar a alguien... Lo de Jesús es distinto. Es igual que nosotros desde que nace hasta que muere.

La expresión de Livia se volvió más dura al dirigirse a Felipe y Dina.

– Hace unos días, cuando hablasteis de la historia de la Palabra de Dios, me callé. Pero lo que dijisteis me pareció una barbaridad. Leéis unos poemas sobre la sabiduría, los interpretáis al pie de la letra, y salís hablando de una palabra que se hace carne. Pase que esas cosas se les ocurran a los griegos, pero que unos judíos, como vosotros, digáis eso...

– Hoy la has tomado con los griegos –le dije irritado–.

– No es nada personal, ya lo sabes. Es cuestión de educación religiosa. Vosotros estáis acostumbrado a meter a los dioses por todas partes. Para nosotros, Dios es demasiado grande, ni siquiera nos atrevemos a pronunciar su nombre.

– No estamos hablando de Dios, Livia. Estamos hablando de un ser divino, la Palabra de Dios.

– Cállate, Andrónico, no te has enterado de nada. Lo que defienden Felipe y Dina es que Jesús es Dios. ¿Sí o no?

La pregunta no podía ser más directa. La respuesta de Felipe también fue tajante.

– Sí. Jesús es Dios.

– ¿Lo ves? Y tú quieres que los judíos acepten que Dios es hijo de José y de María.

– No, Livia –la atajó Felipe–. Dios no es hijo de José y María. No somos tan estúpidos. Lo que dice Jesús es que él ha bajado del cielo.

– Un poco de calma –intervino mi padre–. La postura de Livia está clara, comparte el punto de vista de los judíos que escuchan a Jesús en Cafarnaúm.

– Yo no he dicho que comparta su punto de vista. He dicho que los entiendo.

– De acuerdo, los entiendes.

Felipe volvió a tomar la palabra, saliendo por donde menos lo esperábamos.

– ¿Lo ves, Dina? No se puede suprimir nada. Por ser claro, he omitido una parte importante de lo ocurrido en Cafarnaúm. Ahora se echa de menos.

– Pues déjate de enigmas y cuéntalo.

– Como veis, el gran problema que plantea el discurso es el de la fe. Jesús nos pide dos cosas muy duras: la primera, creer que él ha bajado del cielo; la segunda, creer que podemos comer su cuerpo y beber su sangre. La reacción normal, humanamente hablando, es rechazar las dos cosas. Lo asombroso es que alguien acepte lo que dice. Ahí está el misterio: ¿por qué hay gente que cree en Jesús, como nosotros?

Dejó la pregunta en el aire, invitándonos a intervenir, pero nadie quiso interrumpirlo.

– La respuesta de Jesús tiene dos partes. En la primera, quien actúa es Dios: “Nadie puede acercarse a mí si el Padre que me envió no tira de él”. En la segunda, el hombre colabora un poco: “Todo el que escucha al Padre y aprende se acerca a mí”. O sea, que para tener fe hacen falta las dos cosas: que Dios tire de nosotros y que nosotros escuchemos a Dios. Livia, ¿te acuerdas de lo que dicen los profetas de la conversión?

– No sé. Dicen muchas cosas.

– Lo que dice Jeremías: “Conviérteme, Señor, y me convertiré a ti”. El primer paso siempre es de Dios, incluso cuando una persona se convierte. Con la fe en Jesús ocurre lo mismo.

Livia se había calmado, pero no daba su brazo a torcer.

– Todo eso está muy bien, Felipe. Si yo soy cristiana es porque Dios me ha llevado a creer en Jesús y porque he puesto un poquito de mi parte. De acuerdo. Pero tú me pides ahora que cambie mi idea de Jesús, que lo acepte como la Palabra hecha carne, como Dios.

– ¿Tú estarías dispuesta a aceptar que Jesús es el Santo de Dios, consagrado por él y enviado a salvarnos?

– Eso lo he aceptado hace muchos años.

– Pues quédate tranquila. Es lo mismo que dice Pedro al final: “Nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

– Pero tú quieres que dé un paso más.

– Olvídate de eso por ahora. Si Jesús te preguntase: “¿Quieres irte, dejarme solo?”, ¿qué le responderías?

– Que soy incapaz de hacerlo.

– ¿Por qué eres incapaz?

Livia dudó un instante.

– No lo sé. Es un misterio.

– Yo sí lo sé. Porque el Padre te ha llevado a Jesús y él ya no te deja. Ahí está el misterio.

Pensé que la reunión terminaría en ese momento, pero mi querida esposa tomó la palabra.

– Después de lo de Livia, lo mío os parecerá una tontería. Pero tengo una duda muy grande: todo lo que has comentado esta noche, ¿lo dijo realmente Jesús? Me extraña que un discurso tan importante, que le costó muchos discípulos, no lo cuenten los otros evangelios. Llevo años oyendo hablar de ellos. De niña me enseñaron el de Marcos. Luego vino Andrónico con el de Mateo. Y Teófilo con el de Lucas. Cada cual contaba las cosas a su estilo. A mí me costaba aceptar tres versiones, a veces tan distintas. Pero terminé pensando que eran necesarias, que cada evangelista debía presentar a Jesús de la forma más adecuada para su comunidad. Sin embargo, lo vuestro es distinto. No se parece nada a lo que nos han enseñado siempre. Si seguimos así, cada cual se inventará el evangelio que le dé la gana. Perdonadme que sea tan sincera.

Con gran sorpresa mía, quien intervino fue Dina.

– Yo te comprendo perfectamente, Lucila. Te voy a explicar por qué.

Afortunadamente, mi padre se rebulló en su asiento.

– Ese tema me parece demasiado importante para tratarlo a esta hora. ¿No sería mejor dejarlo para mañana? Yo estoy un poco cansado.

Hubo acuerdo general en levantar la sesión.

 

José Luis Sicre

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