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PROFETAS DE LO COTIDIANO

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Tu diario vivir es tu templo y tu religión; cada vez que entres en él, hazlo con todo tu ser (Khalil Gibràn)

5 de julio, domingo XIV del TO

Mc 6, 1-6

-Jesús les decía: A un profeta sólo lo desprecian en su tierra, entre sus parientes y en su casa

-Después recorría los pueblos vecinos enseñando

Dios escoge para ser instrumentos de su palabra, según la Liturgia del domingo, a un sacerdote y profeta desterrado en Babilonia,  a un humilde carpintero, hijo de José y María, y al apóstol Pablo, que presume de debilidades en su segunda Carta a los Corintios. Los tres profetas mencionados experimentan el rechazo de sus conciudadanos. Los tres reconocen las dificultades con que la verdad se abre camino entre los hombres y lamentan su rechazo.

A Ezequiel le dice el Espíritu: Hijo de Hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a una nación de  rebeldes que se ha rebelado contra mí"A Jesús se le complican las cosas en su tierra natal. Le rechazan sus paisanos –"¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado?"- y no aceptan que se manifieste en lo humilde y cotidiano. Tal era la desconfianza, que se ve obligado a decirles: "No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa". El Evangelio de Juan transpasa desgraciadamente las fronteras parentales: "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron" (Jn 1, 11).

En los Anales de la Historia, los hechos se siguen repitiendo. Uno de los últimos, el de Monseñor Romero, Arzobispo Metropolitano de San Salvador. Un obispo y profeta que defendía también la "opción preferencial de los pobres", afirmando que ésta debiera ser la misión de la Iglesia. En un mural en la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad del Salvador, aparece su figura arzobispal bendiciendo lo cotidiano de la vida terrenal. En una ocasión había pedido a los políticos y potentados que convirtiesen "las armas en hoces para el trabajo".

Un soñador que como casi todos sus antecesores pagó con la vida sus ilusiones. También hoy a él podemos darle gracias en los altares. Como el Alquimista de Paulo Coelho podemos –y debemos- seguir soñando todos: Un joven pastor que marcha en busca de un tesoro revelado en sueños:

"Y el muchacho se sumergió en el Alma del Mundo y vió que el Alma del Mundo era parte del Alma de Dios, y vio que el Alma de Dios era su propia Alma".

Deseo ser como ellos y no quiero ser de los cristianos que, como tartufos:

"...se comen los santos de la Iglesia,
y en el mercado de la vida
a manos llenas roban".

Khalil Gibràn, otro místico y profeta de la cotidianeidad lo dijo de este modo: Tu diario vivir es tu templo y tu religión; cada vez que entres en él, hazlo con todo tu ser.

 

EL ESPEJO ROTO

Yo frente a él era un extraño.
Lo que en él se vivía me era ajeno.
Rompí el espejo
y me quedé desnudo de mi mismo
guardado en un fanal, sin alas,
huérfano de sentido.

Huída el alma.

(Quizás sea cierto
que a Adán y a Eva
les sucedió otro tanto).

Cristianos hay como tartufos
que se comen los santos de la Iglesia,
y en el mercado de la vida
a manos llenas roban.

Yo me quedo sin mí, sin Dios;
Dios sin nosotros y nosotros sin Él,
sin santos ni mercado.

Foráneos al espejo
quedamos rotos Dios y yo.

¿Quedamos rotos todos?

(SOLILOQUIOS, Ediciones Feadulta)

 

Vicente Martínez

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