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LA CONVERSIÓN

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La oración

La oración, tanto si se trata de oración de petición, como de la oración de adoración, establece un contacto entre el hombre y Dios; por tanto entre tiempo y eternidad. No sabemos lo que es la eternidad: no es un tiempo infinito, sin comienzo ni fin, pero que comporta un antes y un después. No es tampoco lo que se dice con frecuencia, como una mejor aproximación, la coincidencia de todos los instantes. Sigue siendo pensar en la eternidad como si fuera simplemente lo contrario del tiempo. Dios no está en el tiempo, pero tampoco fuera del tiempo. Si Dios estuviera en el tiempo, como dice Trinh Xuan Thuan partiendo de una visión cosmológica del mundo, «ya no sería todopoderoso.» Pero si estuviera fuera del tiempo, sería un Dios «distante, impersonal, (que) no estaría en condiciones de socorrernos.» La mejor manera de hablar de El, en nuestro lenguaje humano, es probablemente la de Abû Ya'qûb Sejestâni, místico persa del siglo X, totalmente en la línea de los teólogos ortodoxos: Dios es no-ser y no no-ser; no-en-el-tiempo y no no-en-el-tiempo; no-en-el-espacio y no no-en-el-espacio.

¿Cómo rezar?

Reconozcamos en primer lugar que este tema es fundamental. No se trata de un problema psicológico, sino de la unión con Dios y, en este punto también, las tradiciones de Oriente y de Occidente se diferencian. No se trata aquí solamente de una cuestión de intelectuales. Según la respuesta que se dé, la formación en la oración será muy distinta, tanto en los seminarios como en los círculos de formación de fieles, retiros, meditaciones, etc.

Pierre Monnier confirma el tricotomismo, es decir el reconocimiento en nosotros de tres elementos distintos y no solo dos (cuerpo y alma) según nuestro vocabulario habitual. Sin embargo, en la tradición cristiana el vocabulario ha permanecido siempre muy etéreo. Hay acuerdo para el cuerpo: nuestro cuerpo de carne. Pero para los otros dos términos, las palabras "espíritu" y "alma" cambian muchas veces de un autor a otro. En el vocabulario de Pierre Monnier, la palabra "espíritu" se corresponde a veces, pero no siempre, con lo que la mayoría llaman el alma y la palabra "alma" con lo que otros designan como el espíritu. Se acomoda aquí al uso de muchos místicos que hablan de "punto fino del alma", como San Juan de la Cruz, o de "fondo del alma" (Seelengrund), como muchas veces Maestro Eckhart, para designar la zona que, en nosotros  es la más limpia para recibir la presencia divina. Pero poco importa el vocabulario utilizado. Lo esencial es el reconocimiento de este tercer elemento en nosotros. No se trata de un detalle. La distinción entre estos dos últimos elementos es lo que permite distinguir la actividad intelectual de la actividad espiritual. Esta distinción es muy importante, porque impone muy en concreto todos los «métodos» que se pueden aconsejar para alcanzar a Dios o, más bien, para dejarse alcanzar por El.

Se sabe que Santo Tomás de Aquino, por fidelidad a Aristóteles, que redujo el alma y el espíritu a un solo elemento, lo que es completamente normal para Aristóteles, filósofo pagano, para quien esta distinción no tenía ninguna razón de ser. A partir de Santo Tomás de Aquino, el vocabulario cristiano tradicional (cuerpo, alma, espíritu) desapareció por tanto para mantener solamente dos elementos: cuerpo y alma.

Esta confusión entre estos dos últimos elementos es la que llevó a un "teólogo", en principio cristiano, el R.P. Chenu, a suponer que la actividad del investigador en su laboratorio no era de distinta naturaleza de la del monje en oración en su celda. En los dos casos, dice él, es la misma facultad la que se ejercita: «la razón, tanto la razón que produce artes y oficios como la razón señora de pensamiento y de interioridad, está en nosotros, único poder en la dualidad de sus funciones, la huella más elevada y la más segura huella de Dios, más que una huella, una imagen...» Se trata aquí de una confusión muy grave, porque tiende a presentar la verdadera oración contemplativa, muy distinta de toda actividad intelectual, como inútil. Dios, concebido en el tomismo como "la Inteligencia subsistente", la "Verdad", es normal que sea por nuestra inteligencia como se pueda alcanzar en un acto de conocimiento. Pero estamos aquí muy lejos del cristianismo, como veremos. El resultado es que, en la mayoría de los seminarios mayores y noviciados, se insistía primero pesadamente en la necesidad de "hacer oración" al menos una hora diaria, pero todos los métodos de oración utilizados, eran únicamente métodos de formación en la meditación, lo cual es profundamente distinto. La meditación es una reflexión sobre Dios, la verdadera oración es un contacto establecido con Dios. En la meditación, se nos invita a pensar con nuestra inteligencia en todo lo que Dios es para nosotros o ha hecho por nosotros, pero se piensa en El como si estuviera ausente. En la plegaria o la oración, uno se dirige a Dios directamente como presente, allí donde nosotros estamos o en nosotros, a través de palabras o mejor, en el silencio. Esta insistencia sobre la importancia de la oración por un lado, y esta sustitución de hecho, sin decirlo, de la oración por la meditación, es evidentemente el mejor medio para hacer que sacerdotes y monjes no hagan nunca oración. Pero, detrás de estas prácticas, hay un error teológico de consecuencias muy graves.

Pierre Monnier se expresa muy claramente contra la opinión de Santo Tomás de Aquino/Aristóteles. He aquí algunas afirmaciones muy breves en este sentido, sacadas de textos mucho más amplios, demasiado largos para citarles aquí:

P. «Si quieres, te hablaré también del edificio, obra de Dios, que es vuestra alma, vuestro cuerpo espiritual, en lo que tiene de más espiritual que él mismo, porque el alma y el espíritu no son una misma cosa: Pablo por otra parte os recordó que había en nosotros tres partes distintas: el espíritu, el alma y el cuerpo.» (15/12/1918).

Comentando las palabras de Cristo: "dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", Pierre Monnier concluye: «Nosotros solicitamos para Dios "lo que es de Dios": vuestro espíritu, vuestra alma, vuestro cuerpo, la Trinidad humana total.» (18/05/1928). "Trinidad humana" designa estos tres elementos que nos constituyen."

P. «... la comunión espiritual se establece totalmente fuera del cerebro; el cerebro es materia y produce la inteligencia, pero los frutos del alma son los efectos espirituales, y nuestra comunión viene del alma. (aquí "alma" es elemento más espiritual).» (23/05/1919).

P. «¡No os contentéis por tanto con la espiritualidad intelectual! Digo: "contentaros", porque ella es un escalón hacia la espiritualidad del alma, la única verdadera, puesto que ella sola es eterna.» (26/05/1919).

P. «Lo que te decían, querida Mamá, a propósito de "la satisfacción íntima" experimentada por el que cree haber encontrado la solución a un problema científico, y de la decepción que seguirá si este investigador se da cuenta luego de que toda su definición falla por la base, no puede compararse con la satisfacción del alma que encuentra la Fe. La una es de orden intelectual, la otra de orden espiritual. La primera es material: animal, inferior; la segunda es espíritu: psíquica, superior. La primera da una satisfacción de amor-propio, la segunda una satisfacción de conciencia. Ahora bien, querida Mamá, el espíritu domina a la inteligencia: ésta depende del cuerpo, el espíritu viene de Dios. La inteligencia sufre los avatares del cuerpo y perece con él; el espíritu (el alma) es eterna. El espíritu, en nuestras esferas, no necesita ya de la inteligencia para aprender.» (23/04/1919).

P. «En resumen, una sola cosa sigue siendo individual en el progreso incesante de la creación, es el centro de la vida del alma que es propio de todo ser procedente de Dios. El carácter del alma debe evolucionar y purificarse, pero la individualidad del alma, como es un fragmento de la Perfección, permanece inmutable: es el soplo de la vida esencial (Dios), soplo de una espiritualidad sin mezcla, que no puede demostrarse, porque la espiritualidad llegada a la perfección, no tiene ya nada en ella que se pueda enunciar a través de un razonamiento, incluso del espíritu. Este núcleo vivo, fragmento perfecto de la Perfección, ya no tiene que perfeccionarse; es el centro del mundo humano, personificado en el hombre que será. El alma es inmortal, si sigue siendo lo que Dios quiso que fuera cuando El se separó de una de sus partículas constitutivas, en favor de cada una de las almas que deben engendrar sus criaturas, humanas u otras. El centro del alma es Dios en vosotros, por tanto la Perfección definitiva, y que siempre ha sido: este es el don de Dios.

Las criaturas llaman a las almas a la habitación en la materia, según la orden de Dios. Temo no haceros comprender la diferencia espiritual entre el soplo de Dios (que habita el alma como el alma habita el cuerpo), y lo que es en realidad el alma. Esta alma, que los padres van a "instalar" en un cuerpo, asume la personalidad del cuerpo. El soplo de Dios en el alma mantiene el contacto inmarcesible con el alma que es la luz del cuerpo: este soplo es la luz del alma, el centro en torno al cual todas las fuerzas inmanentes de vuestro cuerpo y de vuestra alma giran eternamente ―Dios en vosotros. Única partícula de vuestro ego que, pos ser Dios en vosotros, puede proclamar como Dios mismo: ¡Yo soy!... Esta es la personalidad que permanece, que es, y que es llamada a la eternidad.» (21/10/1919).

P. «El alma contiene una partícula de Dios... lo que significa una partícula increada, desprendida de lo Increado, semilla formada de la sustancia espiritual única que alimenta la vida. Dios es la Vida, puesto que es en Su propia fuente donde El tomó la vida para distribuirla; y es a través de esta filiación, en la que el alma que recibió el soplo de vida eterna, sin haber comenzado en su parte esencial, puede hacerse eterna en esta misma parte: la vida salida de Dios. Existe por tanto realmente en nosotros la posibilidad de la eternidad por nuestra unidad con Dios.» (18/11/1919).

La oposición al Padre Chenu y a la corriente aristotélico-tomista no puede ser más absoluta. Veamos ahora la coincidencia con la corriente mística.

El Padre Louis Cognet, el gran especialista de la mística en el último siglo, insistía en el hecho de que, al no disponer ya, después de Santo Tomás de Aquino, de un tercer término para designar al espíritu, distinto del alma, todos los místicos, independientemente de su lengua y de su época, se veían obligados a distinguir en el alma una zona, una región, un lugar, totalmente aparte, donde se produce la unión con Dios.

Maestro Eckhart* reivindica con mucha claridad el tercer elemento de la naturaleza humana donde se realiza la unión con Dios, o Bienaventuranza:

«Se plantea una cuestión discutible: ¿En que se funda en última instancia toda la Bienaventuranza? Algunos maestro dicen que se funda en el amor, otros que se basa en el conocimiento y el amor; estos últimos hablan ya mejor. En cuanto a nosotros, decimos: no se basa ni en el conocimiento ni en el amor; sino que hay en el alma un Fondo secreto (ein Etwas) del que proceden el conocimiento y el amor; este algo no conoce y no ama; son las potencias del alma las que conocen y aman. El que descubre este Fondo secreto, comprende en que se basa la bienaventuranza. Este fondo secreto no tiene ni pasado ni futuro, no espera nada que pueda añadirse a él, porque no puede ni ganar ni perder.»

Por tanto, la bienaventuranza, es decir, la unión con Dios, «no se basa ni en el conocimiento ni en el amor», sino en Algo (Etwas) del que proceden conocimiento y amor pero que él mismo ni conoce ni ama, sino que se sitúa más allá, escapando al tiempo y al espacio. Con este nombre un poco vago (Etwas), "Algo" (a veces también Kraft, "Fuerza" el Maestro Eckhart recupera el tercer elemento, indispensable para comprender cómo se hace la unión con Dios).

María de la Trinidad decía claramente que la unión con Dios que ella vivía no venía de las facultades del alma, sino de la sustancia misma del alma. «Aquí no hay idea, sino realidad, por eso es el alma, la realidad sustancial del alma, la que está en contacto con la realidad sustancial de Dos.» En otra ocasión, escribe:

«Esta vez, las facultades eran abandonadas a su actividad, según el orden de la naturaleza: percibían solamente que, por encima de ellas, había algo en el alma que solo podían alcanzar de forma muy relativa e incompleta.» Encontramos por tanto esta misma convicción de que la unión con Dios no se hace mediante las facultades del alma, sino de «algo» por encima de ellas, pero en el alma. Al no disponer, después de Santo Tomás de Aquino, de un tercer término para designar el lugar de la unión con Dios, María de la Trinidad*, lo mismo que el Maestro Eckhart*, se ve obligada a hablar de «algo» en el alma. Habla así de la existencia de este tercer elemento, mucho más importante que las facultades del alma, «por encima de ellas». Este contacto directo entre la sustancia del alma y la sustancia de Dios es una verdadera divinización, como en la teología de los ortodoxos. Me parece que en aquí donde María de la Trinidad*  marcó un «verdadero cambio» para el Padre Urs von Balthasar que solo lentamente se desprendió del tomismo a través de su vida y de su obra.

F. Brune

 

Tal vez a alguno le suceda lo mismo que a mí: comprendo muy bien que en el tema de este capítulo sobre «La Conversión» comience tratando de la oración, ya que ésta consiste, como  dice el P. François, en la unión con DiosConversión viene de dos palabras (cum-vertere) y significa "volver hacia Dios y establecer contacto con El". Comprendo también que se trata de un tema «fundamental», porque la «unión con Dios» es la finalidad de toda «religión» (religión viene de re-ligare: unión del hombre con Dios).

Pero lo que no comprendo, teóricamente, es la importancia de la distinción que hace el P. Brune entre el modo de entender al hombre como Aristóteles y santo Tomás de Aquino («cuerpo y alma»), o como lo entienden Pierre Monnier y los teólogos de Oriente (compuesto de «cuerpo, alma y espíritu»). Y no lo comprendo  por una razón muy sencilla: el mismo P. Brune dice que la mayoría de los místicos de Occidente (los que más vivieron la unión con Dios), tenían una concepción del hombre como Aristóteles y santo Tomás (es decir, compuesto de "cuerpo  alma") y llegaron a la mayor unión con Dios. Eso sí, como dice François, tuvieron que buscar un tercer término que equivalía al «espíritu»: el Maestro Eckhard «el fondo secreto»; santa Teresa de Ávila «el hondón del alma»...

Aunque "teóricamente" me es difícil comprender la importancia de la distinción entre la concepción del hombre en santo Tomás y Pierre Monnier, en la práctica sí me parece importante la distinción. La concepción aristotélico-tomista del hombre nos llevó a muchos a identificar la oración con la meditación. No culpo de esto a nadie. Los que me precedieron fueron víctimas, como yo, de esa concepción del hombre. Lo grave es que, como dice François, nos introdujeron en distintos métodos de formación a la meditación y no nos enseñaron a hacer oración: La meditación es una reflexión sobre Dios, mientras la verdadera oración es un contacto establecido con Dios». Esto ha llevado, dice François, a algo terrible: a que algunos «sacerdotes y monjes no hagan nunca oración»...

«El cartero de Pierre»

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